HAZME UN FAVOR, MUÉRETE ESTA NOCHE.

 

 

 

“La mejor venganza es no ser como tu enemigo”

 

                                               Marco Aurelio

 

 1

 

La primera bofetada que me diste me dejó totalmente aturdida. No comprendía lo que acababa de pasar, sólo escuchaba un zumbido muy fuerte en el oído, como si se hubiera alojado allí un enjambre de abejas rabiosas, y un escozor caliente en la cara, una quemazón muy fuerte en la mejilla. Después, poco a poco, dolor, mucho dolor, cada vez más dolor. En la cara, en la cabeza. Sentí algo líquido que resbalaba por la mejilla, lo toqué con los dedos: era sangre, salía del oído.

 

Cuando el estupor se disipó y fui consciente de lo que había ocurrido,  llegaron la incredulidad y la sorpresa;  de inmediato  la humillación, la vergüenza, la rabia. Todos esos sentimientos explotando como la erupción de un volcán.

Tú al principio te quedaste contemplándome con odio, sosteniendo  esa mirada que te he visto tantas veces,  penetrante, taladradora, dura. Esa expresión en tu cara de decir “¿qué pasa? ¡si quieres ven a por más!” como un boxeador que no acaba de noquear a su rival y espera que se levante para darle más, para machacarle. Luego, al verme petrificada, con el hilito de sangre corriendo por la cara, diste media vuelta y de espaldas a mí encendiste un cigarrillo. Yo salí con torpeza, apoyándome en la pared como si navegara entre una espesa niebla,  fuera de la casa y me refugié en el pajar. Me senté sobre una paca y me eché a llorar desconsolada. Cuando al rato, ya más serena, volví ya no estabas.

Esa mañana había ido a coger hierba para los conejos a la orilla de la acequia, allí crecían bien los lechacinos. Al otro lado estaba Eugenia haciendo lo mismo. Nos reímos de la casualidad y nos pusimos a conversar, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tú no querías tratos con ellos, con “los comunistas” como les llamabas, pero yo me alegraba de verlos. Eran buena gente,  todo lo comunistas que fueran –no sé de dónde sacaste esa idea- pero muy buena gente. El caso es que me entretuve y llegué a casa más tarde de lo previsto. Tú, al contrario, llegaste antes de la hora acostumbrada y la comida no estaba lista, ni siquiera la mesa puesta.

“¿Qué has estado haciendo?” Cuando dije “hablando con Eugenia” te pusiste hecho una fiera, me cogiste del brazo y me zarandeaste mientras gritabas enloquecido que no querías que hablase con ellos. Te pregunté por qué y me dijiste ¡porque lo digo yo y basta!

Te repliqué.

Y entonces llegó la primera bofetada.

 

2

Los han llevado al comedor, una desordenada fila de sillas de ruedas por el largo pasillo. Algunos días, pocos, Maruja lo acompaña para darle la comida, cuatro cucharadas de sopa o puré – no come otra cosa- que apenas traga Macario. En el comedor les colocan unos grandes baberos que les llegan a la cintura y familiares y auxiliares se reparten la tarea de darles la comida. El día que va Maruja insiste poco, cuando Macario cierra la boca se acabó. Lo limpia someramente, lo deja aparcado junto a la mesa y se va.

Entra a veces en el bar que hay en la misma calle y come cualquier cosa.  Hoy no,  ha traído un pequeño bocadillo que ha comido sentada en un banco de la plaza que hay junto a la residencia. El día es ventoso, como tantos, y fresco pero con un sol primaveral agradable. Luego, para vencer la modorra y estirar las piernas, ha dado un paseo por la orilla del Ebro y lo ha cruzado por el Puente de Piedra hasta la Plaza de El Pilar. Como otras veces ha entrado en la basílica y se ha sentado en uno de los últimos bancos frente al altar mayor. Unos metros más allá, sumergido en la penumbra, duerme un mendigo y también, como él, Maruja se ha quedado unos minutos dormida, con la cabeza inclinada hacia uno de sus hombros.

Con pasos lentos y cansinos ha desandado el camino y ha vuelto a la residencia. Allá ya han acabado la siesta breve aunque algunos, somnolientos todo el día,  les dan pastillas para que estén quietos y no molesten” dicen,  siguen en ese limbo que ni es sueño ni vigilia en el que no distinguen el día de la noche.

El salón está ahora lleno de familiares de los residentes a los que casi no hacen caso, ellos apenas se enteran, y hablan entre sí. Hace calor, el edificio es “inteligente” con ventanas herméticas. A Maruja le duele la cabeza y de buena gana rompería uno de los cristales para que le llegase el aire fresco con olor a río que horas antes le había acariciado en su paseo. Pero ahora está allí, como todos los días, sentada frente a Macario, prisionera, encadenada a la silla de ruedas en la que su marido sigue inmóvil, mudo y sordo, mirando al infinito.

Maruja saca un pañuelo del bolsillo de su chaqueta de punto y limpia, por enésima vez, la baba que cuelga de la boca de Macario.

Poco a poco los familiares van desapareciendo y sólo quedan los ruidos de siempre, los gritos y sollozos, los gruñidos animales, empapados de olor acre mezclado con ambientador. Cuando aparecen las auxiliares para comenzar el desfile a la cena Maruja se incorpora, coge su bolso y la gabardina y se queda mirando a Macario por última vez ese día.

Hazme un favor, muérete esta noche” le dice como despedida.

 

3

¿Qué se había creído? ¡Yo trabajando desde la madrugada y cuando llego a casa no está la comida preparada! no, no, que no…y resulta que ha estado perdiendo el tiempo hablando con esa bruja, con la mujer del  rojo que va metiéndose en lo que no le importa. No quiero nada con ellos, ya es suficiente con la mala suerte  de tener la torre al lado de la suya. Que cuide que cualquier día lo mato a hostias.

Mi padre tenía razón: con los críos, las mujeres y los animales, mano dura. Desde el principio, el arbolico se endereza desde joven porque luego ya no hay dios que lo ponga recto.

