CHAD: Crónica heterodoxa de un viaje al sur. (2ª parte)

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Mis compañeros están a punto de concluir la instalación de las placas solares que permitirán a Manolo prescindir de los generadores de gasoil para tener electricidad. Están ahora trabajando en la colocación de la bomba que desde el pozo llevará el agua hasta el depósito elevado. Luego trabajarán

en Tatemöe, la aldea próxima; otras placas solares que activen la bomba que también van a instalar en el pozo del pueblo. Allí coincidirán con las actividades agrícolas de José María V. que con el tractor y las herramientas que han llegado en el contenedor les está

capacitando para salir de una agricultura prehistórica y acceder a una manera de cultivar la tierra productiva y acorde con los tiempos actuales. Proyecta, entre otras cosas, un gran huerto en el que se cultiven hortalizas, alimentado por goteo con el agua del pozo que va a llegar a la superficie mediante el trabajo de José María A. y Miquel. Han venido también semillas para diversos cultivos, especialmente estudiadas para la zona. Sólo queda, para que este sueño sea realidad, que el caudal del pozo sea el calculado y que los habitantes de la aldea aprendan a manejar todas las herramientas agrícolas que ya están a su disposición.

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Todos los días unos cuantos nos levantamos a las 4.30 de la madrugada y acompañamos a Manolo a caminar, rápido, hasta la próxima pista de aterrizaje para recorrerla en un ir y venir de nuevo hasta la casa. El rústico campo de aviación es una pista de arena prensada, plana, de unos 3 km de longitud. Es muy infrecuente su uso por aviones, apenas aterrizan 2 ó 3 avionetas al año.
Salimos con linternas por caminos arenosos, entre casas en absoluto silencio, que llevan hacia allí. Al llegar al inicio de la pista comienza a despertar el día. Vamos rápidos, hablando de mil asuntos, forzando el paso para que el ejercicio sea sanamente eficaz. Al volver comienza a emerger un sol grande, al principio rojo, luego encendido de fuego, que poco a poco asciende por el horizonte. Empiezan a encenderse hogueras junto a los grupos de casas que rodean la pista de aterrizaje, se oye el golpeteo rítmico del pesado mazo aplastando los granos de cereales en el mortero para preparar el magro desayuno.

mortero

Cantan los gallos, nos cruzamos con personas caminando, carros, bicicletas, motos, hombres, niños y mujeres que van y vienen en esta hora tan temprana, rebaños de bueyes de cuernos poderosos custodiados por nómadas. Todos los días aparecen estudiantes caminando con sus libros y cuadernos abiertos entre las manos, que aprovechan la claridad del comienzo del día para estudiar, en sus casas no hay luz.

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A la hora de la vuelta este universo ya ha despertado. Hombres, mujeres, niños y animales comienzan su día. Un día igual al anterior en el que vestirán la misma ropa, se lavarán poco o nada, comerán –si hay suerte- lo mismo y en la escasa cantidad que el día anterior, y esperarán que de nuevo caiga el sol y llegue la noche para volver al sueño tras el que iniciarán un nuevo e idéntico ciclo. De vez en cuando la malaria, la disentería o el accidente interrumpirá este guión repetitivo y habrá que buscar la manera de solucionarlo porque todo acto sanitario, todos los medicamentos, todas las consultas, todos los ingresos en el hospital, tienen su precio. Muy escaso para nosotros pero alto o muy alto para ellos. Siempre habrá remedio, son pobres pero muy solidarios; la familia, el clan, protege a todos sus miembros. Por eso afirman que el pobre no es el que no tiene dinero sino el que no tiene familia.

