UNA CITA EN FEZ

VLADIMIRO: Mañana nos ahorcaremos (Pausa) A no ser que venga Godot.

ESTRAGON: ¿Y si viene?

VLADIMIRO: Estaremos salvados.

ESPERANDO A GODOT

SAMUEL BECKETT

I

Está lloviendo. A través de los sucios cristales de la ventana veo caer una lluvia fina. Se respira humedad, en el techo hay dos pequeñas goteras y las gotas al caer golpean de vez en cuando, con un ritmo desacompasado, la olla y el cubo de plástico que he puesto en el suelo para recoger el agua. Por la calle

apenas se ve pasar rápida alguna persona envuelta en su caftán. No sé bien qué día es hoy, creo que miércoles, pero da lo mismo, para mí todos los días son iguales. Hace un rato que he oído al muecín llamar a la la oración de la tarde.

Llevo semanas viviendo en este rincón escondido en la medina de Fez. El piso, si es que a esto se le puede dar ese nombre, lo alquilé al conocido de un amigo de otro amigo. Está situado en la tercera planta, la última, de un viejo edificio que desde afuera tiene aspecto sucio y ruinoso y que, desde adentro, realmente es así. Una pequeña habitación de paredes que un día estuvieron encaladas pero que ahora parecen enfermas, desconchadas, con regueros de colores que ha pintado la humedad que cae del tejado. Sólo las adorna un viejo calendario que murió en mayo de 1968 y en el que se ve un paisaje de palmeras bajo las que hay unas líneas de texto escrito en árabe. En un lateral, una puerta de madera vieja y resquebrajada da a la escalera, estrecha como toda la casa. Por otra se accede a un váter turco con un grifo oxidado en un lateral. En un rincón, sin puerta alguna, hay un pequeño espacio con una cocina de carbón, un fregadero desportillado y un ventanuco desde el que se ve a poca distancia la pared de otra casa. Duermo en una esquina, sobre un pequeño camastro con dos sábanas gastadas y una manta vieja y apelmazada. El único mobiliario es una pequeña mesa y dos sillas viejas. Del centro del techo pende de un cable una lámpara de pocos vatios que da una luz escasa y amarilla. He colocado una cuerda en una esquina de la que cuelga la poca ropa que tengo, un par de pantalones y tres camisas; algo de ropa interior que guardo en la maleta y un jersey viejo y gastado. El resto de mis pertenencias lo llevo encima. No necesito más.

Desde las grietas de la puerta se ve el piso de abajo con el que desde el mío conecta un corto tramo de pequeñas escaleras. A veces veo a la familia que vive allí: una mujer obesa, siempre con una chilaba oscura adornada con bordados de hilo plateado; el que supongo su marido que apenas aparece, un árabe de barba puntiaguda, nariz aguileña y casquete de punto, vestido con una túnica sucia, blancuzca. Hay un niño, oigo que le llaman Nouredinne, de unos 8 años que anda siempre por la calle. En el piso más bajo vive otra familia pero no los veo nunca, sólo los oigo a veces. El hombre tiene una voz ronca y la mujer muy aguda. Discuten con frecuencia y en ocasiones ella llora pero jamás deja de chillar.

Paso el día mirando por la ventana, sentado en una de las sillas, o con la vista perdida en las paredes intentando leer las manchas de humedad. A veces me tiendo en el camastro, atento a cualquier mínimo ruido, intentando dejar la mente en blanco. Necesariamente algún día bajo, pero poco tiempo, a comprar alguna cosa para comer. Junto a la puerta de la casa hay una pequeña tienda en la que compro algunas verduras, patatas, zanahorias, cebollas, frutas, y de vez en cuando un poco de fiambre o algún huevo.

Al principio cuando escuchaba ruidos en la escalera miraba por las grietas de la puerta y veía a la mujer del piso de abajo, con su puerta entreabierta, mirando fijamente a la mía. Ha estado pendiente del más mínimo ruido para curiosear. Yo la veía en el dintel estirando el cuello, intentando escuchar o ver algo que le diera información sobre mí. Una vez el niño se aventuró a subir de puntillas el tramo de escalera y mirar por las rendijas. Yo estaba al otro lado y se dio un buen susto cuando su ojo coincidió con el mío en la grieta de la puerta. Dio un respingo y bajó corriendo como un gamo. Lo vi refugiarse en su casa y cerrar con un buen portazo.