Se lo dije bien claro, “¿para qué te tengo?” ¿O no sabía lo que le tocaba cuando la saqué de su pueblo de mierda?  La casa arreglada, las comidas a su hora, las ropas limpias, los animales…no pido más. Que haga luego lo que quiera. Eso sí, que no se meta en mis asuntos, no le importa una mierda a dónde voy o de dónde vengo. Come de mi dinero, duerme en mi casa, ¿no? ¿y quién trabaja? yo. Pues eso, vendré cuando llegue y saldré cuando me vaya. ¡Sólo faltaría que le tuviera que dar explicaciones de lo que hago!

Pensaba que la había elegido bien. Tenía buen cuerpo, buenas tetas, manos de trabajadora. En esos pueblos de secano saben bien lo que es trabajar. Me aseguraron que sabía cocinar y manejar las ropas. Estaba acostumbrada a cuidar a los animales. No se le conocía ningún novio. Era lo que yo buscaba. Pero salió respondona; di que pronto lo arreglé, dos hostias y a callar.

Yo sólo quería tener un hijo, otro Macario que siguiera con la torre cuando yo dejase de trabajar ¡y la imbécil  se preña otra vez! Luego empezó con las historias de los estudios de los críos, ¡qué cojones estudios!  Leer, escribir y las cuatro reglas, no hace falta más. Con saber llevar la torre era suficiente, a ganar más dinero que cualquier empresario. Y con seguridad. Hay cosas que se ponen de moda y luego la gente se olvida,  pero las coles, las lechugas, las acelgas, las alcachofas, las patatas…eso siempre se necesita. Y si los tiempos van mal se vende un corro para que hagan pisos y a vivir de las rentas.  Pero con dos es ya jodido, hay que partir el patrimonio y si no,  uno es el amo y el otro el criado. No, yo no quería eso.

También empezó a malmeter conque eran pequeños para ir al campo. Ya tenían edad de ir sabiendo las labores; un rato por la mañana antes de la escuela, ¿que tienen sueño? ¡con el que he pasado yo! y otro al volver por la tarde. Ella que no, que tenían deberes. Un día me planté en la escuela a hablar con el maestro, que — ¡no te jode!— resulta que era una mujer, y le canté las cuarenta. Ya le dije que no les pusiera tarea que tenían que trabajar, ¡bastantes deberes tenían en casa! Me soltó un sermón y siguió mandándoles cuentas y problemas. A veces llegaba de noche y ahí estaban medio dormidos con los cuadernos. Venga a la cama ¡y sin protestar! porque habían sacado el genio de su madre y se quejaban de todo. Entonces me hacían caso; como los perros pequeños eran inocentes pero sabían quién era el jefe. Sólo una vez le aticé con el cinto a Macario en las piernas y desde entonces sólo tenía que hacer el gesto de quitarme el cinturón y se cagaban.

Un hombre hace lo que quiere. Sobre todo cuando es el amo, cuando es quien gana el dinero para la familia. Yo siempre he madrugado, casi siempre he visto salir el sol en el campo o en el carro camino del mercado. El dinero lo gano yo y yo lo gasto como quiero. ¿O es que no puedo almorzar con los amigos? Como lo de la partida después de comer, ¿qué pasa, no puedo estar con la cuadrilla, tomar una copa, jugar unas partidas? Y si se tercia ir al puticlub pues voy, ¡faltaría más! Un hombre tiene sus necesidades y en casa no saben darnos lo que echamos en falta. ¿Qué ha hecho esta?: abrir las piernas y quedarse como una estatua. Eso no es lo que yo necesito. Además la carne de casa cansa, nos pasa a todos y el que diga lo contrario miente. Un día me vino con esas historias. Que si me estaba gastando el dinero de los hijos en putas, que si le daba asco meterse en la cama conmigo. La cogí de la pechera y se lo dije bien claro: “iré con las putas cuando quiera y a ti no te tengo que dar explicaciones; el dinero no es ni tuyo ni de los hijos, el dinero es mío. Cuando estire la pata hacéis lo que os salga con él, pero de momento yo soy quien manda”. Me replicó, vaya que si me replicó. Un buen revés y a callar;  manica de santo,  ya no volvió a nombrar el tema.  

 

4

         Lo encontró en la misma esquina del salón que siempre. Atado al respaldo del sillón y las muñecas sujetas a los reposabrazos con vendas de gasa. Estaba despeinado, sin afeitar, la camisa mal abrochada a través de la que se veía la parte superior de la camiseta azul  llena de manchas aún húmedas de leche del desayuno.

A su lado, también atada a su butaca, el inmenso cuerpo de Nela se retorcía en un vano intento de encontrar una manera de liberarse del apresamiento. Más allá se escuchaba a Teresa sollozar y Pedro, como todos los días, llamando a gritos “Señorita, señorita!”. El resto dormitaba. Sólo Blanca recorría una y otra vez el largo corredor  hablando sola.

Había un aroma áspero, una mezcla de lejía, sudor,  orina y heces,  teñida con un desodorante dulzón.

Maruja dejó el bolso y el abrigo colgados en la percha  y se sentó frente a su marido. Macario miraba al frente, sin pestañear apenas,  pero sus ojos rojizos, húmedos y prominentes no enfocaban a la cara de su mujer; como si ella fuera de cristal transparente se prolongaban más allá, a un infinito invisible.

Con un gesto de fastidio Maruja comenzó a arreglar la posición de la camisa, a meter los faldones con esfuerzo por la cintura del pantalón que contenía aquel vientre de batracio flojo y gordo; a colocar  con orden cada botón en su ojal. Él se dejaba hacer. Ni un gesto, ni un movimiento. Un hilillo de saliva transparente caía por una de las comisuras de una boca entreabierta con labios secos, de piel cuarteada, entre los que se veía parte de unos dientes amarillentos con manchas marrones junto a las encías.

Maruja abrió la bragueta y encontró el calzoncillo mojado; el extremo de la sonda estaba mal conectado con el tubo de la bolsa y la orina se escapaba por allí. Macario olía mal.

Enfurecida, “Ya está bien!”, dejó de trastear, salió de la sala como una centella y se encaminó hacia el ascensor.

La sexta planta era luminosa y tenía hilo musical. Además de las instalaciones para los residentes válidos estaba la oficina y el despacho de la directora. Isabel, Doña Isabel como la llamaban todos en aquella residencia, hizo una mueca mínima dando por acabada la charla: “Descuide que ahora mismo lo solucionamos”.

