YA SE TODOS LOS CUENTOS

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.                León Felipe

Yo tenía unos 11 años cuando me confesé por última vez. En el colegio de frailes en el que estudiaba nos hacían ir a la capilla, a todos sin excepción, un día determinado al mes para que una serie de curas confesores tomaran cuenta de nuestros pecados.
Aquella mañana yo decidí que tenía que acusarme de no haber asistido, durante tres semanas seguidas, a la obligatoria misa dominical. En mi casa no había ninguna exigencia religiosa y con el buen tiempo los fines de semana los pasábamos en el pueblo de mi madre. Los frailes nos exigían una nota firmada por los padres en la que se expresara la causa por la que su hijo no había podido ir a la misa colegial lo cual no justificaba que se hubiera ido a otra pero eso se suponía como el valor en la milicia. Para obtener esa justificación yo no tenía problema pero sí me parecía muy complicado, implicando además a mis padres, explicar en el confesonario por qué no había cumplido con el precepto dominical.

Por lo que después de decirle a la sombra que había tras la rejilla de madera que llevaba tres domingos sin misa y ante la necesidad de explicación yo, con toda mi inocencia, solté una historia tan fantásticamente falsa que no se sostenía por ningún punto razonable. Así que el cura sacó la tarjeta roja y me expulsó de la casetita de madera diciendo, y de eso me acuerdo textualmente, que “era un mal cristiano, que me iba a condenar y a quemar eternamente en el infierno”.

La costumbre consistía en que una vez confesados había que ir a los bancos más cercanos al altar y allí, hincados de rodillas, rezar la penitencia que el confesor impartía. Yo, aturdido como un boxeador a punto de caer en la lona por un eficaz puñetazo del contrario, aún tuve la picardía de acercarme a los bancos donde los penitentes expiaban sus culpas y hacer como ellos. Burlaba así la vigilancia del fraile que supervisaba el juicio colectivo. Mientras ya sentía las llamas acercarse a mi piel saqué dos conclusiones. La primera que una vez me habían cogido pero no les daría la oportunidad de otra y, la segunda, que en casos de conflicto tenía que tener cuidado en contar una historia creativa que fuera bien estructurada, fácil de entender, poco fantasiosa y coherente.

Ya no volví al confesonario. Como un delincuente reincidente cada día que pasaba en mi vida la cosa se iba complicando y ni yo mismo podía asegurar que aún siendo sincero la narración fuera completa y la explicación convenciera al juez invisible. Así que cuando había confesiones yo observaba al fraile vigilante y en el momento que se descuidaba, lo cual era frecuente, me acercaba sigiloso a la zona penitencial. Un ratito de rodillas y con cara de haber depurado mi alma pecadora salía al patio de recreo a dar patadas al balón mientras se acababa la función. Y así todos contentos.

Recordaba estas historias de mi infancia leyendo la estupenda novela de Luis LanderoEl balcón en invierno” en la que cuenta que siendo profesor hacía que los alumnos que llegaban tarde al aula le dieran una explicación de la tardanza; pero no una excusa verdadera sino contando una historia inventada, una fantasía que debía de ser brillante, un auténtico cuento bien fabricado y mejor narrado. Además de sentir pena por no haber tenido nunca, ni en el colegio ni en la universidad, profesores con ideas tan geniales me abrió el pensamiento hacia la cantidad de veces al día que aplicamos esas fantasías para explicar nuestro comportamiento, nuestras vivencias, nuestros recuerdos o nuestros pensamientos. Técnicamente debe ser mentir pero creo que salvo que sirva para destrozar al prójimo, para producir un cataclismo o para provocar un gran perjuicio, la farsa, la fantasía, adorna la vida y convierte nuestro escenario vital, habitualmente gris y tedioso, en una maravillosa producción colorida como hace el protagonista de la hermosa película “La vida es bella”.

Al fin y al cabo la verdad es un concepto muy relativo. Nadie posee el mismo criterio frente a un hecho determinado, todo está en dependencia de cómo estructuramos la mente, la visión objetiva –que nunca es objetiva- de algo concreto. La verdad es algo que siempre está en continua construcción-destrucción, un ciclo continuo en el que desde un hecho falso se puede crear una verdad universal. Y si no que se lo digan al pobre Nerón que miles de años después de sus hazañas, tan requetemalo que lo creíamos porque así nos lo habían referido las voces autorizadas, llega un tal Profesor Shaw catedrático de la Universidad de Princeton nada menos, y afirma que aquél emperador romano no persiguió a los cristianos. Es una de esas historias que hace buena la tesis de Goebels afirmando que una mentira repetida miles de veces se convierte en una verdad.

La realidad es tan difícil de describir, a veces de entender, que en ocasiones es mucho mejor contar un cuento o sembrar la duda que relativice aún más la certeza, como la archifamosa duda sobre la ceguera de Borges. Por otra parte no podríamos vivir si siempre dijésemos la verdad, nuestra verdad, lo que realmente pensamos. El mundo sería caótico y lleno de problemas de relación. Para no entrar en ese tipo de conflictos Sócrates aconsejaba una serie de criterios que se deberían de tener en cuenta a la hora de manifestar nuestro pensamiento, nuestra verdad:

1- Estás seguro, absolutamente, de que lo que vas a decir es cierto?
2- La bondad. Es algo bueno lo que vas a decir?
3- La utilidad. Será útil lo que vas a decir?
Si lo que deseas decir no es cierto ni bueno ni útil…para qué decirlo?

Nuestro mundo actual tiende a ser blanco, gris y negro, con historias monotemáticas, repetitivas, que carecen de habitualmente de imaginación por eso tienen tanto éxito las leyendas urbanas en las que los aburridos y constantes hechos cotidianos se convierten en pequeñas y divertidas historias que nos hacen vivir como los protagonistas de un cuento.

Desde niños los cuentos nos acompañan, nos explican didácticamente los funcionamientos de la vida, crean valores, modelan la personalidad, nos llenan también de miedos que posiblemente explicarán, en esa etapa, toda la bondad y maldad del mundo en el que luego aterrizaremos inocentes e inexpertos. Luego poco a poco juntamos habilidades, historias ya sabidas que enlazadas con otras forman todo un corpus que va creciendo con la edad y la sabiduría.

Estos días los líderes políticos nos narran sus propios cuentos, empleando algunos bellas historias, fábulas preciosas y otros fantasías aburridas, tediosas, faltas de colorido e imaginación. A muchos ya no nos entretienen ni sorprenden,  ya sabemos todos los cuentos.

6 pensamientos en “YA SE TODOS LOS CUENTOS

  1. Yo tampoco se muchas cosas, es verdad. Digo tan solo lo que he visto. Y….. lo que he oído.
    He visto que ese fuego, lento, suave, casi confortable, en el que te condenaste, el que alimenta tu boca, tu pluma y tus sentimientos, el que regenera al hombre nuevo , el que alimenta la palabra que nos queda, debería ser eterno, no extinguirse nunca
    He oído nuevamente a Aguaviva.
    Gracias Maestro
    Y gracias a los maristas

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    • Gracias por tus palabras. Espero que ese fuego al que aludes no queme, simplemente caliente, y nos reuna en esa fraterna y deliciosa convivencia. Y sí, gracias a los Maristas. Me hicieron mucho más bien que mal. Los recuerdo con cariño y respeto.
      Un abrazo hermano.

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  2. Como siempre, interesante y cierto, ¡!.

    Un abrazo!, y si no se organiza un vino antes Felices fiestas ¡!!i

    Dra Virginia Castán Beamonte

    Directora Médica

    Descripción: correo

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