«Todos los demás placeres son vanos. Ninguno es tan dulce como la melancolía»
Robert Burton
El avión comienza sus maniobras de aproximación al aeropuerto «Atatürk» de Estambul. En mi ventanilla aparece el límite del Mar Negro y la entrada del Bósforo. Numerosos barcos se acumulan en ese embudo marino esperando las órdenes de paso hacia el gran puerto turco. El mar sube y baja, desaparece y cambia por la imagen del cielo según los virajes del avión.
El vuelo ha partido de Kaiseri, la antigua Cesárea de la región turca de Capadocia, en el centro de Anatolia, donde he pasado unos días apacibles contemplando esas formaciones geológicas tan extrañas como espectaculares; las innumerables estructuras de aspecto fálico, viviendas agujereadas en las rocas como si un ejército de carcomas hubiera tomado posesión de ese mundo, ciudades inmensas horadadas en el subsuelo, en un diseño similar a hormigueros gigantescos destinados al refugio de personas y animales, como escondite del peligro que suponía la invasión de tribus enemigas.
Allí le he preguntado a un turco por kurdos y armenios. Me contesta que es peligroso hablar de esos temas, prefiere ayudarme a buscar una tienda de licores donde comprar cerveza a mejor precio que en los hoteles. «Vamos a pasar un buen rato sin historias raras y no me jodas la vida» parece decirme. Así son las cosas.
ESTAMBUL Y EL HÜZÜM
Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul. Inconscientemente el poema de Espronceda se activa al llegar. Demasiado grande, demasiado poblada, entre 10 y 18 millones de habitantes, demasiado hermosa, requiere mucho tiempo para intentar conocerla. Flaubert, que estuvo por aquí paseando su sífilis, aseguraba que «En Estambul uno debería quedarse seis meses»
Es la segunda vez que llego aquí. En esta ocasión vengo acompañado por el libro «Estambul. Ciudad y Recuerdos» del escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, que aclara determinadas sensaciones que me sorprendieron en una anterior visita al percibir en la ciudad una atmósfera de tristeza que contrastaba con toda la belleza que se exponía ante mis ojos. Ese sentimiento me extrañó, no entendía su génesis que, pensé, estaba en mí mismo, en una manera distorsionada de apreciar la realidad, una propia alteración anímica.
Persiste hoy: yo percibo tristeza en Estambul. Una sensación que llega desde esa historia del poder infinito de los sultanes, de las gargantas degolladas que durante siglos tiñeron de sangre las aguas del Bósforo, la violencia doméstica en las cerradas y oscuras estancias de los palacios de Dolmabahçe, Topkapi y Beylerbeyi, sobre los plebeyos, sobre los jenízaros, sobre las miríadas de concubinas destinadas al capricho de las madres de los sultanes, las «Valide Sultan», sobre los asesinatos de dinastías para lograr una sucesión, sobre los futuros inciertos de los estambulíes agotando sus vidas entre los transbordadores que cruzan el Cuerno de Oro y el Bósforo con lluvia, sol, niebla, frío o calor. A pesar del cambio de los tiempos, a pesar de Atatürk, a pesar de todo.