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(1 euro= 650 francos CFA)

Los extranjeros, los nasaras, somos objeto de curiosidad. Todos saben que estamos en casa de Manolo y les divierte esta incomprensible, para ellos, costumbre de caminar antes del amanecer. Detienen su actividad para saludarnos. Las mujeres han encendido pequeñas hogueras en las que queman la basura y siguen su incesante trabajo moliendo el sorgo para reducirlo a esa harina que mezclada con agua constituirá el desayuno. Muchachos y muchachas se afanan en sacar agua de los múltiples pozos que hay entre las casas, pozos de poca profundidad con agua contaminada que con frecuencia provoca enfermedades. Los hombres deambulan por los senderos buscando leña. Los bueyes, las cabras, las gallinas, buscan la comida que nadie les dará. Otro día ha comenzado.

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Manolo es el eje central de toda esta heterodoxa historia. Todos los que ahora estamos aquí, los que en otras ocasiones hemos venido y los que en un futuro se acercarán por este lugar, hemos acudido por él.
Sacerdote jesuita, comenzó su ministerio en el humilde barrio de El Picarral de Zaragoza. Eran los años de los curas obreros, de los curas rojos. Manolo vivía allí, acompañaba y dinamizaba aquella sociedad humilde en los años duros, trabajaba en una fundición. Era uno más entre los obreros, entre sus familias, entre sus problemas, entre sus enfermos, entre los represaliados, entre sus alegrías y entre sus penas. Hace unos 20 años vino aquí, al África miserable, para hacer lo mismo. En El Picarral, Manolo hoy sigue siendo un mito.
Merece una página aparte exclusivamente sobre él.
Pere lo perfiló con una pequeña frase muy elocuente “Manolo no parece un cura”. Y sí, Pere ajustó el perfil; es un cura, pero un cura agitador, un cura diferente al modelo habitual, una persona íntegra, viviendo como nadie el mensaje evangélico, muy alejado de esa otra Iglesia que nada tiene que ver con la esencia del cristianismo.
Sería en mi segundo o tercer viaje cuando, posiblemente apesadumbrado por lo que seguía viendo y viviendo, le hice un comentario: “Manolo, esto no cambia”. Me miró muy serio y me contestó algo que nunca he olvidado: “¿Y por eso los tenemos que abandonar?”
Ese es Manolo. Un imprescindible.

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MANOLO, PERE Y TOMÁS

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En las cajas que preparé para enviar el material sanitario había algo muy especial. Mi amiga Adriana hacía poco tiempo que había fallecido muy joven después de una corta y dura enfermedad. Su familia me dio la ropa con la que trabajaba en su consulta. Pijamas de trabajo muy coloridos, era especial para eso y para otras muchas cosas, que rompían de forma alegre ese austero color blanco con el que los médicos nos hemos vestido siempre. El objetivo era traerlo aquí y entregarlo al personal del hospital de Kyabé. Además de proveerles de vestuario clínico, aquí muy escaso y difícil de conseguir, era una manera de traer parte del alma de esta maravillosa mujer a este rincón africano.
Una luminosa mañana, en la reunión al comenzar el trabajo, expliqué a todo el personal el significado de aquella caja con ropas coloridas. Con el Dr Abel, fuimos entregando a las enfermeras aquellos pantalones y blusas. Luego hubo una fotografía que en estos momentos ya tiene su viudo y que muy pronto estará en algún lugar en la casa de su madre.

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El cajón con el que blindaron mis compañeros del hospital el ecógrafo está perfectamente sellado. Miquel me ayuda a quitar las decenas de tornillos que ajustan la madera. Luego aparece una capa aislante y protectora de gomaespuma que no deja ni un resquicio libre. Por fin aparece la máquina perfectamente envuelta en papel como si fuera, realmente lo es, un regalo precioso.
Cuando hemos liberado todas las envolturas viene el momento clave; hay que conectarlo a la corriente y oprimir la tecla de encendido. Después de recorrer las pistas, ver y sentir en carne propia, cómo saltan todos los vehículos, también los camiones, en los grandes baches que hay por doquier, tengo un inmenso temor de que algo de sus delicados circuitos se haya movido, se haya roto, se haya averiado. No sería el primer dispositivo que no resiste un viaje de este calibre. Confío que en esa mala posibilidad mis compañeros y sus conocimientos de electrónica lo puedan solucionar.