En el pasillo de la planta segunda se cruzó con Blanca que intentó conversar con ella, “acabo de llegar en el avión de Barcelona”,  y al llegar al salón vio que Macario no estaba. La llamada de Doña Isabel había tenido un efecto inmediato. Cogió una revista cualquiera del montón que había sobre una mesa y empezó a pasar las páginas sin concentrarse en ninguna de las fotografías. Su cabeza estaba mucho más allá de aquel sobado papel couché de fecha anticuada.

 

5

       Qué feo y que gordo estás…y qué mal hueles. ¡Con lo pincho, lo chulo y lo elegante que eras de joven!  No sé cómo me pudiste embarullar;  qué tonterías digo, sí, claro que lo sé; llegaste a las fiestas del pueblo aquel año tan malo que no había llovido ni una gota. Viniste con una cuadrilla de tu mismo estilo y en muy poco tiempo os hicisteis los dueños del festejo. Manejabais dinero y eso se notaba; fuisteis invitando a los mozos del pueblo y ellos, inocentes,  enseguida os llevaron a obsequiaros por las peñas.

En la verbena de  la plaza todas estábamos deseando bailar con vosotros. Alguna ya se había echado novio en el pueblo pero la mayoría estábamos hartas de miseria y trabajo, de no tener agua corriente, de alumbrarnos con carbureros,  de la cara de amargura de  nuestros padres y  la tristeza que había en las casas  cuando no llovía a tiempo. Y sobre todo de un futuro sin esperanza alguna si nos quedábamos allí. Novio de fuera o a servir a Zaragoza o a Barcelona.

Me contaste lo que yo quería escuchar. Eras hijo único y tenías una casa grande con buena huerta en las afueras de Zaragoza. Tus padres estaban ya mayores y tú eras ya el que se ocupaba de la torre. La fruta y  la verdura la vendías al  mercado, por las mañanas llevabas un carro a rebosar y te la quitaban de las manos.

Por eso dejé que al bailar me apretaras más de la cuenta y que al acompañarme a casa, en la oscuridad de la calle, me tocaras las tetas todo lo que quisieras. Besabas bien y eras guapo. Sabías hablar con apostura y con gracia. Y sobre todo el futuro que yo esperaba tú ya lo tenías.

Volviste otra vez, otro domingo, y no te anduviste con historias. Viniste directo hacia mí. Acabamos en un pajar de las afueras. Para mí era la primera vez pero para ti no, te sabías manejar bien. Ni me enteré, pero eso era lo de menos, estaba lanzada a salir como fuera de aquella miseria. Aquella noche no pude dormir. Sola en la cama pensaba en la horrible posibilidad de que sólo quisieras el revolcón en el pajar y una vez conseguido adiós muy buenas. Y aún podía ser peor, que me hubieras dejado embarazada, aunque entonces pensaba que siendo la primera vez no había riesgo, ¡qué imbécil era!

Pero todo salió como yo quería y pocos meses después vivía en Montañana, en la Torre del Macario.

Al principio las cosas iban bien, o al menos yo lo creía así aunque por las noches caía como un fardo en la cama después de trabajar a lomo caliente. La casa, los animales, la huerta…y pronto se sumó el cuidar a tus padres. Él, más malo que la quina; ella,  una bendita. A mí no se me hacía cuesta arriba el trabajo, desde que tuve uso de razón no había hecho otra cosa que trabajar y al fin y al cabo tenía lo que quería. La casa, un caserón muy grande y un tanto desvencijado e incómodo, pero con luz eléctrica, agua corriente y un cuarto  con váter y bañera.

A tí casi no te veía. Salías de madrugada con el carro hasta el mercado y algún día no venías hasta la noche. Al principio pensaba que estabas trabajando, que vendías, comprabas…esas cosas. Después me enteré que las partidas de  cartas, las comidas con ese grupo de chulos y las putas, muchos días te ocupaban las horas. Pero ojos que no ven…¿cuánto dinero gastabas? Nunca lo sabré. Vendías la verdura bien porque antes de arrancarla del campo ya estaba colocada y cobrabas en dinero fresco que yo nunca vi y que en parte se iba a la mesa del bar y a las furcias.

Yo vivía en la paz de la ignorancia. No eras cariñoso pero tampoco entonces el animal en el que luego te convertiste. Nunca me decías dónde estabas, trabajando suponía yo, tampoco eran preguntas que una mujer debía de hacer a su marido, así eran las cosas entonces. Yo cumplía con lo que tenía que hacer: desayuno, comida, cena, huerta, animales, fregar, lavar, cuidar a los dos ancianos y cuando tú querías abrir las piernas y dejar que te pusieras sobre mí, notar tu aliento con olor a vino y tabaco soplando en mi oreja y  escuchar esos gruñidos de cerdo a punto de degollar con los que finalizabas.

Ni siquiera en los embarazos de los dos críos dejé de trabajar ni un día. Afortunadamente después del nacimiento del primero murieron los abuelos. Primero ella, que en paz descanse, y luego, dos meses después, tu padre que me hizo la vida imposible hasta el último día que respiró.

Para entonces ya estaban ellos, casi seguidos. Primero Macario y luego Rafael. Con el primero ya dejaste caer tu mala virgen. Yo quería otro nombre, o al menos que me preguntases, pero no,  “¡Macario y punto!” Como tu abuelo, como tu padre, como tú. A mí no me gustaba pero hubiera entendido que fuera una tradición,  el que en tu familia el primer crío siguiera teniendo ese nombre;  lo que me enfadó fue tu imposición, el desprecio, que no me consultases; yo era la madre. Pasó el tiempo y no le di más trascendencia. No la tenía, me dije.

Luego, con el segundo, no hubo problemas. “Ponle el que te salga de los cojones” me dijiste, casi sin mirar al pobre Rafael. Tú no querías más hijos y mi segundo embarazo te supo a cuerno quemado. Habías estado muy bien como hijo único, decías, no hacía falta más molestias en casa. Ya no hubo más embarazos. Dejaste de acercarte a mí por las noches y yo, realmente, me alegré.

