A Mamen, con amor y gratitud.
Estoy en el borde de la playa. El sol se disimula tras unas débiles nubes grises como gasa vieja que emergen todas las tardes sobre las montañas que tengo a mis espaldas. Calor, verano; niños chapoteando en la orilla, brillantes y mojados, recién salidos de un cuadro de Sorolla. Apago la música dudando en seguir escuchando el piano de Kathia Buniatishvili, ¡cómo me gusta esta mujer pianista, esta pianista mujer…no sé cuál sería el orden! o escuchar el ruido de las olas, otra música que me fascina. Leo distraído una nueva novela que me enseña y entretiene. He pasado la mañana navegando en un velero, ocupado de mantener el rumbo, hacer las maniobras, virar, trasluchar…esas técnicas que voy aprendiendo con torpeza, con las enseñanzas del profesor (Yago, 20 años), disfrutando de la inmensidad del mar, del vaivén de las olas, del agua azul y transparente salpicando en los choques contra la proa, de las medusas y los pájaros marinos.
Hoy he cumplido 70 años.
He recibido el cariño de unas cuantas personas que sé que me quieren, con ese amor de años de convivencia, pasando muchas horas en compañía, teniendo sangres cercanas, parecidas, lejanas, ajenas. Un grupo con el que me iría a vivir a una aldea perdida para esperar allí el final de los siglos. Buena gente.
No sé por dónde vendrá el inicio del fin, ya tengo que irlo pensando. Un tumor, algo vascular, algún desajuste, un gran desastre…Si pienso en la esperanza de vida, estadística pura, ya va quedando poco. Un empujoncito más y todo se acabará.
Lo que he dicho, estadística pura.
No me importa demasiado. Afrontaré, creo, la muerte con la tranquilidad de dar el paso, uno más, de lo que significa vivir. Somos evolución y la muerte es ese salto que está escrito en el guión. Sólo espero que sea suave, que me permita despedirme de todas esas personas que me han acompañado, que me quieren, que me importan. Decirles que las quiero, que les agradezco su amor, que me perdonen, perdonarlas también, y, si es posible con un beso, decirles adiós. Después iré, ya lo tengo pensado, a la aldea de mi padre. Allí me reuniré con todos los seres de luz que me han precedido y llevaré un libro, Estrellas y Borrascas , que leeré hasta la eternidad. Cabalgaré en un caballo tranquilo por las praderas infinitas. Nos reuniremos en las noches frías del Pirineo todos juntos junto al fuego y los abuelos contarán historias, leyendas y cuentos. Todas las personas que quiero estarán allí o irán viniendo poco a poco.
Sí, es mi sueño.
Hace dos años, exactamente, salí de un bosque del Pirineo con un tobillo fracturado. Disfruté, por primera vez en mi vida, del hecho de ser transitoriamente dependiente: me cuidaron, no tenía otra cosa que hacer que colaborar, dar la menor guerra posible y mantener el optimismo, todo se iría solucionando, como así fue. Desde mi silla de ruedas vi otro mundo, un mundo desconocido al que yo accedí como visitante, pronto caminaría de nuevo. Me identifiqué en esos meses con los seres que han tenido que cambiar, necesariamente, sus piernas por unas ruedas con todos los inconvenientes que la sociedad «desarrollada» ofrece en la circulación, ¡oh, esos fabuloso bordillos de las aceras convertidos en abismos! y accesibilidad a edificios, espectáculos, parques, vehículos y demás lugares a donde estas personas vulnerables tendrían que tener totalmente resueltos sus problemas de acceso. Aprendí mucho en esta etapa, gané con dolor y esfuerzo. Y ayuda.
Ya hace mucho tiempo que intento reconciliarme con mis errores. Hay muchos, algunos importantes, pero si soy sincero jamás, creo, he hecho daño a otro ser humano siendo consciente. No soy benevolente conmigo mismo: la educación que recibí hace que en el platillo de la culpa caigan muchas cosas que pesan lo suyo. Agradezco en el amanecer la inmensidad que recibo, pido en la noche el perdón por los agravios que he cometido después de la salida del sol y antes de su ocaso. Recordaba hoy, en esas queridas personas que me han felicitado, las vivencias que antes o después compartimos; intentaba enviar un sordo mensaje de amor y disculpa por mis modos y maneras en las horas que pasamos juntos. Todavía creo en el valor del perdón.
Pasean jóvenes y bellas muchachas por la orilla; el sol de la tarde, ya casi ocaso, llena de tonos dorados la arena y las olas tienen la suavidad de las caricias. No quiero que aparezca Tadzio, ni quiero que un vendaval de viento húmedo disuelva el tinte de mi pelo, me arranque el maquillaje y la vida, en esta hamaca junto a la inmensidad del mar con el fondo musical del Adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler.
Prefiero seguir sintiendo los dedos de Kathia Buniatishvili acariciar las teclas del piano, llenar de belleza mi vida, mientras la brisa cargada de iodo penetra hasta lo más profundo de mi ser que entrega toda mi gratitud al universo por todo lo que me ha dado en ese azar ciego que nos rodea cuando abrimos los ojos por primera vez y el aire reemplaza al agua en nuestros pulmones.
Y pido que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad.
© CHUAN ORÚS 2023