LA MUJER MÁS BELLA DEL MUNDO

Dedicado a Javier, Nacho y Fernando.

Hace muchos años yo caminaba por la Plaza de Moscú de Budapest, un día de agosto con calor sofocante. De pronto el cielo se cubrió y comenzó una lluvia torrencial acompañada de un gran aparato eléctrico. Todos los caminantes buscamos refugio y lo más inmediato que encontré fue una antigua farmacia, un bello local al que los solidarios empleados franquearon la puerta a quien quisiera entrar. Después de contemplar la belleza del establecimiento, con los estantes de madera oscura repletos de vasos de cerámica rotulados con los nombres en latín de su contenido, me quedé mirando el exterior desenfocado por el agua que resbalaba por los cristales. La plaza estaba desierta y la cortina de lluvia era una densidad opaca que difuminada los edificios. Cada pocos segundos la oscuridad del cielo se iluminaba con multitud de líneas alargadas, ramificadas, como gigantescos flahs que iluminaban todo con una súbita y fugaz luz blanquísima y todo vibraba con los poderosos truenos que sucedían de inmediato a los relámpagos.
Estaba junto a mí sentada en una silla que un amable dependiente le había colocado. Era una mujer delgada de cabellos intensamente rubios, con unos ojos grises tan bellos que mirarlos producía un extraño dolor, la piel muy blanca, muy pálida, casi transparente. Sus manos nerviosas atrapaban un pequeño bolso que sostenía en sus rodillas. Los brazos pegados a su cuerpo y las piernas muy juntas con los pies, enfundados en zapatos de largos tacones, colocados adosados y exactamente paralelos. Su cuerpo expresaba una gran tensión, una figura rígida como si fuera de metal. Totalmente inmóvil hubiera pensado que era una estatua si no fuera porque con cada relámpago y cada estampido un temblor súbito la sacudía y los ojos, aquellos increíbles ojos grises, se cerraban con fuerza y luego permanecían muy abiertos con los labios juntos, fruncidos en cada detonación, intensamente apoyados el uno en el otro.
Yo era joven. Había superado en mi adolescencia el dolor que me provocaron los sucesivos enamoramientos brutales, como sólo pueden ser los amores quinceañeros, de dos mujeres imposibles. Las dos eran francesas. En aquellos años las muchachas del país vecino tenían muy buena prensa. Eran más accesibles, más liberales que las españolas y tenían menos pelos en las piernas y en el labio superior. En las excursiones colegiales a Candanchú topábamos alguna que otra vez con autobuses de escolares franceses y andábamos a la caza, a veces con resultados positivos, para disgusto y enfado de los frailes. El castigo se asumía con deportividad, era colectivo lo cual se digiere mejor, y el juego de la cerilla (chico-chica-chico-chica…cerilla encendida que va pasando, al que se le apaga besa quien tiene a su lado derecho) era conocido a ambos lados de la frontera. Los países entonces eran compartimentos estancos y el desconocimiento provocaba la magia excitante de descubrir la incógnita de la supuesta diferencia. Francia encarnaba la modernidad, la rebeldía, la libertad. Aquí había un tufo casposo y aburrido. Por eso el mito, entre otros, de la mujer francesa estaba muy extendido y celebrado.FRANÇOISE HARDY
Primero fue la preciosa Françoise Hardy y luego la rubita France Gall que saltó de aquel festival de Eurovisión en blanco y negro a mi corazón recién estrenado. Parte de la culpa la tuvo aquella educación francófona que obligaba a leer Paris Match y Salut Les Copains entre otras publicaciones en francés. La Hardy tenía el aspecto de joven lánguida que desde su flequillo, su ojos con mirada tristona y sus labios susurrantes, cantaba aquello de “Tous les garçons et les filles ” y parecía que buscaba alguien que la amara hasta la muerte. Ese era yo pero no había manera de que se enterase. Luego apareció la rubia Gall en la pantalla catódica cantando aquello de la “Poupée de cire poupée de son”. Tenía una cara preciosa y una voz aguda, daba la impresión que cantaba sin esfuerzo alguno y entre estrofa y estrofa, al cerrar la boca, su labio superior montaba un poquito sobre el inferior. Ese detalle me pareció muy sensual y el hecho de que fuera rubia y francesa me enamoró perdidamente para disgusto de la Hardy, aunque jamás se enteró de mi abandono y siguió cantando lo de tous les garçons sin inmutarse.