 

6

       Mi padre estaba todo el día con el  cásate…busca una buena moza y cásate…” y yo le daba largas porque no tenía intención de atarme a mi edad; bueno atarme no, porque a mi no me ata ni dios, pero no quería complicaciones. Vivía bien, a mi aire, llevando ya la torre, manejando dinero, con la comida en la mesa y la ropa limpia. Los padres eran ya mayores pero estaban fuertes. Mi padre ya no tocaba los campos pero iba diciendo, tenía experiencia y sabía mandar. Los jornaleros ni le rechistaban, con la mirada era suficiente. La madre estaba en la cocina, con las ropas y arreglaba los animales.

Serapio me tocaba los huevos con la cubana del puticlub, a ella le decía que yo iba buscando novia. Aquél putón culogordo ponía los ojos como platos cuando yo llegaba y sólo hacía que bailarme el agua ¡con una zorra me iba a casar yo! No sería la primera que ha engatusado a alguno de por aquí y al poco tiempo ha amanecido un día desplumado y sin saber dónde ni con quién se ha ido. Pero la verdad es que mi padre tenía razón. Se iban haciendo ya mayores y pronto necesitarían ayuda. Había que traer a otra mujer a casa. Y yo también tenía que pensar en tener un hijo, otro Macario,  que me cogiese el relevo. Así que estuve mirando y preguntando por aquí, pero nada, había dos o tres solteras ya mayores y una viuda con hijos,  ¡alhajas con dientes! no, aquí nada.

Gerardo tenía un primo en un pueblo de los secarrales, por los Monegros,  y un día tomando unas cervezas acordamos ir con Serapio y Cocote a pasar el domingo siguiente que eran fiestas. ¡Hostia qué gentes! renegridos, oscuros, malhablaos, parecían salvajes. Y la tierra seca y blanca, llena de yeso, esparteras, tomillos y capitanas. Los campos sólo los sembraban un año para no agotarlos, al siguiente los labraban y a esperar otro año ¡joder que negocio! Si llovía iban cogiendo pero ¡ay si no llovía! la hecatombe. Agua de balsa, tinajas con agua limpia para beber que traían desde lejos en cubas, qué manera de vivir! Y sin luz, se alumbraban con aparatos de gas, velas y carbureros. Les habían prometido veinte veces que les llevarían la línea eléctrica pero ahí se habían quedado. Eso sí, eran muy trabajadores y como tenían que pasar con poco y aguantar tanto cualquier cosa les parecía bien.

Allá aparecimos en el coche de Serapio y dimos la nota porque todo el mundo nos miraba. Nos habíamos puesto bien trajeaos, elegantes. Fuimos al bar y yo marqué el territorio como los perros, pagando una ronda para todos. Por cuatro duros nos los metimos en el bolsillo. Fuimos de peña en peña, todo dios quería invitarnos.  Luego a comer a casa de uno y a tomar el café a casa de otro.

A la tardada en la verbena nos miraban todas. Yo le eché el ojo a una con buena pechera, piernas y culo fuertes. Llevaba una melena oscura cogida por un lazo y sin ser muy guapa tenia una cara graciosa.  La saqué a bailar y me di cuenta del fastidio de las que tenía al lado por no elegirlas a ellas. La apreté un poco, sólo para tantear, y luego más. Se dejó sin resistir. Al acabar el baile la acompañé a su casa por unas callejas oscuras hablando de tonterías. Tenía otra hermana, me dijo, más mayor que se había casado con uno de Barcelona. Tenían un taxi. Ella también se quería ir del pueblo a Zaragoza, o a Barcelona o a cualquier sitio donde se viviera mejor. Entendí la indirecta y la empujé hacia un rincón a oscuras. Apenas un “¿qué haces?” y “oye,  fresco…  y ahí estuvimos un rato beso va beso viene y yo intentando meter la mano donde podía. Sólo me dejó las tetas, yo intentaba ir más abajo pero no hubo manera. Tampoco la quería espantar porque me estaba gustando, así que la dejé en paz y cuando llegamos a su casa recuerdo que sin decir nada me sonrió desde la puerta antes de meterse adentro.

El primo de Gerardo me  habló bien de la familia, labradores humildes pero trabajadores y serios, tenían buena fama en el pueblo. Era la hija pequeña, la otra se había casado con un taxista de Barcelona, y decían que ayudaba en la casa y en el campo, no se le conocía ningún novio, era limpia y arreglada, sabía hacer labores –había aprendido a coser y bordar con la tía del cura- y era buena cocinera. “Te interesa?” me preguntó, “puede ser…”.

Me decidí, me parecía que era lo que buscaba.

 

7

         Lo trajeron al caer la tarde. Desde la puerta de la casa vio el coche de unos de sus amigos de farras atravesar el portalón del patio y acercarse a la entrada. Lo sacaron entre dos en los que Macario apoyaba los brazos sobre los hombros. Maruja pensó que lo traían borracho, como otras veces. Antes de entrar en la casa vomitó salpicando pantalones y zapatos. “Ójala revientes!” pensó Maruja mientras retiraba las cuerdas de la cortina para que el trío pasase sin engancharse.

No lo movió del sofá. Después de lavarlo y ponerle el pijama se quedó dormido. Al rato fue a ver qué hacía, tenía la cara torcida y una respiración muy rara. No hablaba ni contestaba a las preguntas.

Un par de meses en el hospital. No había remedio,  la hemorragia le había carcomido medio cerebro y se quedó así, casi paralizado, lelo, mudo, inexpresivo.

Ahí se acabó su chulería, su mala virgen, su arrogancia.

 

8

 

    Los hijos, ¡vaya pareja! Con la huerta funcionando me salen con que quieren estudiar. ¿Sí? Pues bien, estudiaréis después de trabajar. A madrugar conmigo y cuando acabemos, si tenéis lo que hay que tener, os ponéis a estudiar. Si os gusta bien y si no cuando cumpláis los 18 cogéis la puerta y a tomar por culo que yo no alimento a vagos.

La verdad es que yo pensaba que con la edad les entraría el talento. Pero no quisieron, así que ya les dije, buscaros algo porque aquí sobráis.

