POR LOS CAMINOS DEL NORTE (III) ASTURIES

Escribo desde Taramundi, un rincón escondido en el occidente asturiano junto a la provincia de Lugo. Llueve. Una preciosa lluvia como la que sólo se fabrica aquí; la lluvia asturiana tendría que tener denominación de origen, habría que exportarla. Las brumas rodean los montes cercanos en los que los trasgus, xanas y demás seres tan reales como yo se esconden en los densos bosques y sólo se manifiestan, y sólo a veces, ante los que creemos en ellos.

El camarero, un ser malcarado con profusión de pelos saliendo por las ventanas nasales y los orificios auditivos, me sirve un delicioso pote asturiano.

­- Este plato es bueno para invierno –le digo en un intento amistoso de iniciar una conversación-

Usted lo pidió y yo se lo sirvo –responde áspero.

Pero es tan bueno –insisto- que puede tomarse en cualquier época del año.

Yo no lo comería ni aunque me pagasen.

Y se va.

Por los montes cercanos, con las brumas viajeras, se extienden en todas las direcciones prados, bosques y pequeños caseríos.

TARAMUNDI

TARAMUNDI (Foto JPB)

 

Llega a mi memoria aquella lejanísima noche en la que tuve que levantarme de la cama para ir a ver a una enferma. A “la casa del Pixuetu” era la única referencia concreta. Yo tenía entonces 24 años, la licenciatura de medicina recién acabada y andaba de militar forzoso, aquella “mili”, en Oviedo. Como varios de mis compañeros me ganaba algún dinero mediante pequeños trabajos entre los que uno de ellos era ser sustituto temporal del médico de Colloto, un pueblo cercano.

En aquellos años nada se me ponía por delante ni siquiera conseguir llegar a la casa del “Pixuetu” en medio del monte a las tantas de la noche. Con mi elástico R4 azul y preguntando a unos y otros a los que por el camino fui levantando de la cama –todo era solidaridad, no hubo ni una protesta- al final y acompañado por el vecino más cercano conseguí llegar a la paciente.

En el caserío, totalmente aislado en el monte, me encontré con una mujer mayor – la abuela de la familia- en su cama aquejada de vómitos y fuertes dolores. Su “habitación” era un voladizo sobre la cuadra en la que rumiaban seis hermosas vacas. Se aprovechaba así el calor de los animales, calefacción natural.

Un diagnóstico de cólico biliar y la inyección de un espasmolítico hicieron ceder el cuadro clínico.

Cuando bajé, en la cocina, que no era más que una prolongación de la cuadra, tenía preparado un gran tazón de leche caliente, un plato con rebanadas de pan casero y un bloque de mantequilla, otro con diversos embutidos y una botella de vino. Creo recordar que eran las 3 de la madrugada. El vecino que me había guiado estaba allí, sentado junto al fuego, esperándome para devolverme intacto a mi mundo, a la carretera nacional. Antes de meterme en el coche me acercaron una bolsa con manzanas.

Cuando me quedé solo conduciendo hacia mi habitación del Hospital Militar sentí una inmensa alegría.

A la satisfacción del trabajo cumplido, siempre la urgencia supone un estrés sobre todo cuando estás solo y eres inexperto, se unía la certeza total de que era eso lo que yo quería hacer en la vida, de que mi recién estrenada profesión era maravillosa y que aquel mundo de caseríos, corredoiras, bosques y brañas era el paraíso terrenal.

BRUMAS EN TARAMUNDI

BRUMAS EN TARAMUNDI (Foto JPB)

También comprendí que aquél vecino que me acompañó a casa del Pixuetu era un trasgu bueno que acudió en auxilio de aquella mujer enferma y de su joven e inexperto médico.

 

Antes de llegar al Hospital Militar, mi residencia, me desvié por la carretera que subía a la cima del monte Naranco. Allá arriba me quedé ensimismado en absoluta soledad mirando las luces de la ciudad dormida, sintiendo una paz infinita, dejando que mis erráticos pensamientos me fueran llevando por caminos insospechados hasta dejar la cabeza vacía y el alma llena de agradables sensaciones. Así estuve hasta que vi amanecer desde aquella portentosa atalaya y contemplé cómo todo despertaba, cómo la ciudad se desperezaba y lentamente y volvía a la vida.

SENDA DEL OSO

SENDA DEL OSO. CONCEJO DE QUIROS (Foto JPB)

 

En aquellos tiempos yo era un libro de páginas blancas abierto por las primeras, con la esperanza intacta, con mi historia apenas iniciada, y vivía con intensidad todos los segundos de los que constaba entonces un minuto, que eran más de 60.

Han pasado ya muchos años desde aquello. Mi horizonte vital, infinitamente alejado entonces, está ahora cercano y aunque no me iré de este mundo con las manos vacías, posiblemente por ser demasiado ambicioso, siento que no he conseguido todo lo que quería.

No he podido dejar de volver una y otra vez a Asturias. Una profunda voz reclama la vuelta a mi espíritu, más celta que ibero, especulando siempre que llego con lo que pudo haber sido y no fue, con un cierto tinte de tristeza engarzada en la niebla que rodea brañas y bosques, en el misterio de los caminos solitarios en los que todavía puedo sentir el rumor caliente de la respiración de xanas y trasgus.

Después de aquella visita a la casa del Pixuetu hubo otras, muchas profesionalmente más exigentes, mucho más complejas, pero ninguna me dio tanta satisfacción. Quizás por mis pocos años, por estar en el comienzo de un largo camino con toda la ilusión y la esperanza que tenía depositada en mi vida, porque reforzó la confianza en mis capacidades y afirmó mis decisiones y convicciones.