Hace unos días bajé a por comida y justo cuando estaba frente a la casa de los vecinos, la puerta se abrió de improviso y me encontré frente a la mujer gorda, imagino que estaba vigilante, con un pañuelo azul tapándole la cabeza y toda su energía prendida en sus ojos escrutadores, intensamente negros y vivos. “Salam aleikum” dije y continué mi descenso por las escaleras. Murmuró rápida una respuesta en árabe y tardó en oírse el gemido de la puerta al girar para cerrarse; me estaría observando hasta que dejase de verme. Con el tiempo yo dejaré de ser novedad y ellos de curiosear. Posiblemente en su lugar yo haría lo mismo.

Tengo muy pocas pertenencias, he dejado todo, he abandonado lo que tenía. Aparte de algo de ropa en la antigua maleta de cuero sólo he traído una libreta, un lápiz y un bolígrafo. El alquiler del piso es muy bajo, y aun así creo que por ser extranjero el dueño, un marroquí meloso con cara de ladrón de cuento, me cobra unos cuantos dirhams más de lo acostumbrado. Con el dinero que he traído creo que tengo suficiente para sobrevivir mucho tiempo, años si hace falta. Si se acabase ya veré qué hago. Lo tengo escondido en un hueco que hice quitando una baldosa junto a la cocina.

Mis días son todos iguales. Despierto al alba con el canto del muecín para la primera oración, muy cerca hay una mezquita. Aunque desde la ventana apenas ve el cielo y el único paisaje es la pared de enfrente en la que hay un anuncio colorido con el dibujo de una muela azulada y una flecha negra sobre el nombre, en árabe y francés, de la consulta de un dentista que está un poco más adelante en la estrecha calleja de la medina, me gusta ver cómo la luz va aumentando de intensidad, como si alguien fuera girando un mando oculto que fuera llenando de luz el mundo. El callejón discurre bajo mi ventana y hacia la izquierda en un ángulo de noventa grados se introduce bajo un arco. Hacia mi derecha se prolonga en línea recta. Desde arriba no se ve pero cuando bajo a comprar observo que acaba en una pequeña plazoleta. En las mañanas poco a poco se va llenando de personas que van y vienen en un trasiego continuo, hacia el mediodía hay un gran gentío caminando en direcciones contrarias que se va dificultando el paso. Por las tardes se forman grupos de hombres charlando en pequeños grupos, tomando vasos del té que hace mi tendero y fumando algún cigarrillo. Luego, poco a poco, van desapareciendo. Al final se hace el silencio que sólo se rompe, ya en la noche, por el ruido de la puerta de Hammed cuando cierra su pequeño negocio y por los cantos de los muecines llamando a la Isha, la oración de la media noche.

Cuando despierto paso un rato junto a la ventana, vigilante, hasta que la claridad va tomando forma. Voy al váter y lleno el cubo con agua para lavarme, despacio, con lentitud, disfrutando del agua, del roce del bloque de jabón y de la áspera caricia del esparto. Como una fruta como desayuno y ya, listo, me siento de nuevo junto a la ventana. Cuando me canso oriento la silla hacia la pared con la vista fija en el calendario mirando una a una las hojas de las palmeras, las siluetas de las montañas que hay detrás, las letras impresas en árabe; después vuelvo a mirar la calle. Hacia mediodía, si no he tenido que salir a la compra, hiervo alguna verdura o patatas con trozos de cebolla y zanahoria y como en la mesa de la habitación. Procuro hacerlo despacio, observando cada fragmento de comida, masticando lentamente, notando todos los matices de sabores. Cuando acabo estoy un rato sin moverme, dejando pasar un poco de tiempo tras el que friego y recojo el plato, tengo dos, una escudilla un poco abollada, los cubiertos, el vaso de beber agua y la vieja cacerola. Me limpio entonces los dientes y vuelvo a colocar la silla junto a la ventana.

