17 DE AGOSTO

                                                                     A Mamen, con amor y gratitud.

Estoy en el borde de la playa. El sol se disimula tras unas débiles nubes grises como gasa vieja que emergen todas las tardes sobre las montañas que tengo a mis espaldas. Calor, verano; niños chapoteando en la orilla, brillantes y mojados, recién salidos de un cuadro de Sorolla. Apago la música dudando en seguir escuchando el piano de Kathia Buniatishvili, ¡cómo me gusta esta mujer pianista, esta pianista mujer…no sé cuál sería el orden! o escuchar el ruido de las olas, otra música que me fascina. Leo distraído una nueva novela que me enseña y entretiene. He pasado la mañana navegando en un velero, ocupado de mantener el rumbo, hacer las maniobras, virar, trasluchar…esas técnicas que voy aprendiendo con torpeza, con las enseñanzas del profesor (Yago, 20 años), disfrutando de la inmensidad del mar, del vaivén de las olas, del agua azul y transparente salpicando en los choques contra la proa, de las medusas y los pájaros marinos.

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SONATA DE OTOÑO

Recuerdo un día de domingo al comienzo de la tarde, tumbado en una hamaca, bajo el sol, al aire libre,  sintiendo crecer el sopor después de una copiosa comida. Todavía no hacía frío pero el sol era ya agradable y voluntariamente se buscaba. Fumaba un cigarrillo —yo entonces fumaba alegremente—. Sobre mí el cielo, muy azul, por el que pasaban nubes globulosas, grandes, muy blancas, como seres etéreos libres que caminaban lentas por el espacio.

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VIAJE A LA HABANA (I)

Hace un calor de mil demonios. Desde el Castillo del Morro contemplo en la otra orilla toda la extensión de La Habana intentando atrapar esa sublime mezcla de sensaciones que me provoca estar aquí. A mi espalda miles de personas resisten disciplinadas el sol inclemente, en decenas de filas ordenadas, para entrar en los pabellones de la Feria del Libro. La indisoluble unión de Cuba y la cultura. Sigue leyendo