Soy el único hombre junto a seis mujeres. Larga sobremesa en la terraza de Marta, sobre el mar, con una conversación agradable y errática, posiblemente influida en lo placentero por el vino de la comida y alguna botella de cava, varias, que acompaña el postre y el café. Mediterráneo, tataranietos de Noé.
La compañía de mujeres, les cuento, es proverbial en mi vida. Mi lejano nacimiento, hijo de padres que emigraron del campo pobre a la lucha por la vida en la ciudad, fue acompañado de constantes presencias femeninas. Mi casa, ya desde antes de mi nacimiento, era una cabeza de puente al que acudían mis entonces jóvenes tías, luego mis primas hermanas, alguna familiar más remota, incluso alguien que no era estrictamente presente en el árbol genealógico pero como si lo fuera, que disfrutaron del concepto sagrado de la hospitalidad enraizado en la más profunda esencia, en los criterios inamovibles de mis padres. Éramos humildes, mucho, pero siempre hubo una cama y un plato con comida para ellas, hasta que encontraban su espacio en el mundo de la ciudad y volaban libres.
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