Así estoy hasta que va oscureciendo. La calle apenas está iluminada por unas bombillas de muy poca intensidad muy escasamente repartidas. Hay una a la entrada del arco de mi izquierda y otra un poco más a mi derecha. Habitualmente no enciendo la bombilla hasta que no preparo mi cena y mis ojos ya se han acostumbrado a la oscuridad. Pero aun así la calle es lóbrega y sólo se distinguen, como siluetas fantasmales, los caminantes que llevan túnicas blancas. Los que visten de oscuro apenas se aprecian. Enciendo entonces mi débil lámpara y como algo de fruta y alguna loncha de un fiambre que compro a Hammed. Procuro hacer, como en la comida, un lento ejercicio de masticación, de sensación gustativa, dejar la mente vacía, pendiente únicamente de los alimentos que voy comiendo.

Me lavo las manos, la cara, me limpio los dientes, me desnudo y me meto en el camastro. Apago la luz y estoy mucho rato despierto, vigilando, pendiente de cualquier sonido. Cuando noto que me invade el sueño me dejo caer en él, intento relajarme todo lo posible, como si fuera de goma blanda, y me duermo.

II

Hoy estaba sentado junto a la ventana cuando han dado varios golpes seguidos en la puerta. Alguien llamaba.

He notado mi corazón súbitamente acelerado, una especie de oleada de sangre que desde mi vientre ascendía hasta la garganta y casi me impedía respirar. Un sentimiento controvertido en el que sentía la alegría del encuentro con la pena del final de la búsqueda. Esa misma sensación que siempre he tenido al ir a finalizar un viaje, cuando el tren está ya entrando en la estación de destino o el avión a punto de rozar con las ruedas la pista de aterrizaje. La excitante sensación del viaje llega a su fin. Entonces es cuando comienza la verdad, la realidad que hasta ese momento sólo ha sido un supuesto, una ilusión, una esperanza.

La repetición, con mayor fuerza, de los golpes en la madera me ha sacado de mi ensimismamiento y mis reflexiones; he tenido que abrir la puerta. Ante mí dos policías de uniforme. La escalera, tras ellos, llena de niños y mujeres pendientes de lo que ocurría.

— Bonjour monsieur. ¿Parlez-vous français?

— Oui monsieur.

El policía que lleva la voz cantante me pide educadamente la documentación. Afirma que es una inspección rutinaria. Les pido, por favor, que entren en mi casa y dejo la puerta abierta para que los curiosos se harten de información.

Entrego mi pasaporte y observo que el segundo policía, con las manos unidas en su espalda, se dedica a mirar en la cocina y en el váter, pasea por la pequeña sala y se asoma a la ventana. El primero me devuelve el pasaporte después de pasar las hojas. “¿Avez-vous un contrat de loyer?” Busco en la maleta y le entrego las hojas, en árabe y en francés, selladas y firmadas del contrato de alquiler. Miran los dos el documento e intercambian unas palabras en árabe. El que parece tener mayor rango me tiende el documento. “Tout bien, monsieur”. Veo entonces que tiene la tez muy morena, dos piezas dentales de oro y un ancho bigote negro bien recortado. Mira entonces el entorno de la habitación, como buscando algo y con una ligera inclinación de cabeza y un símil de golpe de tacón de sus botas da media vuelta. Su compañero ya está bajando la escalera apartando a los críos y a las mujeres que siguen pendientes de noticias. “Au revoire monsieur”.

Me quedo en el dintel de la puerta observando al grupo de curiosos que a su vez se dedican a estudiarme sin ningún tipo de disimulo. Cuando el policía está a mitad de escalera se vuelve girando el torso.

— Monsieur, ¿est-ce que je peut faire une question?

— Bien súre mon amie.

El hombre vacila con cierta incomodidad. Su compañero, más abajo, está quieto mirando la escena. Los curiosos no pierden detalle y hablan atropelladamente en árabe entre ellos, la mayoría no entiende el francés.

— ¿Que es ce que vous fait ici?

— Atenndre.

— ¿Atenndre?…atenndre ¿quoi?

— Simplement atenndre.

El policía suspira, frunce los labios, suelta en voz baja una palabra en árabe. Vuelve el torso y desciende por la escalera. Los curiosos tardan algo más en separarse y desaparecer.

Entonces yo cierro la puerta. Bebo un vaso de agua y vuelvo a sentarme junto a la ventana. Casi es mediodía.