Inquieto por esta sensación me reconforta leer a Orhan Pamuk y saber que no estoy muy descaminado porque, dice, existe el «hüzün», la amargura que llena el alma de los habitantes de Estambul, un Estambul que él ve en blanco y negro, una ciudad destartalada, bella e inmensa, acostada en la frontera entre Europa y Asia, ocupando un lugar tan incómodo como poderoso, que no pertenece ni a un lado ni al otro y que, por ello, tiene una personalidad compleja y atormentada.
Según él no me equivoqué demasiado al percibir esa tristeza que impregna la atmósfera estambulí y que deriva del desplome del Imperio Otomano. «En Estambul, dice, la amargura es tanto un importante sentimiento de la música local y un término fundamental de la poesía como una manera de ver la vida, una actitud mental y lo que supone el material que hace a la ciudad ser lo que es».
El Nobel interpreta también que «en Estambul la Historia, los restos de las victorias y las civilizaciones están demasiado próximos…los grandes monumentos de la ciudad y las gigantescas mezquitas conmemorativas como también los diminutos restos de los acueductos, las fuentes, los oratorios que hay en cualquier esquina recuerdan a los millones de personas que viven entre ellos que son lo que queda de un gran imperio»
El convivir con estos monumentos es algo que nos gusta a los visitantes pero en los turcos de Estambul provoca ese sentimiento de amargura en el contraste con un presente más pobre y confuso; «esa amargura que produce la sensación de pérdida»
UNA COMPLEJA HISTORIA
Hay demasiada historia saturando esta ciudad. Sus orígenes en los tiempos micénicos, frigios y griegos concluyeron en la fundación de Estambul (667 AC) cuando Bizas en la zona europea del canal fundó una colonia llamada Bizancio que se transformó en Bizantium al llevar allí su capital imperial el Imperio Romano. El nombre de Constantino hizo que la ciudad se denominase Constantinopla. La expansión del cristianismo se unió a la del imperio en la época de Justiniano y su influyente mujer Teodosia y ya, en el comienzo de la Edad Media, Constantinopla fue un núcleo potente en su densa concentración de cultura y sabiduría. Tal es así que enfrentaron una gran cantidad de enemigos deseosos de las incalculables riquezas que suponían atesoraban allí. Sin embargo todos los intentos de toma fueron vanos por su excelente protección del acceso por el mar.
Con Constantino X el imperio cayó en manos de los turcos. En 1301 surgió el Imperio Otomano y el otrora fabuloso Imperio Bizantino quedó reducido únicamente a Constantinopla.
El sultán Mehmet II entró en la ciudad en 1453, la reconstruyó y la denominó Estambul convirtiéndola en un ejemplo de convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes.
El Imperio Otomano se expandió por Oriente Medio, Europa y Egipto. Con Solimán El Magnífico llegó la mayor extensión imperial que se fue manteniendo a expensas de intrigas, asesinatos, glorias y derrotas.
En 1876 se estableció una constitución y un sistema parlamentario que malogró la guerra con Rusia. En 1908, Los Jóvenes Turcos, un grupo de militares nacionalistas, obligaron al Sultán a convocar el Parlamento.
Rusia y Austria fueron ganando territorios y en la Gran Guerra el Imperio Otomano se alineó con los perdedores. Estambul entonces quedó ocupada por ingleses y franceses y, parte de Anatolia, por Grecia. Tras la I Guerra Mundial, el impulso nacionalista de Mustafá Kemal «Atatürk» inició la guerra de independencia para recuperar territorios en manos de los aliados.
Mustafá Kemal, «Atatürk» significa padre de los turcos, había nacido en Salónica, en la Macedonia otomana, en 1881. Militar con rango de mariscal de campo, fue el fundador y primer presidente de la República de Turquía a la que transformó de la noche a la mañana implementando drásticos cambio sociales y políticos como la abolición del sultanato, la separación de la iglesia y el estado, el alfabeto romano, un significativo aumento de los derechos femeninos y la adopción del vestuario occidental. El resultado fue la aparición de la moderna Turquía.
Fallecido en 1938 en Estambul, su figura es venerada en Turquía si bien fue criticado por la occidentalización forzada y el trato que dispensó a las minorías
El 29 de octubre de 1923 se instauró la República de Turquía y su capital, Estambul, un híbrido entre Europa y Asia, una mezcla de comunidades cristianas, judías, armenias y árabes.

ERRABUNDO CONTEMPLATIVO
Los pescadores pueblan las barandillas del puente Gálata. Allí están matando el tiempo decenas de hombres en animada charla, callados, fumando, atentos a sus cañas, junto a peces boqueando sumergidos en cubos de plástico.
Cenamos por allí, en el Gálata, este hermoso puente polivalente por el que pasan automóviles, hay numerosos restaurantes, zona de paseo y espacio de pesca. Todos los camareros chapurrean un español italianizado y la comida es buena. Hay cerveza. Al lado de nuestra mesa, en una especie de reservado, un grupo nos llama la atención. Hombres jóvenes, algunos entrados en años, vestidos con trajes oscuros, rostros toscos, serios, corpulentos. Despiden a un hombre mayor elegantemente vestido al que alternativamente besan en la mano y en el rostro. Tras ese afectuoso protocolo de respeto, afecto o sumisión se introduce en un automóvil lujoso que sale a toda velocidad. El aspecto es de grupo mafioso directamente salido de una película de Coppola. Quién sabe, Estambul es una de esas ciudades en las que puede ocurrir cualquier cosa, promiscua y conservadora, que expone sus virtudes y oculta sus vicios.