Me jodieron la vida porque ya entonces, con ellos crecidos, los asuntos con los jornaleros estaban poniéndose feos. Contratos, sindicatos…aquí siempre se había pagado lo que decía el amo. La mitad de los que venían a por trabajo eran negros y moros ¡no te jode! Además de quitar el trabajo a los de aquí llegaron con historias de derechos y hostias consagradas. Sé que mucha culpa la tuvo ese rojo de Manuel, metido hasta las cejas en el sindicato comunista,  que se le iba la lengua y les decía que tenían que exigir y denunciar. Llegaron un día con uno que yo no conocía y me dijeron que sin contrato no trabajaban. ¿Con que esas tenemos? pues no hay trabajo, a la puta calle. Lo peor es que yo no podía con todo y los hijos aún eran muy jóvenes. Tuve que claudicar. Lo que más me jodió es imaginar al cabrón del Manuel riéndose al otro lado de la acequia.

Si no tenía suficiente con todo eso me llega la carta. Eso fue la puntilla. Más de la mitad de los campos expropiados para ampliar la autopista. Me revolví, me fui a un abogado que conocía, hizo un papel pero ya me dijo, “esto Macario no tiene vuelta” y luego otro papel y otro y otro. Al final, más de cien mil pesetas en papeles y todo perdido. Cuatro perras, cuatro, menos de la cuarta, ¿qué digo?, la quinta o la sexta parte de lo que hubiera sacado si la hubiera vendido mal. Años luego para cobrar. ¡Qué mala suerte! Y como era una curva sólo me cogió a mí, al metomeentodo no le tocaron ni un palmo. Claro que se me agrió el genio, ¡cómo no se me va a agriar! pero no me volví loco que esta deslenguada iba diciendo por ahí. “¡Como me vuelva a enterar que dices que me he vuelto loco te meto una hostia que ni en tu pueblo te reconocen!” Iba a comprar y lo soltaba, venía el cartero y se lo decía, a la farmacia y lo volvía a repetir. Un día me harté y le puse las cosas claras con un par de hostias, que es el único lenguaje que entiende.

Esta pareja de imbéciles se fueron de casa.  Primero se fue Macario a Madrid o al menos eso dijo, y pocos meses después Rafael. Ese no sé dónde se marchó. El caso es que luego me enteré, sólo hablaban con su madre los desagradecidos, que el uno se había metido  Guardia Civil y el otro conducía camiones. Guardia Civil…nunca me han gustado los del tricornio; y el otro, en vez de coger el tractor y labrar sus campos, coge un camión a sueldo, que seguro será malo. Valiente tontería la del uno y la del otro. Pero yo lo que digo lo mantengo, ¿no habéis querido? pues a cascarla de aquí. No quiero vagos en casa.

 

 9

        Macario llegó a los pocos días desde Utrera. En el cuartel le dieron tres días de permiso, lo previsto en el reglamento. A Rafael la noticia le cogió con el camión en Polonia. Aunque su jefe le ofreció mandar a un chófer para que él volviese  dijo que no.

Maruja aparecía en el hospital al punto de la mañana y se marchaba al comenzar la noche cuando llegaba una cuidadora que había contratado. Todo se torció cuando le dieron el alta. Apareció una mañana el médico de la planta “ya no podemos hacer más por Macario. Sin prisas pero en unos días tendrá que marchar”.

No hubo manera de tenerlo en casa. Era un cuerpo muerto que pesaba como el plomo y Maruja no lo podía manejar. Aun así pasaron dos meses antes de que tirase la toalla y comenzase a recorrer residencias antes de dar con la idónea. Estaba relativamente cerca de la torre, el autobús le dejaba en la puerta y le pareció bastante limpia. El problema era el dinero que costaba cada mes.

Con lo que había en el banco calculó que habría para tres o cuatro años, si es que Macario vivía lo que, según los médicos del hospital, era muy poco probable. Tenía que haber más, allí había caído el dinero que cobraron con mucho tiempo de atraso por expropiación, pero Macario se había fundido una buena cantidad entre putas, juergas y cartas.

Habló con los hijos. El guardiacivil de Utrera le dio carta blanca para que hiciese lo que le pareciera, él lo que no quería era intervenir. Rafael, de entrada, le dijo que “ a ese cabrón lo tirase a la acequia”, luego, cuando habló con su mujer, le comentó a su madre que una parte de los bienes era para los hijos y que si sabía si Macario había hecho testamento.

Así las cosas Maruja no hizo nada. Aún quedaban unos campos por vender, pequeños pero que podrían asegurar algún tiempo más.

Además de que Macario sobrevivió, “ni te mueres ni cenamos” le decía Maruja por las mañanas al llegar a la residencia, Rafael comenzó a chinchar. En cuanto llegaba con su camión llamaba, “Madre, tenemos que hablar. Te estás gastando el dinero en cuidar a ese impresentable que no ha hecho otra cosa que jodernos la vida a los tres”.

Se lió la manta a la cabeza. Vendió los campos que quedaban y parte del dinero lo repartió entre los dos hijos. Sólo quedó la casa “no sólo me has hecho la vida imposible sino que ahora me vas a dejar en la calle”.

Se lo dijo el sobrino de Nela y al día siguiente, antes de ir a cuidar a Macario, pasó a preguntar en el banco. Sí, efectivamente había una posibilidad de que se quedaran con la casa y ella recibiera una pensión hasta que se muriera. Si para entonces no se había consumido todo el valor de la finca los hijos también recibirían algo. Había que estudiarlo, valorar la casa, esas cosas con las que los bancos se cubren para no perder nunca.

Dentro de poco de tu torre ya no quedará nada. Entre la autopista, el banco y la residencia está todo consumido. Ahora me iré a un piso de alquiler pequeñito y podré comer y  pagar tu estancia aquí. Luego si me haces el favor de morirte de una vez tendré una pensión de viuda”.

 

 10

        A veces cojo el autobús y me voy a Montañana. Paseo por la carretera y luego por el camino hasta la torre. Me quedo en la cuneta,  que ahora está llena de flores, y me siento en el tocón de aquél viejo nogal que mató un rayo. Nunca pensé, cuando lo cortaste, que me sentaría allí para ver una casa que ya no es mía. Contemplo los chopos, los cañaverales bordeando la acequia, los campos en los que ahora van a construir chalés, la casa cerrada a cal y canto, aquella casa grande, desvencijada.