Estoy cansado y triste. Por un momento he creído en los golpes de la puerta. Pero no, no había nada tras la llamada.

Nada.

Hoy no comeré. No tengo hambre.

III

He adoptado la costumbre de levantarme con la primera llamada a oración. Hay un altavoz muy cerca de la ventana, al lado del arco de la calle, y antes de escuchar el canto del muecín me despierta el chasquido metálico del comienzo de la grabación. Ese ruido es similar al que me despertaba cuando hacía el Servicio Militar, no tenía que esperar la llamada de la corneta; aquél “clic”, el ruido de la cinta magnetofónica al conectarse ya me espabilaba. Recuerdos tan remotos, tan de otro mundo, que me parecen ajenos, como si otra persona los hubiera vivido y yo los conociese por la lectura o porque alguien me los ha relatado. Y realmente es así porque aquél no era yo, o yo no soy aquél, da lo mismo. Como tampoco existe aquél mundo tan perdido y tan lejano que ya no sé si realmente algún día existió o todo ha sido, es, una ficción.

Ha comenzado la primavera, hay más luz cuando despierto y la noche tarda mucho más en aparecer. Abro la ventana al despertarme y el aire fresco que me envuelve me tonifica. Viene cargado de voces de hombres, mujeres y niños; de los ruidos metálicos de los talleres de los artesanos, de rebuznos de borricos, de aromas a especias, a frutas, al pan recién cocido del panadero que hay a la entrada de la calle.

Con mi vida dejé todas mis creencias. Nunca fui religioso en el sentido más estricto de la palabra, pero sí tuve un poso del catolicismo en el que crecí. Un poso trasformado a mi conveniencia, adaptado a otro tipo de fe en cuestiones más terrenales. Todo lo dejé en aquél país remoto del que despegué con lo puesto para no volver nunca más. Ahora, posiblemente porque me siento caer lentamente en un pozo sin fondo, intento atrapar eso que denominaba espíritu, alma. Porque seguramente lo necesitaré tener a mano cuando la espera llegue a su final. Lo que llegará me tiene que encontrar entero, dispuesto, decidido. Y eso sólo ocurrirá si el otro yo que hay en mí está presente.

Por eso cuando el muecín llama a la Fajr, a la primera oración, me siento en el suelo con las piernas cruzadas. Cierro los ojos e intento vaciar mi cabeza, dejar todo pensamiento y acercarme a esa luz absoluta. Sentir la vacuidad de mi interior, como si estuviera compuesto de aire, hueco, liviano. Me dejo entonces arrastrar por esa sensación de pertenencia al universo y vago por un espacio infinito del que a veces me cuesta volver. Al principio me costaba mucho concentrarme en la nada. Ahora lo voy consiguiendo y cuando acabo tengo una gran sensación de paz que calma la ansiedad que siento al despertar.

Sí, ansiedad, dolor, desesperanza; no me encuentro demasiado bien. Los días pasan, ya llevo muchos meses aquí, y nada cambia. Sigo esperando pero todos los días y todas las noches son iguales. He adelgazado mucho y he perdido algo de fuerzas. Sigo alimentándome casi exclusivamente con vegetales. A veces Hammed, que es muy afectuoso conmigo, me ofrece pollo muy especiado, pero en general sigo con la misma alimentación que, por otra parte, considero sana y ajustada a mi actividad, a mi única actividad: esperar.

Después de desayunar un poco de fruta, Hammed me regaló ayer una bolsa con dátiles muy dulces, sigo mi única actividad y me siento junto a la ventana. La luz fuerte de las mañanas de primavera parece que ha expulsado a los habitantes renuentes a salir de sus casas y la medina es un hervidero de hombres, mujeres y animales. Muy cerca de aquí hay una tenería y todas las mañanas y tardes pasan pequeños borricos con grandes fajos de pieles. La calle es tan estrechas que los extremos de su carga rozan con las paredes y los transeúntes tienen que incrustarse a su paso en los huecos de los portales. Los asnos, muy pequeños, son casi tan abundantes como las personas; emplean a estos animales para cualquier trasporte de carga, es la manera de llevar mercancías de acá para allá. Observé que en el ángulo del arco los asnos buscaban en el suelo cualquier cosa comestible porque es un punto en el que los vecinos arrojan la basura y siempre hay alguna monda de patata o de frutas, o restos de verdura. Así que guardo las cortezas de las naranjas o las peladuras de las patatas y las llevo a ese rincón. Cuando pasa la primera reata de burros el que tiene la fortuna de ir en cabeza se detiene y atrapa lo que puede antes de que le aticen con la vara por pararse.

