LA PEQUEÑA HISTORIA DEL COLCHON EN EL PASILLO

Yo nací, literalmente, en una casa frente a la Basílica de El Pilar de Zaragoza de la que estaba separada por el río Ebro, la arboleda de Macanaz y la vía del ferrocarril por la que se accedía a la Estación del Norte. La casa era antigua y en ella vivíamos familias humildes, puro proletariado que a base de esfuerzo y austeridad iba saliendo adelante a trancas y barrancas.

Una de aquellas familias, la menos favorecida por la fortuna, subsistía en el semisótano, inmediatamente bajo el nivel de la calle a la que se asomaban por unos ventanucos abiertos a ras de suelo. Aquél lóbrego recinto era oscuro, mal iluminado, peor ventilado y húmedo. Tanto que cuando el inmediato padre Ebro subía de nivel a través de filtraciones comenzaba a llenarse de agua y durante una buena temporada la hacía inhabitable.

La familia, con muchos hijos como era habitual en los humildes, era alojada en los pisos de los vecinos y los pocos muebles que tenían se repartían entre la escalera y algún local de dueño generoso. Yo recuerdo vagamente la presencia de una niña más o menos de mi edad entonces correteando por mi casa y durmiendo en un colchón que mis padres colocaban en el pasillo.

No existía una especial relación con aquella familia, simplemente existía un alto sentido de la solidaridad. La casa estaba habitada por personas iletradas que no poseían ninguna característica intelectual, religiosa o política especialmente destacable que les hiciera tomar aquellas decisiones de ayuda. Era su escala de valores, su empatía con el prójimo, unos criterios morales indiscutibles de compartir lo poco que tenían. Verdadera hermandad.

La guerra civil había acabado hacía más de 20 años. Supervivientes de ella la dura postguerra les había enseñado muchas cosas. Entre ellas la necesidad del apoyo mutuo para sobrevivir. Y lo percibían como algo natural, nada especialmente trascendente. Muchos años después recordaba aquellas historias en una tertulia familiar. Mis padres, entonces aún vivos, lo seguían valorando como algo normal “Ayudarles?, claro. Y qué ibas a hacer si no?”.

Han pasado muchos años y es indudable que nuestra sociedad en alguna de sus maneras organizativas ha progresado. Ahora esa familia del sótano inundado sería, muy probablemente, ayudada de manera eficaz por las instituciones civiles. Lo que ya dudo es que si éstas no existieran los actuales vecinos de la casa les brindaran sin condiciones aquella hospitalidad.

Pensaba estos asuntos viendo con el corazón helado lo que está ocurriendo en nuestra vieja y civilizada Europa. Miles de seres humanos deambulando por carreteras, caminos, vías de ferrocarril, con todas su pertenencias al hombro, dejando su origen, huyendo de conflictos bélicos creados por los gobiernos más importantes de la tierra, por los grupos selectísimos de capital, por los intereses inconfesables, ocultos pero imaginables, de ese clan absolutamente poderoso que mueve los hilos de este inmenso y trágico teatro de marionetas en el que casi todos, unos más y otros menos, somos víctimas inocentes.

Hay lugares en la tierra, y yo he visto alguno y puedo certificarlo, en los que es imposible vivir. Cómo se puede desarrollar una existencia digna en una casa de barro y paja del Africa Subsahariana, sin energía eléctrica ni agua corriente, sembrando sorgo y mijo, arrancando algodón y cacahuetes solamente para poder comer lo mismo todos los días si hay suerte con las lluvias, viendo como los hijos se mueren de disentería y rodeados de mosquitos pletóricos de malaria? Todo eso día a día, mes a mes, año a año, toda la vida. A veces entre grupos armados que roban, violan y matan.

Ante eso sólo hay dos alternativas, aceptar la situación bajando la cabeza o tomar la pista arenosa camino del mar de la esperanza.

Hay otros donde sí que se puede vivir, a veces bien, pero un buen día una bala quiebra el vidrio de la ventana, la calle se llena de sangre, el cuento de la felicidad se rompe en mil pedazos y empieza el cuento del terror cuyas causas las explican los políticos con una palabrería en la que se repiten muchas veces las palabras dignidad, liberar, libertad, acabar con las dictaduras, etc… y que en el fondo significan únicamente rapiña de recursos naturales y conquista de territorios con interés geoestratégico. Con todos los métodos disponibles, el fin justifica ampliamente los medios y en la guerra todo vale. La persona, el individuo, el ser humano no importa, mucho menos si es de piel oscura.

Salvo a algún tarado, a las personas no nos gusta vivir entre tiroteos, bajo bombardeos, con heridos y muertos en las calles, con todos los mecanismos sociales destrozados. Más cuando la mayoría no participa del conflicto bélico y ni siquiera puede entender qué es lo que está sucediendo. Todo ser humano tiene sus raíces sobre la tierra en la que ha nacido. Ahí está su historia, su lengua, su familia, sus sentimientos. Siempre causa dolor abandonarla. Pero cuando se hace inhabitable hay que escapar de esa pesadilla, sobrevivir y buscar un lugar en la tierra en el que existir con una digna normalidad.

