CONMIGO MISMO

Me atrapa hoy la noche en un insomnio leve y dulce, simplemente una ausencia de necesidad de caer en el pozo negro del sueño envuelto en la mullida red de telarañas de seda, en busca de la entrada a ese mundo onírico inquietante, cruel a veces, desconcertante siempre.

El silencio y la luz tenue de mi casa me acercan a algo parecido a esa paz que tan desesperadamente busco día a día. Ahora que todo el mundo duerme emerjo en el prodigio del sosiego. Una copa de vino, una música suave –suena Ludovico Einaudi– envolviendo esta atmósfera sagradamente mía.

 

Tardes de mucho amor, noches gastadas

en ir desentrañando todo fuego,

aquél deseo ardiente de saber.

Y esa última fusión, allí salida,

allí encontrada sin sentir. Estabas

todavía en el aire, todavía

en mis dedos, sonando todavía

en la brisa convulsa, cuando supe

que te irías, que ya me habías dado

la postrera mirada, la que se oye

como venida desde lejos. Luego,

ese adiós que sabemos que es el fin,

definitivo adiós, callada huída

que avanza y se despide sin remedio.

Y verte que te vas, que ya te marchas

pequeñísima, dura, contra el cielo

nebuloso, quebrándote en la vuelta

del camino. Y el huego grande, errante,

que queda. Y la quietud nuestra, pesada

derruida. Y no creer que volveremos

a reír, a renacer, a abrir

la puerta de esa vida que se va

alejando, así como ella era.

No saber ni siquiera si sabremos

hallar los pasos para irse de este

lugar de adiós, porque no sirve otro,

recobrar eso poco que nos queda

en algún sitio.

….

(“El Octavo Día”, Manuel Pinillos)

Surges ahora como el relámpago que inicia la tormenta. Un recuerdo súbito, instantáneo, una memoria alejada de fuego que aún me quema. Ya no sé dónde estás, sólo sé que a mi lado, en mi vida, has dejado de existir y te has marchado.

No sé qué camino cogiste, qué haces, qué te pasa. A veces por la calle me encuentro con tu rostro, con el color de tu pelo, con tu manera de mover los brazos al caminar, con la cadencia de tus piernas sobre el asfalto, con tu forma de estar entre la gente. Pero no eres tú, ya no eres tú. Sólo una copia parecida, un clon imperfecto, una ilusión, un espejismo.

Surge también la duda, las miles de preguntas que van acosando el alma del insomne. Por qué no tuve el valor de seguir adelante…por qué crucé la calle y busqué otro destino…por qué fui tan necio aquél día tan triste…por qué no dije nada aunque te hiciese daño…por qué no te contradije…por qué no te hice caso…

Porque tú me acompañaste y te debo la vida; poca o mucha, pero vida al fin y al cabo. Aunque llegué a ti, o tú llegaste a mí, por azar, por ese capricho indómito por el que ocurre todo, habitamos el mundo a la vez y en más de una ocasión nos reconocimos al mirarnos a los ojos. Y muchas veces tu mano se posó sobre la mía con ternura.

Pero te fuiste casi sin decir nada. Te incrustaste en las sombras de la tarde y cuando quise darme cuenta ya habías partido.


NADA MÁS

El aire de los chopos

y vuelvo a recordar

en un día de marzo

te fuiste. Nada más.

 

Una sonrisa tuya

o un gesto. Claridad

como la de tus ojos

no he visto. Nada más.

 

Luego días de ira

dolor y adversidad

y en medio de la noche

tu estrella. Nada más.

 

Por su fulgor peremne

contra la eternidad

te ofrezco unas palabras

de amor. Y nada más.

 

( “Final de un adiós”, J. A. Goytisolo)

Junto al estupor la bofetada que no tuvo otra áspera enseñanza que saberme sencillamente vulnerable.

Nada pude hacer. Solo abrir los brazos formando una cruz de dolorosa impotencia, inclinar la cabeza y dejar que las lágrimas resbalaran hacia el suelo y mojaran mis pies desnudos.

Rememoro esta noche espesando la melancolía con lentos sorbos de Leonard Cohen. De la mano de Famous blue raincoat llega como una tempestad a mi boca todo aquello que nunca te dije.

Palabras inservibles, ya no estás.

Ahora, aunque ya todo inútil, me gustaría tenerte junto a mí. Hablar y hablar. Agotar la noche compartiendo la música, el vino y las historias. Saber por ti qué fue aquél azar que unió nuestros sueños. Decirte todo aquello que guardé en la cárcel del silencio. Mirarnos de nuevo a los ojos, de nuevo reconocernos.

Hubo golpes de sangre en el entorno

y se instaló la muerte en nuestros sueños

nos arrancó pedazos de un amor

y nos dejó más solos que un invierno.

 

nos quedamos mirando sin motivo

a las arañas que cuelgan del techo

boquiabiertos de pura soledad

y sin saber qué hacer con nuestro cuerpo

(Biografía. “Testigo de uno mismo”, Mario Benedetti)

Y contarte que tuve que seguir viviendo y aprender que existen y son buenos los aromas diferentes, los acentos distintos, los espacios alejados de la costumbre en los que es posible seguir luchando por encontrar algo de armonía, de paz, de calma. Incluso para pensar levemente que hay momentos en los que se roza la dicha aunque no dejemos de sentirnos extranjeros cuando hemos de olvidar un idioma para aprender otro. Porque hay que luchar por perder el miedo atávico a que el final de la tarde luminosa anuncie la llegada del manto oscuro de la noche que nos ciegue los ojos y la esperanza.

Se acaba la música y el vino. Desde la atalaya de mi ventana veo los árboles bailar con el viento. Una sirena rasga la noche, se aleja y todo vuelve de nuevo al silencio. Duerme todo lo que me rodea, los pasajeros de esta nave galáctica que alocadamente viaja entre el cosmos oscuro y gélido.

Lanzo hacia ti, donde quiera que estés, mi deseo de que te inunde la paz, de que la luz te acompañe y te envuelva. Llegar a este sentimiento, hoy y ahora, a este momento contigo, me hace sentir en armonía con todo el universo y seguir unido a ti porque tengo una absoluta necesidad de no olvidarte.

INVENTARIO DEL INSOMNE

Cuando me paro a hablar de mí conmigo

oigo el hondo vacío del pasado:

una llave de plomo cae al agua.

Y si quiero cifrar en la memoria

una sola presencia permanente

en la niebla confusa de mi vida

allí apareces tú, la más sombría,

la que nunca se entrega, la que huye.

La que arroja la llave

y, cerrando unas puertas invisibles,

me condena a vivir entre estos muros,

oyéndome mi voz, la que me dicta

lo que nunca seré, la equivocada

travesía de mí conmigo mismo.

 

“El equipaje abierto”

Felipe Benítez Reyes

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