EL MAR DE LA ESPERANZA

“Para quienes conciben la historia como una competencia el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neocolonial el oro se trasfigura en chatarra y los alimentos se convirtieron en veneno”

                               Eduardo Galeano                                                                                                                     

                               Las venas abiertas de América Latina

En la República del Chad, Africa Subsahariana, conocí a un hombre protagonista de una historia brutal. Había emigrado hasta la República Centroafricana en donde trabajó en un régimen de semiesclavitud en las minas de diamantes. El viaje lo hizo a pie junto con toda su familia y una vieja bicicleta a través de las arenosas pistas que cruzan por doquier estos países. Allá estuvo unos años, los suficientes para conseguir una cantidad de dinero que, según sus cálculos, iba a servir para que al regreso a su aldea chadiana, pudiera comprar un terreno de cultivo, unos animales y construir una casa. Todo el sacrificio merecía la pena.

Para evitar ser víctima de un robo fue escondiendo el dinero destinado a sus ahorros en unos de los tubos huecos de la estructura de la bicicleta. Cuando consideró que ya tenía suficiente comenzó su viaje de vuelta. Cientos de kilómetros por los caminos perdidos entre la brousse africana en los que tuvo que sobornar a algún policía, esconderse de grupos de bandidos y perder a su mujer y a un hijo que murieron víctimas de la malaria. Al final llegó a la aldea con el resto de sus hijos.

Llegó el gran día de sacar el dinero de su escondite. Con terrible sorpresa comprobó que en el interior del tubo apenas quedaban unos pocos billetes enteros. Otros estaban en el fondo medio destruidos y el resto, sencillamente, no existía. Comprendió entonces que había ido metiendo el dinero en el tubo equivocado, el que comienza en el sillín y acaba en el eje de los pedales que había actuado al girar como una trituradora. Poco a poco había ido reduciendo el producto de su trabajo en fragmentos de papel inservible que fueron quedando dispersos por la arena de los caminos.

Moïssalá

Aspecto de la ciudad de Moïssalá (Chad) Foto Javier Pardo

A pesar de este durísimo golpe este hombre se repuso y comenzó a trabajar en lo que pudo y supo. Cuando yo lo conocí tenía una pequeña casita de paredes de adobe y techo de paja, como el resto de sus vecinos, y una pequeña cantidad de tierra que le permitía malvivir. El africano es tenaz y no suele darse por vencido.

Niños Kolokaha

Niños de Kolokaha (Chad) Foto Javier Pardo

En Chad, ejemplo de cualquier país subsahariano, la mayoría de los habitantes viven en el campo y cultivan algodón, sorgo, mijo y cacahuetes. En una gran parte, a veces todo,  lo destinan a su alimentación y el resto a la venta. Siembran los campos cuando se inicia la época de lluvias de forma que la cosecha sea en la seca. No hay otra comida, todos los días, que harina de cereal mezclada con agua hirviendo y aderezada con pescado seco, algún buen día carne de cabra o pollo o, cuando las cosas van mal, hierbas silvestres comestibles. Si hay alguna moneda puede servir para comprar cosas indispensables, por ejemplo petróleo para las lámparas, en muchos lugares para pagar a los maestros o a los sanitarios. Todo cuesta dinero.

Mientras tanto los mosquitos con los depósitos cargados de malaria los atacan sin piedad, los pozos de agua están repletos de bacterias y parásitos  y en algún cruce de caminos se topan con algún policía que necesita elevar su nivel de ingresos. Más allá vagan por las pistas los coupeurs de route, grupos de bandoleros que asaltan sin piedad a los que tienen la desgracia de cruzarse en su camino. Frecuentemente estas bandas están compuestas por policías o militares con su arma reglamentaria y sin uniforme. Y de vez en cuando a los rebeldes que se refugian en Sudán les da el calentón y montados en pick-ups Toyota recorren las pistas armados hasta el turbante con intención de llegar a la capital y tomar el palacio presidencial. En su recorrido no suelen tocar a la población pero sí les roban lo poco que tienen sin que los militares destacados en las aldeas los defiendan porque cuanto saben que van a llegar se escapan a toda prisa.