Con la ventana abierta todo el día entran muchas moscas pero a mí no me molestan. Realmente no me molesta nada. Las moscas se irán cuando llegue el frío, ahora podemos convivir. Con las moscas también llegan los ruidos, la música, las conversaciones. Afuera hay un mundo en ebullición y yo, vigilante desde mi atalaya, observo y espero.

IV

He bajado a comprar a la tienda de Hammed. El buen comerciante me ofrece un pequeño paquete de arroz con un gesto interrogante, pasándose una mano por el estómago y una sonrisa que interpreto como que será un alimento sano que me irá bien. Le digo que sí y tras pagar unos pocos dirhans me da una bolsita con dátiles, lo hace alguna vez, mientras inclina la cabeza y pone su mano derecha en su pecho, sobre el corazón. Hago yo el mismo gesto y digo “Sukrein”. Cada palabra que digo, errónea y torpemente, en árabe le provoca una gran sonrisa.

Cuando voy a marchar aparece mi vecino Nouredinne y Hammed entabla con él una breve y rápida conversación en árabe. Mientras hablan me miran alternativamente uno y otro. Entiendo que están hablando de algo relacionado conmigo.

Nouredinne me coge de la mano y tras despedirnos de Hammed, en la puerta de la casa me dice que el Iman de la mezquita cercana quiere conocerme y el tendero, amigo suyo, le ha dicho al niño que me pregunte si el religioso puede visitarme. “No tengo inconveniente” le digo mientras pienso que me da igual que venga o no.

Estoy sentado en la silla con la ventana abierta. Miro sin ver. Colores, perfiles, luz, personas, todo es un magma uniforme del que no percibo detalles que me llamen la atención. Absorto en el vacío siento mi cabeza fluir en la nada. Fue difícil al principio pero ahora he dejado de pensar, al menos eso creo, y soy capaz de detener todo lo que sea inteligente. Ahora soy sólo un complejo mecanismo biológico inanimado.

Suenan unos pequeños golpes rítmicos en la madera de la puerta. Al abrir me encuentro con un Hammed sonriente al que acompaña un hombre regordete, con gafas pequeñas sobre una montura muy fina, barba canosa bien recortada y un turbante blanco. Viste una túnica beige muy limpia. Inclina la cabeza con gesto de respeto y una sonrisa afable. Imagino que es el famoso Iman que quiere conocerme. Entre sus cabezas veo entreabrirse la puerta de la vecina, la madre de Nouredinne y aparecer su cabeza envuelta en un velo azul.

— Salam aleikum — me dice el Iman.

— Aleikum salam, pardon Monsieur, je ne parle pas l´arabe…je suis desolé…

— No importa amigo, habla usted francés, por lo que veo, nos podemos entender en esa lengua.

Pasan los dos a la pequeña habitación. Veo que Hammed mira con rápida curiosidad todo lo que hay. El Iman le dice algo en árabe y el tendero inclina la cabeza, me sonríe y se marcha.

—Ya perdonará Imán, ¿le puedo llamar así?

— Rachid, ese es mi nombre, pero llámeme como quiera, Imán o Rachid…somos la misma persona —dice sonriendo.

— Siento no poder ofrecerle casi nada, ni siquiera un asiento cómodo.

—El suelo es suficiente amigo, nosotros solemos sentarnos en el suelo.

—Sí, pero sobre alfombras y yo no tengo ninguna.

—Tiene la casa admirablemente limpia, me sentaré en el suelo.

—Si no le importa yo también.

Sentados los dos en el suelo, me preguntaba qué querría aquél hombre que por el momento me miraba fija e intensamente sin decir nada.

—Se preguntará cuál es el objeto de mi visita.

