ARMENIA: MONTAÑAS Y MONASTERIOS ENTRE EL GENOCIDIO Y LA DIÁSPORA

Es sumamente difícil ver con nitidez el monte Ararat, estos días el cielo está cubierto y sólo se distingue su silueta entre una bruma pesada que difumina la cima. No hay manera de hacer esa foto prevista del monasterio Khor Virap con la montaña sagrada como fondo. A unos pocos centenares de metros del monasterio está la alambrada y el corredor que marca la frontera con Turquía  y que impide la comunicación entre estos dos países desde hace muchos años.

          El monte Ararat, 5137 m, según el Génesis el lugar donde se posó el Arca de Noé tras el Diluvio Universal, es el símbolo nacional indiscutible de Armenia; está ahora en territorio turco a raíz de tratados fronterizos entre Turquía y la Unión Soviética en 1921, resultado final de guerras y acuerdos firmados bajo presión.

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HÜZÜM EN ESTAMBUL

«Todos los demás placeres son vanos. Ninguno es tan dulce como la melancolía»

Robert Burton

El avión comienza sus maniobras de aproximación al aeropuerto «Atatürk» de Estambul. En mi ventanilla aparece el límite del Mar Negro y la entrada del Bósforo. Numerosos barcos se acumulan en ese embudo marino esperando las órdenes de paso hacia el gran puerto turco. El mar sube y baja, desaparece y cambia por la imagen del cielo según los virajes del avión.

         El vuelo ha partido de Kaiseri, la antigua Cesárea de la región turca de Capadocia, en el centro de Anatolia,  donde he pasado unos días apacibles contemplando esas formaciones geológicas tan extrañas como espectaculares; las innumerables estructuras de aspecto fálico, viviendas agujereadas en las rocas como si un ejército de carcomas hubiera tomado posesión de ese mundo, ciudades inmensas horadadas en el subsuelo, en un diseño similar a hormigueros gigantescos destinados al refugio de personas y animales, como escondite del peligro que suponía la invasión de  tribus enemigas.

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