CRÓNICA DE ECUADOR IV. MISIÓN CAPUCHINA

A Guzmán, a Teo, a Eugenio, a Manuel.

La Misión Capuchina es un pequeño grupo de casas de las que varias están destinadas a servicios y una de ellas a vivienda. Vivimos allí, nos acogen con calurosa hospitalidad y cariño los Sacerdotes  Capuchinos, Teo y Eugenio; el Hermano Capuchino Manuel, y nuestro viejo amigo el Hermano Franciscano Guzmán. La casa es amplia, humildemente acogedora, con una densa historia reciente, llena de recuerdos de las  personas  que aquí plantaron su fe, su espíritu y sus convicciones.

            Aquí, alguno, entregó su vida bruscamente, otros lo van haciendo poco a poco.

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17 DE AGOSTO

                                                                     A Mamen, con amor y gratitud.

Estoy en el borde de la playa. El sol se disimula tras unas débiles nubes grises como gasa vieja que emergen todas las tardes sobre las montañas que tengo a mis espaldas. Calor, verano; niños chapoteando en la orilla, brillantes y mojados, recién salidos de un cuadro de Sorolla. Apago la música dudando en seguir escuchando el piano de Kathia Buniatishvili, ¡cómo me gusta esta mujer pianista, esta pianista mujer…no sé cuál sería el orden! o escuchar el ruido de las olas, otra música que me fascina. Leo distraído una nueva novela que me enseña y entretiene. He pasado la mañana navegando en un velero, ocupado de mantener el rumbo, hacer las maniobras, virar, trasluchar…esas técnicas que voy aprendiendo con torpeza, con las enseñanzas del profesor (Yago, 20 años), disfrutando de la inmensidad del mar, del vaivén de las olas, del agua azul y transparente salpicando en los choques contra la proa, de las medusas y los pájaros marinos.

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CLARO DE LUNA DE ENERO

Paso la transición entre un año y otro a orillas del mar. Por esta desgracia de la alteración climática los días son soleados, cálidos, sin viento, con cielo  y mar intensamente azules. Algo de culpabilidad, aunque sea infinitesimal, tendré (pienso); pero, por otra parte, no soy una fábrica con chimeneas arrojando un vómito tóxico, ni genero más dióxido de carbono que el que escupe mi automóvil en su poco uso; mi intestino, más corto que el de una vaca aunque más largo que el de un conejo, funciona como el de la mayoría de los seres humanos; reciclo lo que puedo, soy consciente de lo que debo consumir; en definitiva, creo que tengo un comportamiento razonable en mi existencia planetaria.    Hago un paréntesis en la autocrítica porque es Navidad y tengo un espíritu compasivo en el que intento cobijarme.

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SONATA DE OTOÑO

Recuerdo un día de domingo al comienzo de la tarde, tumbado en una hamaca, bajo el sol, al aire libre,  sintiendo crecer el sopor después de una copiosa comida. Todavía no hacía frío pero el sol era ya agradable y voluntariamente se buscaba. Fumaba un cigarrillo —yo entonces fumaba alegremente—. Sobre mí el cielo, muy azul, por el que pasaban nubes globulosas, grandes, muy blancas, como seres etéreos libres que caminaban lentas por el espacio.

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EL DIARIO DE MAQROLL: ABRAZAR A UN ÁRBOL

A Mamen

Por motivos que no importan ni aquí vienen al caso dejé de ir a una casa en un bello pueblo pirenáico. No era mía pero allí pasé muchos años.

Tenía un pequeño jardín, un espacio verde que yo cuidaba con dedicación y placer, en el que habían plantado cinco árboles: dos tuyas doradas, dos olmos y un gran abeto.

Durante todo ese tiempo en el que mi vida Sigue leyendo

UNA CITA EN FEZ

VLADIMIRO: Mañana nos ahorcaremos (Pausa) A no ser que venga Godot.

ESTRAGON: ¿Y si viene?

VLADIMIRO: Estaremos salvados.

ESPERANDO A GODOT

SAMUEL BECKETT

I

Está lloviendo. A través de los sucios cristales de la ventana veo caer una lluvia fina. Se respira humedad, en el techo hay dos pequeñas goteras y las gotas al caer golpean de vez en cuando, con un ritmo desacompasado, la olla y el cubo de plástico que he puesto en el suelo para recoger el agua. Por la calle

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