—Sinceramente sí…

—Es sencillo y transparente. Yo soy el dirigente espiritual de esta parte de la medina, usted vive aquí y simplemente me preocupo por su bienestar. Considérelo como una visita de buena vecindad, de preocupación por sus necesidades y mi disposición a ayudarle en lo que yo pueda.

—Pero yo no soy musulmán.

—El Profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, saludaba siempre a sus compañeros invocando la paz. La paz es algo más que ausencia de guerra, la paz es serenidad, la paz es bienestar, la paz es calma y sosiego. Yo sólo he venido a visitar a un hermano, eres como yo creación de Dios, para saber si necesita algo para conseguir esa paz que te deseo.

—Rachid, Iman…le agradezco mucho que se preocupe de mí. Mi casa está abierta siempre para usted, pero debo decirle que no soy hombre religioso…soy católico por nacimiento, porque mis padres me bautizaron. Luego apenas he ido a la iglesia ni he practicado los preceptos de mi doctrina…tengo un pensamiento muy crítico respecto a las religiones…ya perdonará pero en ese punto es lo único que puedo decirle, espero que no se ofenda.

Rachid escuchaba con atención mis palabras. Su rostro no se alteró en absoluto y en su boca se dibujaba la misma ligera sonrisa que mantenía desde el principio. Dirigió su mirada al suelo y así estuvo un buen rato. Sólo se escuchaba el bullicio de la calle, los gritos de los vendedores, de los transportistas de mercancías detenidos entre el gentío de las calles estrechas, las conversaciones en voz alta. El Iman levantó la cabeza, fijó sus ojos en los míos y sin dejar su mueca sonriente preguntó.

— ¿Qué profesión ejercía?

— Empresario. Tenía muchos negocios que funcionaban muy bien; muchas empresas, mucho dinero, una forma de vida en la que tenía todo lo que deseaba… La dejé.

—Puedo preguntarle ¿por qué?…e intuyo que está relacionado con su estancia aquí entre nosotros…

—Es simple Iman. Me cansé.

— ¿De qué?

—De todo. De mi profesión, de mi forma de vida, de mi ciudad, de mis vecinos, de mi familia, de mí mismo…de todo.

La sonrisa de Rachid se borró. No era un rostro severo, ni siquiera serio. Era un rostro en el que se dibujó la tristeza. Eso me dio motivos para pensar que era un buen hombre, al menos su empatía conmigo le llevaba a ese sentimiento. Seguí hablando.

—Aburrimiento Rachid, aburrimiento. Eso es lo que puedo decirle. Un aburrimiento inmenso que me comía el alma. Falta total de ganas vivir. Eso es todo.

De nuevo se hizo el silencio. El Imán, inclinada la cabeza, miraba al suelo. Tenía una mano extendida y garabateaba con un dedo sobre el piso. Sin mirarme preguntó.

— ¿Y por qué venir aquí?

—Hace unos años estuve aquí en un viaje de turismo con mi familia y unos amigos. Pasé por esta misma calle y me quedé mirando esta casa. Fue como una revelación, ¡era aquí! No me pregunte cómo lo supe, lo hice con una certeza absoluta. Tenía que venir aquí, vivir en esta casa y esperar. Dejé todo y vine.

— Pero ¿esperar qué?

— Esperar Rachid…¿no lo entiende?

— Sinceramente no.

— Lo siento, no puedo explicarle más…porque no hay más. Se trata de esperar. Algo ocurrirá y lo tengo que esperar aquí.

— ¿Qué cree que ocurrirá?

— No lo sé. Lo que sea, es mi esperanza, ocurrirá aquí y por eso tengo que estar atento y vigilante.

— Observo que a pesar de que no es religioso, según dice, cree en los milagros.

— No creo en los milagros Imán.

— Pues en las revelaciones.

— No lo sé Imán, sinceramente no lo sé. Si esa certeza que me llegó súbitamente aquel año paseando por esta misma calle de la medina fue una revelación…pues así será. Lo único que puedo decirle es que fue una especie de voz interna que llegaba al centro de todas las células de mi cuerpo y me llenaba el alma.

— Allah es grande, bendito sea su nombre, y habla de muchas maneras. Sólo hay que saber y estar dispuesto a escucharle.

— El caso es que aquí estoy esperando no sé ni qué ni a quién. Pero seguiré haciéndolo hasta que ocurra.