Una ciudad que no duerme. En su insomnio, entre la oscuridad, se ven las luces de los transbordadores cruzando de una orilla a otra. Oleadas de personas llegan o se van de los muelles de Eminönü o Karakoy.
Caminamos de regreso al hotel y al lado de un gran McDonald veo una muchacha muy joven con un niño de unos 2 años en sus brazos. Está sentada en el suelo, junto a una de las bolsas de basura amontonadas en la acera; ha roto el plástico de una de ellas y va sacando puñados de patatas fritas que va metiendo en la boca del niño. Contemplo la escena un poco alejado con el alma encogida. Se cruzan nuestras miradas, ella tiene unos grandes y tristes ojos en un bello rostro enmarcado por el pañuelo islámico. El niño, ajeno a todo, sigue comiendo las patatas de la basura que le manchan los labios de mayonesa y kétchup.
Sociedad construida sobre inmensos contrastes, aún resuena entre las paredes de la historia la bofetada, según algunos sólo una buena bronca, que le arreó la Sultan Valide Pertevniyal a la bella Eugenia de Montijo, la emperatriz consorte de Francia, aquella española nacida en Granada… de bellos ojos de un azul vivo y profundo llenos de alma, energía y dulzura…, al aparecer del brazo de su hijo, el sultán Abdülaziz, en el espacio prohibido del harén en el palacio de Dolmabahçe. Aquello había ocurrido en 1869 y sólo es un ejemplo entre miles de la abismal diferencia entre la miseria y la opulencia que hubo entonces y, de otra manera, existe ahora.
El niño come patatas fritas de la basura y a su lado deambulan muchos gatos, gatos callejeros limpios y saludables. Los turcos los cuidan, están bien alimentados por los vecinos y desparasitados por la municipalidad.
Dejo atrás Aya Sofya, Topkapi, la Mezquita Azul, la Basílica Cisterna, el Hipódromo, el obelisco egipcio de Teodosio, los palacios de Beyberleyi y Dolmabahçe, el acueducto… dejo atrás el turismo convencional, la postal colorida. Me pierdo por calles, callejas y callejuelas de colores primarios, por los escaparates de personas tan variadas como atrayentes. Velos, pañuelos, túnicas, algún niqab, alternando con faldas cortas, melenas al viento, escotes vertiginosos; maquillajes polícromos, ojos resplandecientes sobresaliendo por la hendidura breve del hijab, mostachos potentes, bigotes vigorosos, casquetes de ganchillo, barbas pobladas, cabezas turricéfalas orladas por fez rojos, jóvenes de músculos criados en gimnasios, camisetas adheridas a la piel con lemas occidentales. Veo limpiadores de zapatos, vendedores de pan, castañas, maíz, hombres tomando café, fumando en narguiles, conversando. Personas tan diferentes como los hechos históricos que las han precedido y de los que derivan. Todo mezclado en una amalgama fulgurante que desborda vitalidad y aparente tolerancia.

La algarabía tiene protagonismo en el Gran Bazar, en el Bazar de las especias, en los mercados y tiendas que pueblan las callejuelas por las que se empujan, más que se ordenan, decenas y decenas de puestos de materiales heterogéneos. Aglomeración de personas, lenguas diversas en un Babel divertido y, a veces, agobiante, que excitan mi recuerdo de los zocos y medinas de Fez, Marrakech, Damasco, Alepo, Isphahan o Teherán.


Tras el Puente Gálata, llegando al barrio de Beyoglu, me detengo para mirar hacia el Cuerno de Oro, allí donde Théophile Gautier, dijo que «el paisaje tiene una belleza tan insólita que parece irreal». La noche tibia nos envuelve entre puestos de castañas y maíz cocido junto a la torre Gálata. En algún lugar hay una fiesta con danza del vientre, música y misterio.

En la peatonal Istiklal Caddesi el antiguo tranvía parece que va a arrollar a la muchedumbre. Es un símbolo más de la presencia del pasado, de la historia incrustada en la actualidad. Al igual que la elegancia decadente enraizada en el siglo XIX de los hoteles, edificios de embajadas, bares, restaurantes, comercios y viviendas que se encuentran en esta popular avenida uno de cuyos extremos finaliza en la simbólica plaza de Taksim, corazón de concentraciones y protestas.

