MAUTHAUSEN Y LAS CEBOLLAS

Nací en un barrio obrero en el que junto a personas humildes y  anónimas sobrevivían muchos luchadores contra la dictadura de Franco. Uno de mis primeros recuerdos es el de los coches grises de la policía, unos largos Seat que caminaban lentamente por las calles provocando, cuando menos, el recelo y temor popular que de alguna manera me trasmitieron en esa fase inicial de la vida en la que la mente de las personas  es como una esponja seca que va absorbiendo con avidez y todo lujo de detalles, imágenes y emociones. Si alguna atmósfera psicológica envolvía aquella sociedad era la compuesta por miedo. Pronto entendí que había hombres que hacían daño a otros hombres. Para reforzar aquél criterio conocí de primera mano a una maestra represaliada que circulaba clandestinamente por las torres y las huertas de la ribera del Ebro ganándose la vida desasnando a los hijos de los labradores que o bien no iban a la escuela o no la aprovechaban demasiado. A instancias de mi padre que tenía una auténtica ansiedad porque su hijo tuviera algún estudio apareció un día por mi casa. Circulaba en bicicleta, llevaba unos anchos pantalones y un eterno pitillo entre los labios. Sólo le faltaba el fusil y las cartucheras para tener el aspecto de una miliciana del POUM. Se partió de risa cuando me vio tan enano y dijo que no había negocio; yo a jugar de momento y luego ya vendría mi tiempo de esfuerzo intelectual. De las conversaciones de los adultos entendí que esa mujer tan peculiar había estado en la cárcel y no podía ejercer su profesión porque los mismos que pasaban con el Seat gris se lo prohibían. Aunque yo tenía muy pocas posibilidades sociales de irme de la lengua también me dijeron que no podía hablar de aquello. Aquí había ocurrido una guerra que cambió brutalmente la facies y el comportamiento del colectivo de seres que siguieron con vida, al menos física. En mi casa una imagen habitual era ver a mi padre, con su vecino y amigo Fernando, escuchando por las noches  la clandestina y prohibida emisora “La Pirenaica” sumergidos bajo una manta para atenuar al máximo el escaso sonido del receptor. Eran una especie de pirámide de lana desde cuya cima emergía un pequeño torbellino de humo producto de los “Ideales”, los famosos “caldo”, que fumaban pegados a la vetusta radio de lámparas mientras la locución desgranaba todas noticias impensables de escuchar en la radiodifusión franquista. Bastantes años después mi conocimiento intelectual se pobló de muchas cosas. Entre ellas las teorías filosóficas sobre la bondad o maldad innata del hombre, las teorías de Rousseau, Hobbes, Hume…esas cosas que afortunadamente entonces se estudiaban en el bachillerato,  que hacían reflexionar sobre la capacidad del ser humano para ser naturalmente bueno, amable, cooperador, solidario o, por el contrario,  ser un auténtico hijo de puta y  encarnar toda la maldad, todas las cualidades negativas conocidas e imaginables, ser el exponente del mal en toda su extensión.

EMIL CIORAN

EMIL CIORAN

Por numerosos datos obtenidos por el estudio, la lectura y la propia reflexión a la luz de la deriva social del mundo me decanté hacia una visión negativa del ser humano. La lectura de Cioran  me acercó hacia el borde del abismo pero entonces ya no me extrañó demasiado. Las cosas que ocurrían en las calles de mi país y en las de todos los países del mundo de los que tenía noticia daban la razón  a la amargura y la desesperanza.

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PUERTA DE ENTRADA AL CAMPO DE MAUTHAUSEN

Un año, viajando con mi mujer de turismo por Austria, alquilamos un coche en Viena y por la autopista e Linz  nos plantamos en Mauthausen.

ELIAS ESCARTIN FANLO

ELIAS ESCARTIN FANLO

Las guerras son experimentos crueles en los que se ponen a prueba teorías filosóficas, económicas, físicas, éticas y morales, entre otras cuestiones. Mi afición a la historia contemporánea y la abundante literatura sobre los campos de concentración nazis en el último conflicto mundial hizo que no desaprovechara esa ocasión de visitar uno de esos lugares terribles, una catedral del horror,  un agujero negro de maldad en el que miles de seres humanos de todas las edades y condiciones fueron encarcelados, escarnecidos,  esclavizados, torturados, asesinados y reducidos a cenizas.