Miro a veces entre las grietas de las maderas del portalón y veo el patio, el pozo a un lado, el pajar al fondo, más allá el corral de los animales, la tapia en la que estaba la puerta que ya han cerrado con ladrillos por la que se pasaba a la huerta. La caseta del perro al que siempre tenías atado con una cadena que soltabas solo por la noche. La casa con la fachada descolorida, con la pared desconchada como si tuviera una enfermedad de la piel, las ventanas y el balcón cerradas con las persianas bajadas; la parra haciendo de techo en la puerta y el banco de azulejos en el que me sentaba por la noche en aquellos veranos tan calientes. Casi puedo ver a los críos corriendo, jugando en  los pocos momentos en los que los dejabas en paz. Mi vida no fue feliz allí porque estabas tú. Pero a pesar de toda la tristeza y la amargura, de toda mi infelicidad,  aquella vida fue la mía, con mi casa, con mis hijos y eso forma parte de mí y todavía siento a mi persona vagar por aquél sitio. 

Me digo que no volveré, pero pasan unos días y de nuevo me veo en el autobús yendo a sentarme en el tocón del nogal. 

Uno de estos días estaba ensimismada mirando la casa y apareció Manuel con esa eterna  la boina encasquetada y el cigarrillo apagado, colgando en los labios. Eugenia había muerto hacía un año. Me preguntó por ti. También está viejo, somos todos viejos, pero sigue muy tieso, con esa cara seria de siempre. Le conté que estás totalmente lelo, que cualquier día te morirás. Que tu chulería y tu mala hostia ya están enterradas en esa cabeza perdida, en esa baba que se te escurre de la boca, en esa sonda por la que cae a la bolsa con los orines.

Tú, el perdonavidas, el matón, el chulo de Montañana.

Sí, fuiste muy chulo con todos pero cuando te plantaban cara te cagabas, un chulo cobarde que sólo se atrevía conmigo. Solo fuiste valiente cuando me dabas bofetadas, empujones y desprecios. Decían que te volviste así cuando lo de la autopista, cuando expropiaron por una miseria más de las tres cuartas partes de la torre. Pero no, ya eras así antes. Tu mala virgen ya la llevabas metida en el cuerpo desde que te salieron los dientes, tu padre también era así, tuviste un buen maestro. A mi suegra la tuvo mártir toda su vida. Decían que eran otros tiempos, esas maneras antiguas de comportamiento de los hombres. Y yo también lo pensaba. Pero tú, y ya no eran aquellos tiempos, seguiste haciendo lo mismo.

Un día comiendo me armé de valor y te dije que los críos valían para estudiar, que la maestra me lo había dicho y que merecía la pena que siguieran. Recuerdo que estabas acabando un plato de sopa y cuando acabé de hablar sólo se oían los ruidos de la cuchara al golpear en el plato y el que hacías al sorber la sopa. Insistí en preguntarte y levantaste la cabeza del plato para mirarme con esos ojos que yo conocía bien, la mirada que tenías cuando te inundaba la furia. Sin dejar de mirarme así y muy despacio dijiste “No”. Yo repliqué un  sólo “Pero…” y el plato voló hacia mí. Tuve reflejos y bajé la cabeza, el plato pasó por encima y se estrelló haciéndose añicos en la pared de la cocina.

Aquella noche estaba cenando con los chicos, tú nunca lo hacías con nosotros, y te oímos llegar. Los críos, tus hijos, se ponían nerviosos cuando llegabas por las noches. Te habían visto muchas veces medio borracho, o borracho entero, buscando bronca. Nunca tuviste buen vino, se ve que bebido se te marchaba la cobardía y te ponías pendenciero. Apareciste en la cocina y sin más les soltaste a los pobres que en cuanto acabasen la escuela de estudiar nada, que al campo. Si estaban conformes bien y si no cuando tuvieran edad “…ahí tenéis la puerta…” les dijiste señalando la ventana desde la que se veía el portón de la entrada. Los pobres no dijeron nada, acabaron el plato y se fueron a su cuarto.

Para entonces me había convertido en una ladrona y cuando el alcohol te vencía y te quedabas dormido te registraba los bolsillos de los pantalones o la chaqueta, siempre había un buen fajo de billetes. Al principio te quitaba alguno, poca cantidad,  con mucho miedo. Luego me di cuenta de que tú no sabías cuánto te quedaba después de gastarlo en copas y putas, el alcohol te borraba la memoria y eso me favorecía. Tuve que ir buscándote la vuelta, entrando por las grietas por las que no me veías para ir sobreviviendo. Tenía que pedirte dinero para todo, eso te gustaba porque te daba poder; eras el dueño y yo tenía que mendigar para vivir. Metías la mano  en el bolsillo y sacabas un montón de billetes atados con una banda de goma. Elegías unos cuantos y mientras decías “…no sé qué coño tienes que comprar si aquí tenemos de todo…” los echabas encima de la mesa como cuando arrojabas las cartas en las partidas. En ocasiones te arrepentías de la cantidad y volvías a coger alguno. Un día que necesitaba comprar ropa a los críos te dije que me dolía que te gastases el dinero con las fulanas y los amigos mientras yo tenía que pedírtelo. “Ellas me dan más que tú…” me dijiste a la vez que me empujabas con fuerza, casi haciéndome caer,  apartándome para salir  de casa lanzándome insultos.

Por eso cada día que llegabas borracho esperaba que te durmieras y te quitaba dinero. Arriba, en el desván, tenía una bolsa de plástico fuerte escondida en una caja de madera en la que había otras cosas. Era mi hucha, allí lo iba dejando. Con el tiempo hubo una buena cantidad. No te enteraste nunca. Los domingos les daba algo a los chicos para que salieran con sus amigos, nunca les diste nada y ellos no se atrevían a pedírtelo. Al final esa bolsa de dinero la repartí entre los dos cuando se fueron de casa, la mitad para cada uno. Pudieron comenzar su vida con una pequeña cantidad que les vino bien para los primeros gastos.

