EL DIARIO DE MAQROLL: ABRAZAR A UN ÁRBOL

A Mamen

Por motivos que no importan ni aquí vienen al caso dejé de ir a una casa en un bello pueblo pirenáico. No era mía pero allí pasé muchos años.

Tenía un pequeño jardín, un espacio verde que yo cuidaba con dedicación y placer, en el que habían plantado cinco árboles: dos tuyas doradas, dos olmos y un gran abeto.

Durante todo ese tiempo en el que mi vida se adornó con su presencia los cuidé todo lo que pude. Bajo sus ramas, apoyado en sus troncos, cobijado y protegido en sus sombras, fui feliz, cultivé y exprimí todos mis sentimientos; desde los antiguos de dolor y miedo, hasta los gloriosamente amorosos y tranquilos.

Llegué a conocer cómo se expresaban, cómo se dolían de sus heridas, cómo disfrutaban del agua, del viento. Mi empatía conectó más con el abeto, quizás porque era el más masculino de todos, el más grande, el más expresivo. Conocía perfectamente el ruido que hacían sus ramas cuando las agitaba el viento; era un tono diferente a las de los olmos o las tuyas. Así comenzamos una amistad que durará eternamente aunque, como ahora, no estemos cerca el uno del otro.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un día sentí la necesidad de abrazarlo; he llegado a pensar que el abeto me lo pidió o fuimos ambos los que coincidimos en el deseo. El caso es que abracé su tronco y noté en mi pecho las vibraciones de su estructura, la rugosidad de su tronco en mis manos, en mis brazos, en mis mejillas. En mi interior sentí su voz, el rumor de su vitalidad, los suaves sonidos de su savia circulando como mi sangre por sus canales ocultos. Poco a poco sentí cómo se integraba mi materia en la naturaleza del mundo: no era un algo ajeno, era un producto natural que se hermanaba, que se confundía, con el resto de los seres. Y todos ellos se comunicaban conmigo, unían sus células a las mías, nos reconocíamos.

A partir de entonces el abrazo al abeto fue cotidiano y muchas noches, antes de cerrar la puerta, nos despedíamos así hasta la mañana siguiente.

En unos de los viajes hacia el pueblo fui por una mala y estrecha carretera, la habitual estaba cortada por obras. Mi intención era pasar unos días en absoluta y saludable soledad provisto de libros, música y ganas de reflexión y escritura.

Tuve la mala suerte de que en el trayecto cayó una brusca y potente nevada, la osadía de seguir circulando en las huellas de un camión que me precedía, la pereza de no detenerme a poner las cadenas en las ruedas y el percance de pisar una placa de hielo y salir, afortunadamente sin daños para mí y ligeros en el coche, de la carretera. Las ruedas patinaban, no había manera de volver a la calzada. Ocurrió en una zona sin cobertura telefónica y en un día tan climatológicamente adverso que no circulaba nadie. Por suerte, al cabo de un buen rato, apareció un camión quitanieves y pudo sacarme del apuro.

El pueblo estaba lleno de nieve, en el jardín de la casa había un espeso manto y las ramas del abeto caían hacia el suelo casi vencidas por el peso de la nieve que se había depositado en ellas.

Encendí la chimenea y pasé lo poco que quedaba del día organizándome la existencia, sin salir apenas del círculo de calor del fuego. Ya era muy tarde cuando vi una película “Che: El argentino”. Al acabar puse música y comencé a escribir reflexiones sobre lo que la película me había inspirado; la muerte de los sueños, de los ideales, los derroteros sinuosos, desgraciados, de buena parte del mundo, la ética de la violencia salvadora, justiciera, los sueños juveniles, el despertar, la manipulación de medios, gobiernos, partidos políticos, bancos, organizaciones.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Recordé a una querida amiga de Nicaragua cuando me contaba una anécdota personal elocuente. Siendo una adolescente, en pleno inicio de la revolución sandinista contra el tirano Somoza, estaba a punto de almorzar con su familia cuando una patrulla de militares entró bruscamente en su casa. Mi amiga iba a comer un aguacate, un manjar para ella y, estando todos apoyados en la pared mientras los soldados registraban su humilde casa, uno de los soldados robó el aguacate y lo metió en el bolsillo de su guerrera. Aquel día, llena de furia, mi pacífica amiga decidió colaborar con la guerrilla. Aquel aguacate había iniciado una revolución personal que hoy todavía no se ha detenido; mi amiga es monja y se ha dedicado a la convivencia, en la pobreza más evangélica, con niños y ancianos abandonados por varios países de Latinoamérica y Caribe.

Muchas, casi todas las revoluciones y toda aquella épica del guerrillero heróico, han acabado en fracaso. Nada, o casi nada, de lo que nos contaron fue tal y como pensábamos. Todo, al pasar el tiempo, ha sido un estrepitoso fracaso. Y ahora, por ejemplo, en las calles de la nación de mi amiga, son los antiguos guerrilleros sandinistas los que roban, encarcelan, torturan y asesinan, tal y como antes había hecho el dictador criminal al que en su día combatieron.

¿Por qué, de qué manera nos engañaron? ¿Por qué fuimos tan inocentes, tan ilusos? ¿Dónde han quedado aquellos sueños?

Los fantasmas que habitaban la casa se unieron a los míos excitados por estas reflexiones. Con dolor en el alma me acerqué a la ventana que daba al jardín. Había una luna llena blanquísima, grande, y la nieve relucía brillante reflejando una luz poderosa.

Salí afuera. La noche era fría, serena, clara, sin un ápice de viento. La nieve crujía al pisarla, me hundía hasta la rodilla. Me sentí el único habitante del planeta y entonces, y nunca sabré porqué, decidí desnudarme y tenderme sobre la nieve. Hundido en el molde que hizo mi cuerpo veía la luna sobre mí y las constelaciones parpadeando en un cielo infinito. El frío gélido de mi envoltorio me refrescaba el alma y notaba cómo mi cabeza se iba enfriando.

Me levanté y, desnudo como un pez, fui hasta el abeto. Fue un largo abrazo en el que aún noté más que nunca todo lo que aquél árbol me trasmitió. Le hablé brevemente y sé que me escuchó.

Al volver a casa aticé el fuego y ya seco y envuelto en una manta disfruté como nunca del crepitar de los leños, del silencio de la noche, de la vuelta a la vitalidad de un alma torturada.

Al día siguiente un magnífico sol puso la iluminación perfecta a la belleza del paisaje nevado. Poco a poco en el resto de los días la nieve fue desapareciendo. Y yo más que nunca me sentí hermano de las montañas, de las rocas, del viento, de los árboles, del río, de las nubes, de los pájaros.

Seguí, hasta que dejamos de vernos, hablando y abrazando a mi abeto.

Lo echo de menos.

 

 

 

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