Al salir del restaurante me encuentro con el camarero.

Por qué es usted tan borde?

Así me fizo la mía madre!

Pues ya lo siento amigo pero le recomiendo que sea más amable con las personas. Le queda poco tiempo de vida.

Qué me diz?

Esos pelos que le salen a borbotones por las narices y las orejas son mala cosa…un tumor posiblemente…ya lo siento.

Al camarero le da un vahído y se le cae la fuente con pote asturiano sobre una mujer gorda a la que se le quedan trozos de tocino, chorizo y berza pegados en la cabeza empapada de caldo mientras chilla como un gorrín en el inicio del sacrificio.

Sigue lloviendo al salir.

Resbala el agua sobre la negra pizarra de los tejados, sobre los caminos, sobre los cementerios, sobre el lomo caliente de las vacas que siguen impertérritas masticando hierba jugosa en su largo almuerzo con pasitos cortos adornados por los tañidos de sus grandes esquilas.

Van bajando las brumas desde las altas brañas y yo paseo bajo la tierna lluvia que empapa dulcemente mi cabello y llena de maravillosa humedad mi cerebro. Por doquier se escucha el eco de la gaita de Libardón multiplicada en su amplitud por los ecos que devuelven los valles que me rodean. Canto, en voz muy queda, imitando a Victor Manuel el poema de Garfia como fondo musical épico a mi existencia en esta portentosa tierra asturiana.

Sin embargo, atado a la nostalgia del mundo atávico, lamento que apenas queden chigres oscuros de olor ácido, con suelo de serrín húmedo en los que se escancie la sidra desde lo alto. Ahora hay dispositivos curiosos que por sistema electrónico o mecánico, ay Dios mío!, sueltan un chorrito de sidra que se estrella en las paredes del vaso.

– Un culín, amigo?

– Sí, oh!

Bebo la sidra escuchando en mi cabeza húmeda aquellos “Puxa Asturies!” con los puños, muchos, en alto y aquél “Santabarbarabendita…” que hoy, ya mayor, todavía el revivirlo humedece mis ojos y eriza mi piel.

Oviedo me recibe ahora ya en un abrazo diplomáticamente convencional aunque sigo teniendo presente en mi memoria desde Pelayo, al oso que se cargó a Favila, hasta aquél pub, “Adosinda”, al que íbamos entonces a tomar copas y a por novias. Busco con desesperación caras conocidas en la Plaza de la Escandalera sin conseguirlo y me encuentro con estatuas de Botero llenando de culos prodigiosos, brillantes y negros, un espacio urbano diferente. Me queda, como salvación, el monte Naranco y cuando lo miro automáticamente escucho la voz del entonces encargado del teléfono de Urgencias “Guaje, vete pa les putes que hay un paisano jodido” al pasar los avisos de las llamadas de emergencia recibidas desde un famoso puticlub instalado en las faldas del monte.

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ESCULTURA DE BOTERO. OVIEDO. (Foto JPB)

 

No sé, ni me importa, si todavía hay algún puticlub en el Naranco. Simplemente la existencia geológica del monte es suficiente para atarme a la memoria de mi vida. Como aquella noche desde la casa del Pixuetu subí después muchas veces con mi R4 hasta la cima para quedarme allí ensimismado, admirando a la ciudad viva bajo la casi constante lluvia, bajo el orbayu, entre la neblina, abandonando a todos mis demonios, para regresar luego sosegado hacia mi existencia práctica, sonriendo maliciosamente al pasar por “les putes” recordando la última urgencia.

El Naranco, aquella montaña que veía junto con la terrible y sórdida imagen de la cárcel todas las mañanas al despertar desde mi habitación del hospital y que hoy veo alzada como un dios protector sobre la vieja ciudad por la que hoy paseo ocioso, lleno de recuerdos y nostalgia.

Me miro con sorpresa en el reflejo de un escaparate. Pensaba que mi rostro era el que tenía entonces…pero ya no es así. Casi no me reconozco.

ANOCHECER

ANOCHECER (Foto JPB)

6 pensamientos en “POR LOS CAMINOS DEL NORTE (III) ASTURIES

  1. Genial amigo. Desde el agua resbalando por los lomos de las vacas hasta los prodigiosos y brillantes culos de Botero, toda la historia me ha parecido deliciosa. Por cierto, muy bien hecho lo del camarero. ¡¡ Él se lo buscó !!.
    Un abrazo tan enorme como los culos del genial Botero.

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    • Gracias querido Ginés. El camarero, según me han contado, ha cruzado el Eo y está buscando alguna meiga que le libere del maleficio. A ver si entre el susto y los remedios gallegos le cambia el carácter…
      Un abrazo muy fuerte querido amigo.

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  2. Y yo que creía ser casi la única persona en edad ya no temprana que todavía cree en los duendes del bosque.
    La misma explicación que tu les das reciben aquellos que me preguntan, – si no lo ves es porque no crees en ellos- así que vosotros os lo perdéis.
    Y que mejor lugar para estos avistamientos que los bosques asturianos, amigo Javier, me alegra compartir tu entusiamo.
    Un fuerte abrazo.
    Teresa.
    P.D. Se obervan en cumplida cantidad los duendecillos del bosque en el valle de Baztán, donde se refugian en su generoso verdor.

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    • Muchas gracias Teresa. Sí, sólo los creyentes tenemos la posibilidad de entender algunas cosas…es una ventaja. He estado alguna vez, de manera muy rápida es cierto, por ese maravilloso Baztán…habrá que emplear mas tiempo. Ya me dirás lugares claves…Un saludo muy cordial.

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