 

11

         Les dabas miedo, ¿te das cuenta Macario?, tus hijos te tenían miedo y eso te gustaba, ¿verdad?. Sí, era lo que querías, que todos te tuviéramos miedo. Por eso ahora no quieren ni verte, se han librado de ti, y les importa una mierda que te mueras o te quedes así como estás pudriéndote lentamente

Así que tuve que refugiarme en mí misma. Dentro de mi soledad he recuperado un poco de paz. Mi vida a tu lado ha sido tan mala, tan llena de miedo y tensión a todas horas, tan llena de sufrimiento y dolor, que estar sola me ha dado sosiego. Llevo toda mi vida a las espaldas como una carga pesada y no me la quitaré nunca, pero  por lo menos ahora puedo descansar en la cama sin miedo a que aparezcas borracho y comiences a dar gritos y a golpear todo lo que encuentras; sin miedo a decir algo  y que por respuesta me des un empujón o una bofetada.

Muchos días voy de paseo hasta El Pilar. Cruzo despacio el puente y me viene el olor del Ebro que en primavera es muy parecido al de la acequia de la torre. Olor de agua y de hierba. Luego entro en la basílica y me siento en un banco frente a la virgen. Me gusta cuando todo está en silencio, cuando no hay misa. Todo tranquilo, con esas luces suaves, los dorados, el brillo del mármol jaspeado, las figuras de las estatuas. No rezo, no sé rezar, pero sí hablo con…con…no sé con quién; ¿con la virgen? ¿con los santos? No sé con quién pero el caso es que me siento bien. Algún día he cerrado los ojos y me he quedado medio dormida, con una sensación de tranquilidad, ¿será eso como morirse? porque si es así no me importaría acabar ya.

También tengo esa sensación cuando  voy hasta la torre y me siento enfrente de la puerta y allí sola vuelvo a respirar aquel aire tan lleno a campo regado, a heno, a maíz, o me voy a buscar la acequia justo al lado de la torre de Manuel, antes de entrar en la nuestra, bueno la que fue nuestra, y también me siento allí, en el ribazo, y veo la corriente del agua verdosa entre los chopos y la hierba, caminando hacia los campos. Huele a vida, ese olor que nunca sentí en mi pueblo en donde la única agua que había era la de la balsa. Allí olía a cieno, un olor malo, a tierra podrida, a muerte. Pero aquí no, aquí huele a vida, es un olor dulce y agradable. Me dejo llevar por el pensamiento hacia los pocos momentos felices que tuve allí cuando los niños eran muy pequeños, antes de que tú empezaras a amargarles la vida. Otras veces me quedo como una boba mirando la corriente del agua, los pequeños remolinos que hace en los tallos de hierba y en las raíces de los árboles que se escurren en el cauce, las hojas sueltas que como pequeños barcos flotan en el agua. Si alguien me ve seguro que pensará que estoy loca, ahí sentada en el suelo, sobre la hierba, mirando ensimismada la acequia. Es posible que tenga razón y, sí, haya perdido el juicio. Pero son momentos buenos, al menos estoy en paz que es ya lo único a lo que aspiro.

 

12

        He tenido la fortuna de que esa vena  reventara en tu cabeza, la mala suerte de que no te matase de inmediato. Pero por lo menos ya eres inofensivo, incapaz de hacer daño, ya no puedes.

Desde entonces he ido recomponiéndome. He recogido los pedazos que quedaban de mí y con ellos he hecho una especie de monigote. Me miro al espejo cuando me peino, cuando voy a salir de casa, y a veces ni me reconozco. Al principio, después de tu hemorragia, me entró muchísimo miedo. Siempre estuve sola, desde que salí de mi pueblo, de casa de mis padres, perdí la compañía, la buena relación con las personas. Tu madre, dentro de lo poco que podía, me ayudó a encajar lo que hacía tantos años ocurría en la casa. Esa tradición maldita de brutalidad trasmitida como una enfermedad de padres a hijos. Ella fue capaz de llevarlo con resignación, pensó siempre que debía de ser así, inevitablemente, como unas reglas de juego. Pero enseguida murió y yo me quedé sola para siempre. Junto con los insultos y los golpes, con el desprecio y la humillación, llegó mi anulación como persona y mi dependencia absoluta de ti. No lo podrías entender Macario, aunque esa cabeza te volviera a funcionar, ¡dios no lo quiera!, no podrías comprender lo que digo. El caso es que me di cuenta de que en ese mismo momento tenía que decidir las cosas que jamás había decidido, tenía que actuar fuera de tu control, por mí misma. Era un animal cautivo al que le conceden la libertad y no sabe qué tiene que hacer para sobrevivir.

El tiempo que estuviste en el hospital me sirvió de entrenamiento y poco a poco comencé a respirar y darme cuenta de que mi vida estaba dando un giro trascendente. Con los hijos no podía contar,  ya estaban demasiado lejos de mí. Sentada en el banco de la puerta, bajo la parra, una madrugada de verano en la que me había levantado muy pronto porque no podía dormir,  me di cuenta del bienestar que sentía. Olía a campo, se escuchaban los trinos de los pájaros, la luz iba encendiendo el día y todo respiraba paz. Yo estaba allí, sentada, viva. Tú herido de muerte sin posibilidad de volver a ser quien desgraciadamente habías sido. Me di cuenta de que era libre, nadie me iba a pedir cuentas, podía tirar hacia adelante y ahora ya no tenía a nadie que me lo impidiera. 

Me aficioné a sentarme allí todos los amaneceres. Ese verano lo pasé comenzando el día allí; me llevaba un tazón de café con leche y una rebanada de pan y desayunaba despacio, viendo cómo la luz cada vez era más intensa, echando migas a los gorriones que enseguida se acostumbraron a compartir ese momento conmigo y en cuanto aparecía venían volando a posarse a mis pies.

Era el momento de pensar, de tomar fuerzas para ir, malditas las ganas que tenía, a cuidarte al hospital. Al principio venía con rabia, sólo sentía un profundo odio hacia ti, te deseaba todo el sufrimiento del mundo; los chicos me reforzaban aquello “déjalo que se pudra!” y las ganas de venganza se apoderaron de mí. Lo tenía sencillo, ibas a una residencia de caridad o de medio pelo y te aparcaba allí hasta que te comiera la mierda y te murieras.