Kuyako

Aldea de Kuyako (Chad) Foto Javier Pardo

Los más jóvenes tienen idea de que en otros lugares de la tierra la vida se desarrolla de otra manera. Unos pocos, los menos, acceden a enseñanza media e incluso superior. Su ilusión es llegar a Francia, esto es antigua colonia francesa, pero entre lo que tienen y lo que desean se conforman con llegar a naciones más desarrolladas del Africa francófona como Camerún o Senegal. Cuando llegan, si es que lo hacen, no encuentran trabajo. Por eso hay que llegar a Europa como sea.

Muchos de los que no tienen ningún tipo de estudio siguen la tradición familiar, la tierra, el sorgo, el mijo, el algodón. Lo mismo que sus padres y sus abuelos. Pero otros no tienen ningún reparo en comenzar ese larguísimo viaje a la búsqueda de otra vida. Qué pueden perder si no tienen nada, ni siquiera esperanza?.

Mientras tanto la vieja, la correcta, la educada, la ordenada Europa tiembla de miedo cuando oye el eco atronador de esos miles de africanos  caminando con los pies descalzos y el alma destrozada  por desiertos y selvas para llegar a ese mar que ya es un inmenso ataúd líquido.

ESCUELA RURAL

Escuela rural en Chad (Foto Javier Pardo)

Años atrás estos mismos europeos se dedicaron a chupar del bote, a quitarles hasta la sangre. Nobles familias, realezas, lo mejor y más florido de estos países plantaron ejércitos y empresas que asolaron el suelo y el subsuelo. Cuando ya no hubo cacao, caucho, piedras preciosas, maderas,  cuando los fosfatos ya no valían una mierda o la conciencia social africana los  fue expulsando, les dieron la espalda y se marcharon sin dejar una mínima infraestructura que posibilitara un cierto desarrollo industrial. Desde la lejanía sobornaron a dirigentes psicópatas para que actuasen como mando a distancia de sus negocios y mantuvieran sin riesgo sus privilegios.

Ahora reunidos en asépticos parlamentos, refugios de sinvergüenzas, refuerzan fronteras con alambres erizados de cuchillas y mandan a la policía para que los muela a palos o los ahogue con disparos de pelotas de goma “para orientarlos”.  Tienen que reunirse decenas de veces, seguramente con jugosas dietas, para elaborar “un plan” que frene esta huida del hambre y la desgracia, lo que denominan con el eufemismo de “tráfico de personas”.

“Combate la pobreza, mata a un mendigo!”          

Pintada en un muro de La Paz

(Citado por Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”)

Existe, sí, el tráfico de personas. De personas desesperadas que huyen de la guerra y el hambre, que buscan únicamente vivir. El problema no son los traficantes, el problema es la causa subyacente que es sobre la que hay que trabajar.

Los naufragios de estos barcos repletos de personas son noticias fugaces. Primera plana hoy y pasado mañana olvido. Apenas debate social como el que, por ejemplo, hubo con los espeleólogos accidentados en Marruecos practicando una actividad deportiva de riesgo por su propia voluntad, que acabó en dolorosa tragedia y que mereció noticias constantes en los medios de comunicación y, buena oportunidad para el mordisco, declaraciones contrapuestas de los líderes de los partidos políticos.

Sociedad sumida en la hipocresía, sociedad, por otra parte, que se denomina mayoritariamente “católica” y que  en contraposición con ese “ama al prójimo como a ti mismo” se dedica a  silbar y elevar la mirada al cielo cuando la rigurosa realidad les pone en un brete entre los que dicen creer y lo que realmente piensan. Incluso con razones fundadas para pensar que el Papa Francisco está lleno de buenas intenciones el lastre acumulado durante siglos por la Iglesia Católica le hará sumamente difícil toda acción renovadora. El poder eclesiástico real vestido de sedas y empachado de lujos se encargará de introducir los palos necesarios en las ruedas de su precaria bicicleta. Por estas latitudes  todavía no se han levantado voces públicas denunciando la vergüenza que supone la nueva residencia de Rouco Varela, personaje preeminente de una fe en la que asumió la decisión perpetua de “pobreza, castidad y obediencia”. Así las cosas, qué puede importar, por mucho que digan, la vida de unos desarrapados ilegales que vienen a quitarnos la comida, el trabajo, a llenar las calles de delincuencia y a contagiarnos enfermedades!.