Había también  un pequeño guiño a mi propia historia ya que allí había muerto, ya se conocían entonces las listas de deportados españoles, un familiar lejano de mi padre, el prisionero de Mauthausen nº 41.723 Elías Escartín Fanlo  de la minúscula aldea oscense de Barbenuta. Fue deportado el 8 de septiembre de 1940 y falleció el 22 de febrero de 1942 cuando apenas tenía 37 años. Los tentáculos del mal fueron tan largos y sinuosos que pudieron llegar hasta aquél recóndito enclave pirenaico tan apartado del mundo. La guerra civil española había provocado la diáspora de miles de jóvenes, perdedores evidentemente, que salvaron el pellejo cruzando los Pirineos en donde la misma zarpa que los había intentado aniquilar en su país fue capaz de aprisionarlos en otro. Al final, más de lo mismo, se encontraron atrapados en el vértigo de la desesperación, cautivos y desarmados.

MAUTHAUSEN. PATIO INTERIOR
MAUTHAUSEN. PATIO INTERIOR

Recuerdo, hace ya años pero la memoria es nítida, que tras dejar la autopista Viena-Linz se toma una pequeña carretera que lleva al pueblo de Mauthausen y luego otra aún más estrecha que  asciende suavemente por la ladera de una colina muy verde. Campos y praderas, pequeños grupos de arbolado, un paisaje bucólico. Al llegar a la cima de la colina aparece súbitamente la fortaleza de  Mauthausen. Su visión repentina golpea como una bofetada. El aspecto es tétrico y cualquiera que desconozca qué fue aquello notará un sentimiento instintivo de temor y desagrado. Pero todo se acentúa tras acceder al interior y recorrer todo el campo.

fotografias de aniquilados en el campo
FOTOGRAFIAS DE PERSONAS ANIQUILADAS EN EL CAMPO

Las paredes hablan, el viento trae los lamentos, los gritos, los llantos de todos los seres martirizados. Todo segrega dolor y angustia. Sólo hay que sentarse, cerrar los ojos y sentir. Hubo momentos, recuerdo, que era necesario salir de recintos tan sórdidos y asfixiantes  que impedían la respiración y el orden mental. Una viga de la que pendía una horca; una pequeña sala en la que en una de sus paredes apenas se distinguía  un agujerito que comunicaba con una habitación adyacente desde donde se disparaba directamente a la cabeza del prisionero al que presuntamente se estaba tallando; la infinita escalera de altos peldaños en la cantera por la que los mal alimentados, golpeados, enfermos, mal vestidos y calzados, prisioneros ascendían con grandes bloques de piedra en sus espaldas; los barracones de cajones-camas hacinados; las falsas duchas de las que en vez de agua se proyectaba gas letal, los hornos…centenares de fotografías de prisioneros de muchas nacionalidades, hubo 20.000 españoles, con rostros y miradas peculiares, cada uno con su propia historia, con sus vidas , sueños, triunfos y derrotas, miserias y grandezas, que acabaron siendo un gigantesco dolor transmutado en humo y ceniza.

HORNO CREMATORIO

MAUTHAUSEN. HORNO CREMATORIO.

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MAUTHAUSEN. ESCALERA DE LA CANTERA.

No aprendimos nada nuevo. Todo lo habíamos leído y habíamos visto muchas  fotografías. Pero sí vivimos algo diferente, una experiencia que debería ser asignatura obligatoria para cada ser humano. Tocar esas piedras, respirar aquella atmósfera, ver el mismo paisaje, pisar aquel suelo…unos años atrás miles de seres como nosotros habían recorrido los mismos caminos, habían circulado por las mismas dependencias, habían arrastrado su dolor apoyados en las mismas paredes, habían muerto viendo el mismo paisaje… Apenas estábamos una decena de personas en el campo que caminábamos lentamente con los hombros hundidos y los ojos brillantes con mirada perdida. En medio de una galaxia de emociones bullendo como centellas una sola pregunta, “por qué?”, repetida miles de veces en cada uno de los rincones.

Horas después sentados en la mesa de un bar de Mauthausen bebíamos una cerveza en silencio, la visita nos había enmudecido, mirando cómo las grandes gabarras se deslizaban por el Danubio. El paisaje seguía siendo idílico pero, como en tantos otros lugares del mundo, sabíamos que estaba preñado de dolor.

