LA MAMMA MORTA

A Nacho, con toda mi cercanía en su dolor.

 “…La mamma morta m’hanno
alla porta della stanza mia;
moriva e mi salvava!…”

 

Hace ya años de esto pero lo recuerdo con nitidez. Tumbado en la cubierta de un pequeño velero, muy cerca de la costa, en un día denso de presión muy baja, con una bruma pegajosa

como el aceite, en un Mediterráneo plano, inmóvil, sin una mínima ondulación en la superficie, un horizonte difuminado en lejanía y toda la pesadez de la mañana de luz fuerte y difusa tras una noche de eternas conversaciones, bastante alcohol y escaso sueño.

Habíamos salido de puerto navegando a motor y un viento mínimo nos fue alejando. Súbitamente las velas y el barco quedaron inmóviles, todo quedó paralizado y el sopor se adueñó del tiempo y el espacio.

Y en medio de un gran silencio apareció María Callas cantando “La Mamma Morta” proyectada a todo volumen por un potente equipo de música desde las profundidades del barco, rasgando la mañana y llenándola de trágicos sentimientos de tristísima belleza.  No podía existir mejor escenario como aquél ni persona como yo tan predispuesta a recoger el dolor de la Madeleine de la ópera “Andrea Chénier” de Giordano en aquella mañana fatigosa.

Sin ningún esfuerzo, sin buscar en el archivo de mis sentimientos, ese recuerdo  llegó sin llamarlo el día que falleció mi madre, después en el funeral de la  madre de mi mujer y ha vuelto a aparecer hace muy poco, en el de Aurora, la madre de mi querido, más que amigo, Nacho.

Muy pocas veces he sido capaz de concentrarme en las homilías de los funerales, me defino más espiritual que religioso y tiendo a buscar a ese Dios sin exclusividad de religiones o creencias, y no es que no me interesen las reflexiones de los sacerdotes católicos que los ofician pero hay determinadas propuestas que son tan manidas como ineficaces para  hacer vibrar mi espíritu y prefiero, en ese ambiente de recogimiento en el que intento compartir el dolor de seres queridos, reflexionar por mi cuenta sobre tantísimas incógnitas, cada día más, que llenan a rebosar mi interior.

Hace poco leí una novela, casi la definiría como ensayo, inquietante: “La muerte del padre” de Karl Ove Knausgård, que me hizo pensar mucho en la repercusión de la muerte del padre,  sobre todo en los hombres. En nuestra sociedad, para los que ya tenemos más de 50 años, el padre, en general, es la figura que nos introduce en la lucha vital, que nos enseña y entrena para soportar el dolor, para  ser constantes, para pelear, proseguir, vencer las dificultades. Crea mecanismos automáticos que nos capacitan para actuar eficazmente. Es un personaje contradictorio en el que se mezcla la autoridad con la libertad, el amor con la demanda, el cuidado con la crítica. Su presencia, su ejemplo, sus exigencias, sus comentarios, marcan toda una suerte de vivencias, de actitudes, manías, complejos, virtudes y defectos que nos acompañan para siempre e incluso tras su desaparición. Y su muerte, como en el caso de Karl Ove escritor y protagonista de la novela, una profunda catarsis, una reflexión no exenta de descubrimientos, a veces atroces, de esa persona que fue nuestro progenitor.

Pero la madre es otra cuestión.

Procedemos de su propio cuerpo, somos parte de él; una parte que ha emergido de sus entrañas para tener después vida propia. El cordón umbilical deja de tener su función fisiológica inmediatamente al nacimiento. Pero existe otro cordón que nos une, para siempre, con ese ser del que hemos formado parte.

Por cultura, por tradición, en los países mediterráneos la madre es una figura aglutinante, entrañable, amorosa, tierna, comprensiva, tolerante. En nuestro país, y sigo generalizando en  los mayores de 50 años más o menos, nuestras madres han sido las almas del hogar, las dedicadas en cuerpo y alma al cuidado escrupuloso de la familia, las que con su esfuerzo, su trabajo extenso e intangible, su imaginación, su sacrificio, su bondad, su entrega han conseguido ser el núcleo esencial del clan familiar. La casa, el hogar, ha podido ser refugio gracias a la presencia constante de esas mujeres que siempre han tenido tiempo para la expresión del amor,  la comprensión y el consuelo.

Por eso cuando fallecen, cuando se van, ese cordón umbilical se quiebra definitivamente, una parte de nosotros desaparece  y nos quedamos amputados, incompletos  y solos ante el frío y la oscuridad del cosmos.

Solos,  con todo lo que significa esta palabra.

Escuchaba a Nacho dirigir emocionado unas palabras a todos los que asistíamos al funeral de Aurora y, salvando los hechos estrictamente personales, hacía mías sus reflexiones que nacían de donde nacen las mejores palabras: de su corazón.

Y me daba cuenta de que yo todavía no había  llorado lo suficiente la muerte, hoy ya lejana, de mi madre.

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