ASIA Y EUROPA
Desde el puerto de Eminönü un transbordador va saltando entre Europa y Asia, cruza de orilla a orilla, bajo los grandes puentes, junto a las riberas del Bósforo. Un jovencito flaco, ágil como un mono y cara de espabilado, recorre las cubiertas llevando una bandeja repleta de vasos de té y refrescos. A pesar de las oscilaciones del barco no pierde el equilibrio, no derrama ni una sola gota de líquido, ni cae ningún vaso de refresco. Una joven muy maquillada se planta frente a mí y me pide que le haga fotografías. Habla francés y me cuenta que es argelina. Su familia, a escasos metros, contempla la escena complacida. Después de la sesión, en la que posa como una auténtica modelo, me da las gracias y se va. No me pide imágenes, no me da ningún correo electrónico para enviárselas; sólo quiere posar, deduzco, por el placer de mostrarse atractiva, bella, ante el objetivo de un fotógrafo extranjero que poseerá el instante de su rostro con Estambul a su espalda.

Por las orillas se van sucediendo los estragos de la decadencia. Palacios abandonados, mezquitas, antiguas casas de recreo, viejas villas de maderas hinchadas de humedad, fachadas descoloridas, verjas de entrada oxidadas. Los colores ocres desvaídos se suceden, amarillean la decadencia y la maleza, la pobredumbre. La burguesía estambulí, radicada años atrás en las orillas, ha abandonado la cercanía de las aguas y ha trepado colinas arriba en donde ahora se encuentran sus mansiones. El transbordador pasa de un lado a otro, evita algún gran barco lento y poderoso que entra o sale por el Bósforo, cruza bajo los puentes. Desde la popa se ve cómo esta gran ciudad se prolonga hacia las colinas y los inmensos puentes cruzan sobre las aguas sobre el Cuerno de Oro, sobre el Bósforo uniendo Europa y Asia.
¿DÓNDE ESTAMOS?
Oriente y occidente. Tradición y modernidad. ¿Dónde estamos? El 29 de mayo de 1453 ocurrió la «caída de Constantinopla» para los occidentales y, el mismo hecho, fue denominado como «conquista de Estambul» por los orientales. El matiz tiene su trascendencia interpretativa: conquista o caída.
¿Es oriente, occidente o queda flotando o sumergida entre dos mundos?
Aunque oficialmente Turquía es un estado laico, sin religión oficial alguna, el 95% de la población se reconoce musulmana sunitas. Los cristianos ortodoxos orientales, griegos ortodoxos y apostólicos armenios, junto con los judíos, solo suponen el 4,7%.
A pesar del laicismo oficial el gobierno turco empuja la deriva islámica. Ejemplo significativo es Santa Sofía. Inicialmente fue iglesia, después mezquita y posteriormente museo. Una vuelta de tuerca y de nuevo, ahora, mezquita.
Han desaparecido la casi totalidad de signos cristianos, algunos han sido burdamente ocultos tras una lonas y se impide el paso hacia determinados lugares. También existe un cambio en el personal que allí trabaja: los funcionarios del ministerio de cultura, presentes en la fase de museo, han sido sustituidos por funcionarios del ministerio de asuntos religiosos.
Yavuz Baydar, periodista y director del diario Free Turkish Press escribe sobre Erdogan:
«El nuevo régimen es una autocracia consolidada e inquebrantable abierta a las formas más duras de gobierno autoritario…seguirá siendo un país con un estado de derecho colapsado, prácticas burocráticas arbitrarias, sin separación de poderes ni medios de comunicación independientes…y finaliza Adiós Turquía, ha sido un placer conocerte como un experimento lleno de esperanza en el que el Islam y la Democracia existieran en una cohabitación pacífica»
Argumenta que la reelección de Erdogan en 2023 consolidó un régimen autoritario que imposibilita la transición democrática a través de las urnas en Turquía. Sostiene que el resultado sella el destino del país alejándolo definitivamente de los estándares democráticos occidentales.
Turquía, actor complejo y en ocasiones impredecible en el campo de las relaciones internacionales, miembro de la OTAN, próximo a Rusia, confrontado a veces con Europa. Un gobierno autócrata que desmantela el estado laico, concentra poder en sus manos, y desarrolla un progresivo minado de los derechos fundamentales de los turcos.
Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente esta Estambul caótica y hermosa, inmensa e inabarcable que se debate entre su esencia polivalente, entre el hüzün y la alegría de sus habitantes, su abigarrada historia, sus contrastes, entre sus señas de identidad, entre las orillas fronterizas de Europa y Asia.

© (Texto y fotografías) CHUAN ORUS 2026