Con ese temor en el pecho oprimo la tecla rogando a todos los dioses que lleven la corriente eléctrica por todos los laberintos internos y que alcancen su destino sin problemas. Un suave zumbido del ventilador, lucecitas que se encienden en el teclado, la pantalla se ilumina.
Todo funciona.

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Un nómada nos cuenta, Abel me traduce, que hacia el este, hacia Sudán, comienzan a verse leones. A principios del siglo pasado en Chad había mucha fauna salvaje y adinerados europeos venían a cazar en esta zona. Por muchos motivos, guerras incluidas, los animales fueron desapareciendo, emigraron hacia otros lugares más tranquilos. En los ríos cercanos han comenzado a verse de nuevo hipopótamos, habituales años atrás. Se da ahora algún accidente en las piraguas con las que se cruzan los ríos, al emerger bajo ellas el animal y hacer volcar la frágil embarcación.
Pero aquí vive en número muy abundante el animal más dañino de la tierra, el que produce la mortalidad y morbilidad más alta, el mosquito Anopheles que trasmite la malaria. Problema mundial pero más importante en Africa Subsahariana en la que sigue siendo la causa fundamental de la muerte de niños menores de 5 años.
La inmunización es la esperanza para controlar esta enfermedad que produce 1 millón de muertes por año. Sin embargo la complejidad del ciclo vital de parásito hace tremendamente difícil encontrar una vacuna eficaz. Por el momento la utilización de mosquiteras impregnadas con permetrina, el tratamiento presuntivo ante episodios clínicos evocadores, los tratamientos intermitentes en niños, tengan o no síntomas de malaria, y los tratamientos completos a las embarazadas como si estuvieran enfermas de malaria, son las claves para una prevención que tenga alguna eficacia.

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NIÑO NÓMADA ENFERMO DE MALARIA

Estas acciones están fuera del alcance de los habitantes de muchas aldeas y todos los días aparecen en los hospitales de Chad niños y adultos enfermos de malaria. Los sanitarios están muy acostumbrados a suministrar, muchas veces sin el diagnóstico confirmado, el tratamiento antimalárico desde el primer momento.
Con frecuencia alguno de ellos, sobre todo niños, fallece.

HOSPITAL DE KYABE:

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En el control militar donde nos hemos detenido, un soldado ilumina con la linterna el documento que nuestro conductor le ha entregado. Se acerca un superior y le pregunta. “Son curas”, responde. El oficial se acerca, mete la cabeza en la ventanilla abierta y en un perfecto francés nos saluda llamándonos “padres”, nos desea un buen viaje y nos pide que recemos por ellos.
La carcajada colectiva dentro del vehículo estalla cuando estamos lejos de los kalashnikovs. El documento de viaje, la Orden de Misión, lleva el sello de la parroquia de Manolo. Unos blancos que viajan bajo la responsabilidad del cura de una parroquia, ¿qué van a ser? La lógica del militar es aplastante.
El regreso comenzó a las 2 de la mañana. Hay por delante más de 1.100 km la mayor parte por pistas arenosas y cerca de Yamena escasos tramos mal asfaltados y llenos de baches. En la época de lluvias las pistas se convierten en extensos barrizales impracticables para cualquier vehículo. Los fallos del terreno provocan agujeros, grandes baches que nadie repara, simplemente se bordea por un lado u otro. La velocidad tiene que ser necesariamente baja, hay que disponer de un conductor experto en estos terrenos y tener capacidad de aguante para soportar muchas horas dando saltos por este terreno abrupto.

