SONATA DE OTOÑO

Recuerdo un día de domingo al comienzo de la tarde, tumbado en una hamaca, bajo el sol, al aire libre,  sintiendo crecer el sopor después de una copiosa comida. Todavía no hacía frío pero el sol era ya agradable y voluntariamente se buscaba. Fumaba un cigarrillo —yo entonces fumaba alegremente—. Sobre mí el cielo, muy azul, por el que pasaban nubes globulosas, grandes, muy blancas, como seres etéreos libres que caminaban lentas por el espacio.

A mi lado unas tiernas voces infantiles;  mi hija y otras niñas jugaban

Soy capitán

soy capitán

de un barco inglés

de un barco inglés

y en cada puerto tengo una mujer…

Todo era calma en un lugar calmado, en un rincón pequeño del mundo, donde seres anónimos vivían sus anónimas vidas.

Nunca me gustaron las tardes de domingo, tienen sabor a final, cuando la esperanza de algo que no sucede se ha convertido en certeza de fracaso. Son como lugares de playa al final del verano, en el que la felicidad de unos meses ya se ha convertido fugazmente en recuerdo, el clima ha cambiado y el sol es herrumboso, se acuesta antes y ya no se siente ese calor gozosamente insoportable; la alegría indolente y bulliciosa se ha convertido en una chispa en la memoria, las playas están solitarias y carecen de muchachas y muchachos jóvenes y bellos, Tadzio ha desaparecido,  tiendas, restaurantes y hoteles están cerrados.

Esto ocurre en otoño, cuando el día es más corto, cuando las mañanas son frías y, a veces, se visten de escarcha; cuando inunda el corazón una ligera tristeza al sentir que el sol se oxida, que ya no calienta como antes, que la noche es más larga y más oscura.

Aquella tarde era pacífica, tranquila. Apenas había viento, ese viento cruel que allí era frecuente y se llevaba por delante el bienestar y la paz. Los habitantes de aquél pequeño pueblo estaban afanados en la vendimia y el aroma del aire se teñía del dulce acento del mosto.

Yo era joven y tenía, era mi obligación, muchos sueños, muchas ilusiones.

Lo recuerdo.

Lo recuerdo ahora, en este otoño que busco el sol como los perros viejos en esta edad en la que ya es agradable sentir su deliciosa caricia caliente en la mañana.

Porque Tadzio se ha marchado, como aquellas nubes, hacia un horizonte lejano y desconocido; como la canción infantil, como la muchedumbre en las playas.

Ahora el viento y la lluvia me azotan sin piedad y se llevan mi sombrero, me arrancan mi ridícula máscara, mi maquillaje, mis patéticas maneras de ser, mi juventud.

Y con todo eso, en un lento torbellino, se van marchando los sueños, las ilusiones, los deseos.

Quedan, ya sin quemar la memoria, los recuerdos, las luces prodigiosas de aquellos amaneceres, las noches llenas de estrellas entre las que navegaba la Vía Láctea, los rostros sin nombre, los amores perdidos, las caricias sinceras, los caminos errados. Todo lo que fue aquello, todo aquello y algo más.

Es el otoño que interpreta su sonata, el preludio de la sinfonía invernal, todo recogimiento y melancolía.

© CHUAN ORUS 2021

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