Un dolor antiguo, viejo, del que la Humanidad nunca se librará. Como tampoco se ha librado de que esos sucesos vuelvan a repetirse porque, en otras escalas y posiblemente con menor o ninguna publicidad, el confinamiento de grupos humanos para su exterminio, para su esclavitud, para su tortura, ha seguido produciéndose en el mundo con la pasividad de los  grupos de naciones, que son respetuosos por supuesto y no cometen injerencia en políticas ajenas y sin otra respuesta de los organismos internacionales  que un inútil comunicado de condena mientras por debajo de la mesa de la hipocresía se negocia las venta de armas o se extienden todo tipo de contratos y comisiones porque lo cortés no quita lo valiente.

Aquél viaje fue un argumento más, otro más pero de rotundo peso,  que confirmó mi pesadumbre y pesimismo sobre el ser humano. Después recorriendo otros países, conociendo otras culturas y realidades, he reforzado ese mal pronóstico que tengo sobre la enfermedad del vivir en colectividad.

Pensaba todo esto hace unos días en los que, como en otras ocasiones, me reuní en L´Espluga de Francolí, con un grupo de amigos para comer unos calçots, esas cebolletas suaves que se asan sobre sarmientos, se mojan en salsa romescu y se comen a fuerza de copas de exquisito cava catalán. Es una de otras actividades que hacemos juntos cada año. Viajamos por y fuera de España, quedamos aquí o allá en fines de semana o puentes festivos. Tenemos edades y profesiones parecidas, nos conocemos desde hace muchos años y a pesar de vivir en ciudades diferentes estamos, ciertamente ahora es sencillo, todos pendientes de todos. Vivimos de nuestro trabajo, tenemos nuestras normales y personales penas y alegrías. No hay nadie metido en ningún púlpito de poder, cada uno piensa como piensa y todos respetamos a todos. Somos, creo sinceramente, en el sentido más machadiano buenas personas.

Nuestro grupo de  muchos años de existencia es un producto de la amistad. La amistad entendida como fuerza de amor entre personas que se respetan, entre las que nadie quiere obtener otra cosa que no sea afecto, entre las que prima la libertad de pensamiento y acción, con las que se busca celebrar la existencia, disfrutar del hecho de estar vivos, crecer como personas.

Veía a mis amigos con los dedos manchados  por la ceniza de las cebollas asadas y los labios mojados de romescu, mezclados unos con otros, preguntando por ausentes, repartiendo noticias, brindando por muchas cosas con alegría por vivir y estar juntos. Pensé que en Varsovia, en aquellos terribles años,  también habría grupos como el nuestro que aunque no comieran calçots con cava se juntarían en amor y compañía y estarían alegres de compartir la vida. Y antes de cada estallido particular eso ocurriría también en Lodz, en Praga, en Minsk, en Sarajevo, en Saigón, en Kigali, en Sabra y Chatila, en Badajoz, en Phnom Penh…en tantos y en tantos lugares de la tierra en donde esa cruel garra del mal fue, o es,  capaz de hurgar los agujeros en los que se refugian los seres  anónimos   que se reconocen como seres humanos en su identidad y en la del otro, que defienden con honesta normalidad sus creencias y opiniones, que discuten pero respetan las contrarias, que se juntan de vez en cuando para celebrar el extraño fenómeno de vivir.

Las cebollas, dentro de su envoltorio negruzco, chamuscado, son dulzonas, muy sabrosas. La romescu es una salsa fascinante. El cava, catalán, brut nature fresco y exquisito. Pero todo esto carece de importancia. Sólo es la excusa para  vernos, para darnos ese abrazo, ese beso, para preguntar y saber nuestras penas y nuestras alegrías. Para compartir el afecto que nos une como la argamasa de una sólida  pared.

Visto lo visto estoy seguro que hay otros grupos, también de seres humanos, que se reúnen para diseñar cómo acabar, cómo exterminar, cómo hacer desaparecer a ése que es negro o blanco, poderoso o desharrapado, cristiano o mahometano, alto o bajo, varón o mujer. Pensarán hasta la extenuación, redactarán, tendrán entre sus manos programas, edictos, papeles, libros, doctrinas…ójala cambiaran todo eso por unas buenas calçots que les tiznaran los dedos y unas copas de cava que les llenaran de chispas alegres las cuevas lóbregas de sus cerebros laberínticos y sus corazones putrefactos y enmohecidos. Porque en ellos, precisamente en ellos, es donde se  encarna y reside la bestia que perseguía el cura Ángel Berriatúa,  el desastroso futuro de la Humanidad, mi pesimismo, casi identidad a mi pesar,  con el pensamiento de Cioran que afortunadamente compensan de vez en cuando esas cebollas asadas y el afecto contundente y necesario de mis queridos amigos.

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