Abrí los brazos en un gesto de impotencia. Rachid me miró con una amplia sonrisa.

— Querido amigo, creo que ya le he molestado lo suficiente. Volveremos a vernos …ahora debo irme, ya va a ser la hora de la oración.

Hubo un cálido apretón de manos y un deseo mutuo de paz. Minutos después oía la llamada a la última oración de la tarde.

El sol acababa de ponerse.

V

Me siento muy débil, apenas puedo moverme, sólo tengo sueño y fatiga. No sé cuánto tiempo llevo tendido en el camastro. A duras penas me levanto, me arrastro sería la expresión más correcta, para ir al váter. No he comido apenas desde hace días. Probé a comer unas frutas pero las vomité enseguida. Creo que tengo fiebre. Sólo tengo ganas de dormir.

Me han despertado unos fuertes golpes en la puerta. Un ruido metálico me ha hecho saber que la frágil cerradura ha saltado. Giro con dolor la cabeza y veo dos o tres personas que han entrado. Llevan túnicas claras… blancas, grises…no sé, no los distingo bien, veo casi todo borroso. Uno de ellos se ha acercado y se ha inclinado para mirarme. Tiene la piel muy morena, unos pómulos salientes, los ojos amarillentos, una nariz larga y curvada, el pelo revuelto…no lo conozco. Ha dicho algo en árabe y lo ha vuelto a repetir en voz más alta. Le falta algún diente y tiene otros con fundas de oro sin brillo. De nuevo ha repetido lo que parece una pregunta en voz mucho más alta. Ahora me coge por la camisa y me sacude mientras vuelve a repetir la frase. Intento negar con la cabeza pero no tengo fuerzas. Me suelta con violencia sobre la cama y da media vuelta mascullando palabras que tampoco entiendo. Hay otro, hablan los dos en árabe muy rápido. El que me ha sacudido tiene la voz aguda y el otro, no lo veo, ronca y dura. Uno pasa junto a mí y se va a la maleta, la abre, la revuelve, saca todo y lo tira por el suelo. Coge la pequeña bolsa en la que guardo el pasaporte y los documentos de alquiler y con ella en la mano viene a mí y vuelve a preguntarme de nuevo. Permanezco inmóvil, no puedo hacer nada, ni siquiera un gesto.

Mi cabeza funciona muy despacio, como si la energía se estuviera consumiendo en su totalidad. Una rara sensación de calma se va extendiendo por mi cuerpo. ¿Será esto por fin lo que esperaba? Oigo al muecín llamar a la oración del final de la tarde, la luz se va marchitando. También la luz de mis ojos se va apagando muy poco a poco. Siento una vacuidad absoluta, como si flotase, una levitación ligera. No siento dolor, no siento pena, no siento nada.

Escucho un grito que se me antoja de alegría. Es el de la voz ronca que llama al otro, el de los dientes de oro, que anda hurgando entre las pocas cosas que ha sacado de la maleta. Comprendo que han encontrado el dinero que escondía junto a la cocina. Se acercan los dos y me miran con una sonrisa burlona. Veo ahora al de la voz ronca. Es alto y corpulento, lleva una larga barba sin bigote y un casquete de ganchillo en la cabeza. Me enseña el fajo de billetes en una mano y de nuevo en árabe y con gestos de la otra mano intenta preguntarme, creo, si hay más. Cierro los ojos, no puedo hacer ningún otro esfuerzo. Oigo que hablan entre sí y después sólo rumores de sus pasos por la escalera. Se han ido.

Me despierta la Isha, la oración de la noche. Estoy sudando y tengo mucha sed. Intento arrastrarme fuera del camastro, llegar al grifo y beber, sí, beber, beber…pero no puedo, las fuerzas me han abandonado totalmente.

Es ahora cuando estoy seguro que mi espera finaliza. No sé si esto es lo que debía de llegar, nunca lo supe y nunca lo sabré. Con mis fuerzas se ha ido también mi esperanza, mi curiosidad, mi ánimo. Ya todo me da igual.

Tengo mucho sueño, un sueño profundo y pesado.

Sólo quiero dormir.

FIN

© Javier Pardo Berdún, 2017

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