Todo se fue enfriando y poco a poco, muy poco a poco, me di cuenta que ese no era el camino. Ya entonces empezaba a sentir que la paz era lo único que yo quería y que no la alcanzaría con odio, rabia y venganza. Una de esas mañanas rodeada de gorriones me di cuenta de que si actuaba así me igualaba a ti, sería casi  tan animal como tú. Ese fue un pensamiento potente que me hizo recapacitar. Recuerdo que me levanté del banco y comencé a pasear por el patio, arriba y abajo, con los brazos cruzados sobre el pecho,  nerviosa y casi enfadada conmigo misma. La venganza me había dado un poco de alegría y consuelo; pero si daba marcha atrás ¿qué ganaba? Ahora que podía saldar cuentas de alguna manera contigo yo misma me apeaba y seguía siendo lo mismo de siempre: tu sierva, tu esclava, tu marioneta. Ese día no fui al hospital. Me quedé encerrada aquí, no quería ni verte, estaba demasiado confusa y enfadada.

Aquella noche había luna llena. Cené en el patio sin encender la luz, había una gran claridad y aquel cielo cuajado de estrellas tan precioso me fue serenando. Llegué a la conclusión de que estaba equivocada. A diferencia de ti yo era incapaz de dejarte tirado, de dejar que te pudrieras como decían tus hijos. La educación, lo que había visto en mi casa de niña, lo que me habían inculcado en la humilde educación que había recibido, lo que en mi interior me decía qué era el bien y qué era el mal…no sé Macario, es un sentimiento muy fuerte que está en mi interior, que tú nunca has tenido, y que me hace ser mucho mejor que tú.

Aquello fue como una revelación: no ser como tú es  mi venganza. Estoy deseando que te mueras,  pero ni te abandonaré ni seré yo quien te mate y me dedicaré a cuidarte hasta que sea la enfermedad la que acabe contigo que, escúchame, ójala sea muy pronto.

 

13

        Hablando por teléfono con tu hijo Macario le conté más o menos esto mismo. “Pero no es justo, madre” me decía. Sí, le di la razón. No es justo.

Con mi escasa cultura, con mi pobre educación, pienso en las cosas que ocurren, esas que nos explican en la televisión o en los periódicos. Veo que muchas veces  la paz y la justicia no van de la mano. Se lo dije al hijo, “hay que elegir a veces entre la justicia y la tranquilidad, la paz”. ¿Qué justicia debería hacerse conmigo? ¿arrojarte al monte y dejar que te devoren los buitres?  ¿dejarte solo así como estás? No, yo quiero paz, yo quiero que te mueras  —y te repito que cuanto antes mejor— cuidarte como pueda sin ningún amor,  enterrarte y entonces sí, entonces disfrutar de la paz, de saber que yo no soy como fuiste tú. Eso es mi triunfo, mi venganza, demostrar a todo el mundo que te ha conocido la diferencia que hubo, que hay,  entre los dos.

A veces en la residencia mientras te miro con una mezcla de cansancio y asco,  mi cabeza se va a ese mundo de sueños, de lo que ahora podría haber sido posible si ese día te hubieras muerto del todo y me hubieras dejado definitivamente en paz y con un espacio para respirar. Imagino también un mundo sencillo en el que el dueño de la torre del Macario hubiera sido un hombre bueno, normal, trabajador, cariñoso. Sé que mi vida hubiera sido feliz. Muchas noches en las que no puedo dormir imagino eso mismo, intento  refugiarme en momentos felices de mi vida como cuando mi padre en la era  me hacía subir sobre el trillo, a una pequeña sillita donde me sentaba. Daba vueltas y vueltas a la pequeña era mientras yo veía los enormes y brillantes lomos de las caballerías, las crines de sus colas moviéndose; escuchaba el ruido seco y rítmico de las cuchillas al cortar la mies, los gritos alegres de mi padre con las riendas en la mano azuzando a las caballerías y el mundo, aquél pequeño mundo, mi universo entonces,  girando y girando  alrededor como un gran tiovivo. Hasta me llega con el pensamiento aquél olor  a polvo, una mezcla de tierra, hierbas y cereales secos; también el olor de mi padre, una combinación de aromas de hierbas campo, de tomillo de romero,  y sudor. Y me doy cuenta de que nunca jamás volveré a vivir todo aquello. Sólo lo puedo recordar, imaginar, soñar. Nada más.

Soñar y seguir esto hasta el final: llegar por la mañana, vigilar que te han vestido y lavado bien, que estás medianamente presentable; estar pendiente de que el dinero que pago está bien empleado y pasar el día aquí, sentada en esta silla mirando cómo se te cae la baba, cómo te vas hinchando, cómo se llena la bolsa de orina, cómo vas apagándote sin morirte del todo. Aguantar tu mal olor, el del sudor de tu carne macerada, el de tus dientes asquerosos, el que desprende todo tu cuerpo posiblemente porque está enraizado en tu mala virgen. Y aguantar la rabia por tener que hacer esto.

 

14

          Los familiares van abandonando la residencia. Hoy es domingo y han venido más personas  de las habituales. Hace calor y sigue el olor acre en la atmósfera cerrada. La luz de la tarde ya se ha ido apagando. Con la iluminación amarillenta de la sala resaltan las figuras fantasmales de los que esperan en la inconsciencia  que todo se detenga.  Pronto comenzará el desfile  hacia la cena.

Maruja mira el reloj, suspira y se incorpora con fatiga. Otro día más.

Coge la gabardina y el bolso, vuelve a sentarse y mira fijamente a los ojos de Macario. Por enésima vez limpia el hilillo de baba que cae de la comisura de sus labios.

Se incorpora de nuevo. Desde la altura lo ve allí, al chulo de Montañana hundido en la silla, inmóvil, flácido, convertido en una masa de carne inanimada en la que únicamente  quedan mecanismos automáticos y a la que sólo espera  el desolladero.

Se despide de él como todos los días.

Hazme un favor, muérete esta noche”.

 

 

 

                                                                  FIN

 

 

 

© JAVIER PARDO BERDUN 2017

 

 

 

 

 

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