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Como el día que vinimos disponemos del documento obligatorio, además del pasaporte personal, la llamada “Orden de Misión”, un documento que firmado por alguna autoridad indique quién va en el vehículo, de dónde ha salido, hacia dónde va, y cuál es el motivo del viaje. Todo está bajo control y numerosas patrullas militares colocan barreras a lo largo de cualquier trayecto.
Como en todos estos países pobres un arma en las manos y la autoridad que confiere un uniforme puede ser motivo de intentar el sobresueldo solicitando documentos, muchas veces innecesarios o inexistentes, cuya ausencia se soluciona con unos cuantos francos. Desde que acabó, por la enésima firma de paz, la lucha con la coalición rebelde que se refugiaba en Sudán, ahora la vigilancia se centra en el tráfico de armas y militantes del islamismo radical. Los Boko Haram están al lado y con alguna frecuencia atraviesan desde la orilla nigeriana el lago Chad en lanchas para atacar aldeas en la orilla chadiana. Equipajes y personas son revisados escrupulosamente. En nuestro caso en los controles, a veces duros por el aspecto, nadie nos impide el paso. Somos “padres”…

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RESTAURANTE DE CARRETERA

Tras 17 horas llegamos a Yamena en donde nos acoge la cena, la ducha y la cama en una pequeña residencia tutelada por monjas italianas para personal de cooperación o de órdenes religiosas de paso por la ciudad. Nos queda un día entero de descanso hasta la salida del vuelo hacia Europa.
A las 10 de la noche del siguiente día facturamos los equipajes en el aeropuerto internacional. Al pasar el control un policía nos dice que falta un sello en nuestros pasaportes y no podemos salir del país. Según él, al día siguiente podremos hacer el trámite administrativo y volar un día más tarde. En un claro intento de exprimir nuestro dinero se monta un buen lío en el que el policía insiste y nosotros también. Tras un buen rato de tensión y al ver que no consigue lo que pretende nos permite el paso. Ultima opereta de nuestro viaje chadiano.
A la hora prevista el Airbus de Air France inclina su morro hacia el espacio y desde el aire vemos por última vez la tenue y pobre iluminación de Yamena. Unas horas después en el descenso, París nos deslumbra con todas sus luces brillando al amanecer. Llegamos de las tinieblas de la miseria al mundo luminoso de la opulencia.
Ahora toca seguir nuestras vidas. Llegar a casa, a la casa limpia, cómoda y caliente, justo en el momento en el que las familias preparan la Navidad, cuando los niños escriben sus cartas llenas de peticiones a los Reyes Magos o a Papá Noel. Cuando las revistas, los suplementos dominicales, las televisiones, exhiben las casas navideñas de los famosos, las recetas de cocina especiales para estas fechas, los miles de regalos que se pueden comprar. Cuando los grandes y pequeños comercios hacen su agosto invernal vendiendo todo lo imaginable.
Hay, también, que asistir en los colegios a las obras de teatro navideño, a los coros infantiles de villancicos, protagonizados por hijos, sobrinos o nietos. Verlos sanos, guapos, bien vestidos, educados, limpios. Luego a esas citas con los amigos, con los compañeros de trabajo, ese brindis cariñoso deseando felicidad, salud, bienestar, amor. Las cenas y comidas familiares en las que nadie quiere que le cuentes estas cosas y después del “¿cómo te ha ido?” rápidamente cambian la conversación tanto porque te prolongas más de lo debido al estar convencido que hay que ejercer de testigo y contar lo que se ha visto como porque en este ambiente no caben las amarguras.
La vida de aquí, nuestra vida convencional, la de siempre, construida en nuestras sociedades avanzadas y estables.
También despertar en la madrugada, descentrado, y sentir cómo navega el alma dolorida en esa tierra de nadie cuando al insomnio acuden los ojos de Ndjia, de Omar y de tantos otros que un poco más al sur duermen en sus chozas o en sus jaimas sus sueños sin esperanza.

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PERSONAL SANITARIO DEL HOSPITAL DE KYABE (EL DR ABEL EN EL CENTRO CON CAMISA DE CUADROS)

© Javier Pardo Berdún 2017

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