PROPOSITOS

Tengo la cabeza llena de un archivo potente y extenso de olores. Uno que siempre me ha fascinado y se ha convertido en una adicción es el del papel impreso, el de las librerías, el de las papelerías. Cuando compro un libro hay dos cosas básicas que hago. Una acariciarlo, pasar las manos por las guardas, por el lomo, notar la sensación que me produce el cogerlo; otra, abrirlo y sentir su aroma.

Todos los libros tienen un olor peculiar, propio, como su seña de identidad, una huella diferencial. La mezcla de la tinta y el papel, de la cola, del cartón…y es un olor que permanece en el tiempo y que sólo es sustituido, muy lentamente, por los años. Sólo hay que abrir un tomo de cualquier libro centenario para detectar ese olor viejo, rancio. En toda mi vida sólo ha habido un libro que, además de su contenido para mí odioso en su día, tenía un olor malo, repelente…eran las “Tablas de los Logaritmos”. Yo no sé qué mezcla de papel y tinta se habían utilizado pero cada vez que, desafortunadamente para mi aversión matemática, debía abrirlo percibía un olor nauseabundo. El resto de los miles de libros que han pasado por mi vida, por mis manos, han tenido un perfume delicioso e individual.


Creo que es algo innato. Recuerdo ser muy niño en un corredor oscuro del Colegio de los H.H. Maristas llamando a la ventanilla de un despacho en el que los frailes vendían, además de los libros de texto de su entonces editorial, Edelvives, todo el material escolar: cuadernos, libretas, lápices, gomas de borrar, bolígrafos, reglas…Cuando aquella ventanilla se abría el olor a papel nuevo, a tinta, a libro sin estrenar, invadía el aire y lo llenaba de un perfume especial, para mí maravilloso, que me hacía envidiar al fraile que pasaba su jornada en la semioscuridad de aquella estrecha habitación.


Esa sensación daba paso a otra, el comenzar una libreta, un cuaderno, un libro. Páginas intensamente blancas, rayados o cuadradillo, sin arrugas, sin pliegues, sin manchas. Libros que crujían levemente al abrirlos, con las páginas de cantos afilados, limpios, con los colores brillantes. Era el comienzo de curso y todo aquel material de trabajo estaba dispuesto para comenzar un periodo en el que yo me prometía ser cuidadoso, ordenado, escribiendo en aquél cuaderno inmaculado con letra clara, limpia, en renglones rectos, con márgenes bien definidos. Y sí, los primeros días aquello se iba cumpliendo. Después…ya era otra cosa.


Como comienzo de curso el principio del año me encuentra, como siempre, haciendo propósitos. Los ciclos de tiempo son propicios a que las que consideramos buenas intenciones tengan una fecha de comienzo que coincida con el ciclo natural. Se hacen eco de ello los medios de comunicación, recomendando un sinfín de dietas alimenticias, instrucciones de ejercicio físico, normas para dejar de fumar o conductas a modificar entre otras historias. Todos, de alguna manera, nos vinculamos a alguno de estos planes y propósitos, sobre todo a los que influyen positivamente en la salud porque durante la Navidad nos hemos puesto ciegos de comidas y bebidas y la báscula gruñe si es que nos atrevemos a utilizarla. Luego, como yo con mis cuadernos, empieza ese noble y voluntarioso ejercicio de responder fielmente a todos esos propósitos. Después…ya es otra cosa.


Leí un precioso artículo de Chaime Marcuello en el Heraldo de Aragón del 31 de diciembre en el que el autor reflexiona, muy acertadamente a mi juicio, sobre todas estas oportunidades que se dan en los cambios de ciclo y anima a dejar de instalarse en la rutina y en el fatalismo para impulsar la capacidad renovadora y creativa del individuo. Los conceptos que el profesor Marcuello iba expresando me llevaban a recordar aquellos propósitos que durante tantos años de colegio, de universidad, de profesional, de individuo inmerso en una sociedad, me he hecho constantemente. Algunos los he conseguido cumplir, otros a medias y otros…ahí están en ese “después…ya era otra cosa”.


Posiblemente los propósitos son uno de los rasgos diferenciales de la naturaleza humana que tienen mucho que ver con el desarrollo de sus capacidades, con la progresión del individuo a ser algo más que seres con simples ciclos vegetativos. El propósito es algo que nace de la reflexión, de la investigación sobre nosotros mismos que al encontrar zonas que consideramos erróneas impulsa un deseo de cambiar. El propósito no implica necesariamente adaptación, biológicamente los animales se adaptan a los cambios que la naturaleza les impone pero eso es un automatismo. A diferencia, el propósito es la consecuencia de un proceso intelectual que implica mejorar en nuestra forma de existir.


Ya hace un tiempo escuché a una persona socialmente muy comprometida decir que los tres peores defectos del hombre actual eran no amar lo suficiente, creerse mejor que los demás y ser incapaz de modificar la propia historia, seguir siendo siempre los mismo, no cambiar.


Esta casa común que es el mundo, habitada por tantos seres, tan grande pero también tan pequeña, tan inhumana como violenta, con tan estrecho margen para la esperanza en la actualidad, necesita de pequeños esfuerzos personales para que sea serena y pacíficamente habitable, con un reparto justo de recursos y oportunidades. Alejarse del fatalismo, mejorar las conductas personales, reconocer la hermandad entre las personas que estamos juntas en este vertiginoso viaje sideral a las que tantas cosas nos igualan desde el nacimiento a la muerte, puede ser ese leve aleteo de mariposa que provoque el cambio necesario en la cara opuesta del planeta más allá de ese engañoso canto de sirenas de los políticos de turnos y de las organizaciones supranacionales.


Todas las personas somos seres con infinitas capacidades, muchas de ellas desconocidas para el propio individuo como el cuento de aquella águila que se creía gallina. Encontrar con frecuencia un pequeño e íntimo espacio de reflexión personal, buscar la manera de intentar saber quiénes somos, amar con intensidad y cambiar nuestra propia historia, pueden ser las claves que nos hagan mejores, más felices y que, en consecuencia, enriquezcan nuestra comunidad.


El cuaderno de 2016 está recién abierto, huele a papel nuevo y a tinta. Sólo falta plantear unos propósitos y aprovechar las 365 oportunidades de ir escribiendo día a día en sus páginas inmaculadas.

Un pensamiento en “PROPOSITOS

  1. Siento lo mismo que tú en cuanto al olor de los libros, por eso no me gusta el e-book, no huele a nada y sobre todo y lo que es más importante, no te despierta ninguna emoción y si un libro no te hace sentir nada es muy difícil que te apetezca leerlo

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