LA MEMORIA DEL NÓMADA: GUATEMALA

Enfundado en un rudimentario chaleco salvavidas, con una linterna frontal en la cabeza, encaramado sobre un neumático circular con un tejido plástico rasposo como asiento, comienzo a flotar sobre las aguas terrosas, ha llovido mucho en los últimos días, del río Candelaria que se introduce en la gruta Venado Seco. La cueva es muy grande, sinuosa, con alguna abertura natural que ilumina débilmente pequeñas partes del trayecto estando en oscuridad completa el resto. Los guías son dos muchachos muy jóvenes que antes de comenzar nos indican que uno se irá delante y otro cerrará la marcha. Pero la corriente del río va dispersando el pequeño grupo que inicialmente asumimos obedientes el compromiso del orden y en un par de centenares de metros la completa oscuridad se llena de pequeños puntos de luz que vagan errantes por el interior de la gruta. Risas, gritos, chapoteos…tardaremos horas en alcanzar la salida disfrutando de una divertida experiencia.

El complejo del río Candelaria y las grutas que va atravesando, el sistema tiene una extensión de 11 km, es sagrado para los mayas Q`eqchi que las consideraban en su cosmovisión como un pasaje al inframundo y en donde realizaban ritos de culto. Se perdió su conocimiento al desaparecer la civilización maya pero Daniel Dreux, un documentalista francés, las redescubrió en 1974, compró una gran extensión de terreno que incluía una buena parte de las grutas y construyó allí el Complejo Cultural Ecoturístico una instalación hostelera, un restaurante con cocina de inspiración francesa y unos bungalows que se sitúan en un jardín espectacular en donde crecen plantas autóctonas, algunas de ellas en peligro de extinción.

La propiedad de Dreux es criticada por los grupos indígenas de la zona que lo perciben como una profanación del espacio sagrado de sus antecesores. El francés insiste en su labor conservadora del medio natural y la oportunidad, para esas comunidades, de puestos de trabajo y formación profesional.

Los indígenas de Guatemala suponen el 40% de  la población. Desde la conquista española su historia es la del intento constante de acabar con su existencia, eliminarlos, ocupar sus tierras, acabar con sus 21 lenguas, tradiciones y  maneras de vivir. Una cruel guerra civil finalizó en 1996, tras 36 años de enfrentamiento en los que murieron unos 200.000 guatemaltecos. Ejército y grupos paramilitares combatieron con grupos guerrilleros en este conflicto armado en el que miles de personas de la población civil fueron asesinadas, desaparecieron o huyeron del país. Más de un millón perdieron sus casas. La mayor parte de las víctimas fueron campesinos indígenas.

Javier me señala una inclinada ladera de origen volcánico en donde me cuenta que tiene un pequeño campo de cultivo. Explica, con voz pausada en un castellano correctísimo, que siembra maíz y frijoles tal y como hacían sus antecesores mayas: en cada hoyo entierra un grano de maíz y cinco de frijoles. Irán creciendo a la vez, conservando las propiedades fértiles de la tierra. También me cuenta cómo llegaban las camionetas de los paramilitares en las madrugadas. Escuchaban entonces ladridos de los perros, disparos, gritos, llantos y lamentos. Rosa, su mujer, asiente callada mientras modela con sus  manos las tortillas de maíz que coloca luego sobre la superficie ardiente de la cocina de leña.

En este pueblo, San Juan de la Laguna, en la misma orilla del lago Atitlan, murieron muchos hombres en las visitas nocturnas de los grupos paramilitares o en las incursiones del ejército. Sus viudas, organizadas, buscaron formas de supervivencia y, entre otras cosas, formaron una cooperativa artesana de tejidos que ellas mismas tejen, tiñen y venden. La violencia, en este pueblo, hizo que se desarrollara un fuerte sentimiento de comunidad entre sus habitantes, en su mayoría de etnia zujutil.

A los abusos institucionales y de los grupos extremistas sobre la población civil una parte de la iglesia católica guatemalteca respondió con valentía denunciando las masacres y protegiendo a los campesinos.

En la Iglesia de Santiago Apóstol, en Santiago de Atitlan, construida por los franciscanos en el s. XVI, los santos llevan ropas y corbata que cada año confeccionan las mujeres del pueblo. Una lápida conmemorativa recuerda al padre Stanley Francis Rother, sacerdote originario de Oklahoma, que fue asesinado por un grupo de extrema derecha en 1981 tras significarse en la denuncia y protección de los indígenas. No fue el único. A partir de 1954 parte de la iglesia católica se apartó del poder gubernamental. La separación fue particularmente importante a partir de los años 70, cuando se incrementó la brutalidad represiva. Frente a esta violencia aumentó  el compromiso social de muchos sacerdotes y laicos colaboradores en las iglesias. Numerosos curas y personas afines fueron asesinados. Esta violencia contra la iglesia  culminó con la muerte del obispo Juan José Gerardi, en abril de 1998,  tras sus reiteradas denuncias por los miles de asesinatos atribuidos al ejército. Entre las personas responsables de su asesinato figuraba un sacerdote.

En una calle próxima a la iglesia de Santiago Apóstol visitamos a Maximón, un ejemplo curioso del sincretismo religioso entre las creencias mayas y la religión católica.

Maximón es una figura de madera cuidada durante un año entero por una familia perteneciente a la Cofradía de la Santa Cruz. El «telinel» o cuidador se encarga de vestirlo, exponerlo, darle a beber licor o colocar un cigarro encendido en su boca; lo lleva a las ceremonias de la Semana Santa, actúa de intermediario entre Maximón y los fieles y guarda en su casa la imagen de la esposa de este personaje.

Se le relaciona con Judas Iscariote o San Simón entre otros, en su aspecto de deidad híbrida maya/católica, y a él se acude para pedir protección, atraer a una mujer, curación de enfermedades, fertilidad, éxito en los negocios, buenas cosechas y una numerosa lista de otras peticiones.

Es visitado diariamente por curanderos, peregrinos y turistas. Las ofrendas consisten fundamentalmente en botellas de licor, cigarros y dinero.  La familia que cuidad de él durante el ciclo anual puede obtener unos buenos beneficios.

Por si acaso, el día de la visita llevamos una botella de licor y unos cuantos quetzales. Maximón bebe con ganas el aguardiente y los cuidadores no ponen reparos a las fotografías tras recibir el dinero.

© Chuan Orús 2021

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