UNA CARTA A LA ETERNIDAD

Tenía unos 20 años más que yo pero en aquél juego yo interpretaba a su padre ya muerto. El terapeuta, ignoro porqué, me había asignado ese papel. Y yo intentaba meterme en la piel de un padre horrible, desastroso,  pero arrepentido y buscando el punto de acercamiento, de equilibrio, de amor. Era una escena en la que los actores de este teatro inmenso que es la vida interpretábamos un drama del que los únicos espectadores éramos nosotros y el único fin el equilibrio mental. Sentados, recostados, en cómodos almohadones en una sala desnuda de suelo de parqué con luz tenue, el resto de los participantes del grupo de terapia seguían con diverso interés nuestra actuación. Unos no podían disimular el llanto, otros con los ojos abiertos como platos e inmóviles no perdían ni un ápice de nuestra conversación, otros con los ojos cerrados daban el aspecto de concentración intensa o de estar dormidos. Tampoco el sueño hubiera sido una excepción porque alguno acudía atiborrado de psicofármacos.

Mi “hijo”  soltaba todas las quejas, en forma de improperios, insultos y demás  barbaridades acumuladas durante largos años junto con peticiones de visibilidad, de comprensión, de ternura y amor. Y yo, tremendamente incómodo y torpe, intentaba meterme en la piel de un padre hijo de puta que ya mayor, mayor necesariamente por la edad del “hijo”, recapacitaba sobre su vida, sobre sus actuaciones, y arrepentido de todo aquello pretendía explicarse, justificarse, arrepentirse y ganar, contra corriente y  a toda velocidad, un poco de perdón y un mucho de amor de aquél hijo a quien, en teoría, había jodido la vida.

El hierático terapeuta, en un rincón de la sala, sentado en su pedestal de poder supremo, presenciaba mudo la escena y de vez en cuando tomaba notas en su cuaderno mágico que luego, otros días,  en los momentos más inoportunos a nuestro juicio utilizaba hábilmente  como un torturador argentino la picana.

Recuerdo a mi “hijo”, un alto ejecutivo de una gran empresa,  abrazado a mí, sentados los dos en el suelo, sollozando,  pidiéndome que le quisiera, pidiéndome con llanto convulsivo que me diera cuenta de que existía. Y yo intentando poner voz a su monstruoso progenitor, explicando lo inexplicable, prometiendo amor y consolando a aquél hombre dolorosamente sufriente.

Cuando aquello acababa, yo con la camisa mojada por lágrimas ajenas, los otros convulsionados –algunos creo que aburridos- por lo que habían presenciado, esperábamos que nuestro santón bajase del pedestal y nos explicase, nos dijera, nos orientase…

Pero en vez de eso con voz aterciopelada,  neutra, sin atisbos de emotividad, nos decía: “Gracias, hasta la próxima semana”. Y salíamos a la calle, medio atormentados, medio liberados y, en gran parte, perplejos.  Quedaba una semana por delante para pensar, para reflexionar y deliberar en nuestro fuero íntimo qué diablos habíamos sentido, cómo influían aquellas palabras,  aquellos sentimientos, cómo los adaptábamos a nuestras carencias, a nuestros conflictos.

En realidad las voces ajenas nos hablaban en nuestro corazón y actuaban. Algo había de  poderoso en aquellas frases que parecían sacadas del guión cinematográfico de una película no filmada en la que nos incluíamos como obligados actores. Eran nuestras vidas, proyectadas, expuestas en aquella sala de luz tenue, silenciosa, en la que diez personas nos desangrábamos y juntábamos nuestros dolores para buscar juntos la salida del laberinto.

esquelaRecuerdo todo esto al leer  una esquela en un periódico de tirada nacional. Es una conmemoración del XXI aniversario de la muerte de una mujer. El texto es una breve carta, un mensaje en el que su pareja, su marido intuyo, le cuenta sucintamente los pequeños hechos cotidianos, sus viajes llevando comida preparada a sus, imagino, hijos desde Barcelona a Madrid. También le cuenta que él está a punto de jubilarse. Tras la firma añade que tanto su madre, de ella, como su yaya, acaban de fallecer en días diferentes de este mes de marzo. No es otra cosa que una carta, una amorosa carta, a la eternidad.

Esta persona, después de 21 años de separación por la muerte, sigue contándole lo que ocurre, lo sustancial de las vidas de sus seres queridos. El enternecedor  planteamiento es el que su mujer querida ha hecho un largo viaje a un país o un planeta remoto y le comunica cómo siguen aquí. Sigue viva en su corazón, en su memoria y le va dando datos importantes de qué ocurre en éste lado.

Leyendo la esquela  vuelvo a recordar aquellas situaciones que forman parte de mi crecimiento como persona. Y pongo en valor la necesidad del diálogo interno con las personas que vivas o muertas  ya han desaparecido de nuestras vidas, con los sucesos que marcaron alguna parte de nuestra existencia y que todavía, por no resueltos, escuecen y limitan.

En el fondo de nuestra memoria hay una sucesión de nombres, de rostros, de historias, que fueron parte de nuestras vidas, que conforman nuestra propia personalidad. Con todo ello es posible establecer un diálogo buscando el equilibrio, la solución a cuestiones inacabadas, la perpetuidad de la comunicación con aquellos que nos dejaron o a los que dejamos.

La inmortalidad, en parte, puede ser eso.

 

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