Ningún hombre es ilegal.

Son ilegales las actitudes, las sociedades hipócritas, corruptas, las estructuras viciosas y viciadas, la explotación, la injusticia.  Ilegales son las guerras, instrumentadas y fomentadas fuera de los campos de batalla, llenas de fines oscuros y planificados. Ilegal es el hambre que destruye a media humanidad mientras la otra media sufre obesidad y destruye la comida que produce en exceso. Ilegal es el negocio bancario que se pela las cejas planificando estrategias para ejercer el robo legal, para estimular el crecimiento –cuantos más mejor!-  de los humildes, para aliarse con el poder político sea cual sea. Ilegales son los políticos que en las épocas preelectorales recorren los mercados enseñando sus catálogos de ofertas mentirosas que olvidan al día siguiente de resultar electos, que hacen de su función pública  un lucrativo negocio, que son cómplices de legislaciones obsoletas que nunca cambian porque les favorecen, que declaran patrimonios inexplicables para una actividad profesional razonablemente normal, que se jubilan en consejos de administración nacionales o extranjeros tras una vida dedicados a cambiar todo para que no cambie nada. Ilegales son las creencias religiosas alienantes, las que predican el sacrificio en la tierra para obtener el paraíso tras la muerte, las que bendicen los cañones que destrozan a otros seres humanos, las que son exclusivas y excluyentes, las que predican humildad y pobreza desde los púlpitos dorados de los palacios, las que se acuestan con el poder que sea con tal de amanecer al día siguiente con él.

La globalidad mundial se establece únicamente en una dirección: El neoliberalismo más feroz, más inhumano,  campando a sus anchas y sometiendo a la población por la incultura, de eso ya se encargan los sucesivos planes de educación y los medios de comunicación amaestrados, el empobrecimiento progresivo y el miedo.

Miedo al presente, miedo al futuro, miedo a los que sin derecho alguno –los ilegales- quieren entrar en nuestra aldea, comer nuestra comida, vivir en nuestras casas y curarse  en nuestros hospitales, con el peligro añadido de que van a reproducirse exponencialmente como un virus maligno y un día el poder será de ellos.

Lo seguirán intentando una y otra vez mientras el orden mundial esté tan desequilibrado. Africa es un gran continente con infinidad de recursos y  problemas que sólo la intervención internacional puede solucionar. Una intervención que debe de basarse no en la caridad sino en la justicia. Justicia ejercida fundamentalmente por todos aquellos que la expoliaron y dejaron sumida en el hambre, la enfermedad y la pobreza.

El problema no son “los traficantes de personas”.

Mientras se enfoque así este drama de la Humanidad no habrá otra respuesta que la represiva, la creación de un gueto de millones de personas en el que irán muriendo lentamente. Por eso los más fuertes, los más jóvenes, los más desesperados, seguirán atravesando a pie el Sahel y el Sáhara, intentarán saltar las vallas a pesar de los cortes de las cuchillas y los palos de la policía,  se embarcarán en cualquier cosa que flote y sirva para el intento de llegar a esa tierra desconocida en donde refugiarse de la miseria absoluta.

Centenares, miles de personas atravesarán ese mar de esperanza y muchas de ellas seguirán naufragando. Los peces del Mediterráneo, este mar que paradójicamente tantas culturas ha hermanado, conocen ya a la perfección a qué sabe la carne de africano.

Niño Africa

NIÑO DE KYABE Foto Javier Pardo

Un pensamiento en “EL MAR DE LA ESPERANZA

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