Aunque ya había pasado ampliamente aquella edad y estaba en otras historias menos adolescentes la visión de aquella mujer me sacudió como uno de los relámpagos del cielo húngaro. Ya no era ningún adolescente, era un hombre joven pero carecía del poso de los años que da la experiencia vital, el que hoy tengo. Hubiera querido abrazarla. Era, soy, inmune a las tormentas que como al protagonista de la canción de  Brassens me producen una exaltación de los sentidos y una fuerte e inexplicable alegría. En aquél momento estaba seguro de que de inmediato hubiera aceptado mi abrazo protector que le hubiera quitado el miedo y el temblor que le producían aquellos inauditos latigazos celestiales.
Pero no hubo nada de eso. Mi timidez, mi poca decisión, hizo que permaneciéramos separadamente juntos, yo contemplándola sin poder apartar los ojos y ella sentada, rígida, aterrorizada, esperando que pasara aquella fortísima tormenta.
Al final todo acabó. La vi alejarse por la Moszkva Tér con el paso cadencioso de sus piernas esbeltas.
Han pasado muchos años pero sigo pensando que aquella húngara es la mujer más bella que he visto en mi vida, la más bella del mundo. Su cara, su figura, se ha desdibujado en mi memoria, creo que era así como la describo pero da igual. El concepto es lo que importa y de eso estoy seguro.
Lo recordaba anoche cenando con mis amigos-hermanos en un restaurante japonés de mi ciudad. En una mesa cercana había una pareja. A él lo veía muy fugazmente, mis compañeros de mesa me lo ocultaban, pero a ella la tenía en el centro de mi mirada. Unos treintaypocos, con una preciosa y larga melena rubia que en bucles le caía por la espalda. Su manera de estar sentada en la silla transmitía un lenguaje gestual de elegancia. Charlaba animadamente con su compañero de cena al que con frecuencia sonreía. No era estrictamente bella pero su rostro era hermoso, con rasgos que podían superar el canon de belleza clásica para asumir con excelencia criterios más modernos. Comparada con cualquiera de las actuales modelos que aparecen por los medios de comunicación dejaría a muchas en una discreta penumbra. En un momento determinado recogió su larga melena en un barullo de pelo estéticamente perfecto milagrosamente sostenido con largas pinzas. Quedó al aire un cuello largo de cisne blanco.
Comenté a mis amigos que perdía algo de la conversación común porque estaba disfrutando de la belleza de la muchacha y me esforcé en ver cómo era el hombre que la acompañaba. Tenía más o menos su misma edad, era atractivo, con esa ligera fealdad que refuerza la belleza masculina, con tatuajes en los dos antebrazos. Mi imaginación fabuladora comenzó a tramar una historia en la que él era argentino. Sí, porque los hombres argentinos, si son de Buenos Aires, son bellos y con esa verborrea inteligente con alguna palabra sabiamente escogida del lunfardo envuelven y convencen a las mujeres hermosas. Ese sonido sibilante en su lenguaje con la “y…” o con la “ll…” son como el silbido hipnotizador que hacen las serpientes para atontar a sus presas antes de cepillárselas. Y ahí estábamos, ya todos, pendientes de la pareja mientras mojábamos en soja unos prodigiosos makis cuando se levantaron para marcharse. Altos, jóvenes, esbeltos, modernos y elegantes. Yo no sé si él era argentino pero se lo merecía. En cuanto a ella, una de esas personas que hacen que hombres y mujeres vuelvan la cabeza cuando se cruzan con ellas.
Pero nada, nada, en comparación aquella mujer de la Moszkva Tér, la más bella del mundo.

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