DOS MUERTES

En los últimos días la muerte de dos personas desconocidas han enturbiado mi ánimo y han aportado un poquito más de escepticismo sobre la maltrecha fe que mantengo sobre el ser humano. 

Un niño de 8 años muere ahogado en la bella Costa Brava catalana, al arrojarse a un Mediterráneo embravecido para salvar a su perro. 

En Zaragoza una mujer de 43 años se suicida inmediatamente antes de que sea despojada, en virtud de desahucio, del piso en donde había vivido junto con su padre, ya fallecido, toda su vida. 

En ambos casos la desesperación por la pérdida que en el caso del niño le impulsa a la lucha heróica y en el de la mujer, Esther, a la derrota suprema. 

El pequeño arriesga todo, se la juega sin pensar, para rescatar a su amigo, al compañero que brincaba y ladraba de alegría cuando llegaba del colegio, con el que paseaba y corría por parques, calles y campos, el que le expresaba su inmenso y fiel amor con lengüetazos húmedos, el que dormitaba con la cabeza sobre sus piernas en las noches caseras con la televisión frente al sofá. 

Y aquél día el peque le devolvió todo su amor dándole el mayor patrimonio que tenemos los seres humanos, la vida. 

Los dos fueron rescatados: el perro vivo y el niño muerto. 

En Zaragoza una mujer es machacada por la maquinaria que la Inhumanidad ha desarrollado. En una síntesis despiadada es desposeída de los rincones, humildes rincones, por los que ha ido dejando las huellas de su vida. Es empujada, acosada, en medio de la soledad y la impotencia, sumida en un marasmo de fracaso y tristeza hacia la única salida que percibe, la de escapar del dolor definitivamente. 

Muchos comentarios responsabilizan únicamente a la víctima. No estoy de acuerdo. Esther, como otros en sus mismas circunstancias, se sitúan en el final del camino a donde han sido empujados violentamente por los diseñadores del laberinto social, por los políticos corruptos, o vendidos que es lo mismo, altos y bajos, calvos, melenudos, con coleta, canosos, con barba, pantalones, faldas, sombreros, con gafas o sin ellas, casados, solteros, creyentes, ateos, azules, rojos o amarillos; por los banqueros insaciables de alcancías inmensas de plástico, rebosantes de dinero ajeno que gastan como suyo, que desconocen el significado de los términos ética y moral; por los grandes empresarios que no saben qué significa exactamente el concepto de trabajo, expertos en sobornos y comisiones; por todos los que están creando esta sociedad de amos y esclavos en la que cada día se disuelven más derechos y libertades en el amargo café aguado del desayuno colectivo. 

Dos muertes sobre las que reflexionar pausadamente. 

Quiero pensar, deseo fervientemente, que los dos tienen ahora esa paz de la que aquí carecemos.

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