Desde Africa, desde Siria, desde Afganistán, desde Irak, desde Libia: La mirada puesta en la vieja, culta y civilizada Europa, la gran alianza de viejas naciones que anula fronteras y aúna economías y esfuerzos para conseguir sociedades felices y maduras. La Europa católica que sigue rezando los domingos y fiestas de guardar, asumiendo el mensaje de la Biblia, de los Evangelios, repitiendo eso de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Pero esta Europa, la puta Europa que sólo baila si hay dinero por en medio, esta hipócrita Europa les niega el pan y la sal, coloca en sus puertas alambres de espino y cuchillas, les lanza gases, policías y perros. Y llora como una histérica plañidera cuando la muerte, compañera inseparable en la huída, se presenta en la escena.

Los líderes nacionales elegidos en democráticos sufragios se convocan a eternas reuniones que se repiten y se repiten progresivamente porque no se llega a ningún acuerdo. Mientras tanto los desesperados siguen llenando espacios acotados sin saber qué va a ser de ellos, siguen caminando por carreteras que no llevan a ninguna parte, siguen ahogándose en el Mediterráneo, siguen atravesando como pueden fronteras de alambre erizado de cuchillas, llevando en sus rostros la aflicción y llenando los nuestros de vergüenza.

Los españoles sabemos bien qué es salir corriendo con lo poco que se tiene encima. La guerra civil y el hambre fabricaron miles de exiliados y emigrantes que se repartieron por países europeos, africanos y americanos. En el nombre de esa historia tan cercana la sensibilidad social de este país, además católico por excelencia, debería ser especial con este problema.

Problema que no tiene, efectivamente, una solución fácil. Nadie para la guerra. A estas alturas ya se les ha ido de las manos a los que fabricaron el tejemaneje bélico, aquellas contagiosas “revoluciones”, aquella “primavera árabe” que derivó en un invierno frío, prólogo de este sangriento y difícilmente entendible embrollo de Siria.

La realidad del Africa Subsahariana sigue estancada en el olvido del resto del mundo, la ausencia de recursos sociales, de gobiernos democráticos y eficaces, en la carencia absoluta de industrialización, en la falta de medios que favorezcan el acceso al trabajo, a la sanidad, a la educación.

Las sociedades de los países desarrollados son muy sensibles en los casos de grandes catástrofes. Con ocasión de desastres naturales como el huracán “Micht” o el tsunami en Indonesia, se recaudaron miles de euros en muy poco tiempo por donaciones anónimas. Sin embargo se ponen reparos cuando se trata de acoger a los refugiados de esta gran catástrofe de la guerra y el hambre. La solidaridad parece que se percibe como una obligación moral, posiblemente anclada en el poso de la educación religiosa, que se ejerce mejor entregando algo de dinero que realizando acciones que suponen un mayor grado de implicación personal.

La difícil solución al problema de las migraciones no está en manos de los ciudadanos de a pie que muy poco pueden hacer para cambiar estas situaciones. Lo trascendente está en manos de los estados. Estados que deberían de ser independientes, libres y coherentes, ausentes de posturas hipócritas, honestos, con amplia memoria histórica propia y ajena, humanos y humanistas.

Cabemos todos. Si la crisis económica se salva, todavía con más de 4 millones de parados, será a costa de apretar el cinturón a las clases menos afortunadas. El capital, la riqueza, sigue en las mismas manos que no han cedido ni un ápice, es más, en muchos casos y gracias a la quiebra popular aún se han enriquecido más. Hay un injusto reparto social, un alto desequilibrio.

O nos salvamos juntos o todos nos destruimos. La solución a las migraciones no pasa por el cierre de fronteras, por las alambradas, por la represión. Hay que eliminar los factores desencadenantes; que desaparezcan la guerra, el hambre, el subdesarrollo. En modo alguno es tarea fácil y son los gobiernos los primeros responsables en conseguirlo. Para ello deben de ser libres y honestos, algo muy poco posible en esta gran farsa mundial. A los ciudadanos nos toca exigírselo en la calle o en las urnas y a la vez ejercer la denuncia, ser la voz de los que no la tienen y gritar con fuerza contra la intolerancia, el odio, la mentira y el egoísmo.

Mientras tanto colocar un colchón sobre el pasillo de cada casa.

4 pensamientos en “LA PEQUEÑA HISTORIA DEL COLCHON EN EL PASILLO

  1. Muy bueno javier A lo mejor tenemos todos q salir con un colchón a la calle y exigir a nuestros gobernantes q no permitan fanatismos q hagan q la pobre gente prefiera arriesgar la vida de sus hijos q vivir en su casa . Un BSC y un placer como sp saber de ti

    Me gusta

    • Buenísimo, todos deberiamos cocienciarnos pero los que verdaderamente tienen que hacerlo ,como tu muy bien dices miran para otro lado y de humanidad cero,pero eso si van a misa…

      Me gusta

  2. Querido Dr.Javier Pardo, me has dejado anonadada…no se como he llegado a tu articulo del “colchón en le pasillo” y me he encontrado una visión realista y veraz, una critica desgraciadamente cargada de razón, que hace que tiemblen nuestras conciencias culpables…todos nos hemos rasgado las vestiduras con la foto del niño de la orilla…pero a pesar de que me ha gustado tu articulo a rabiar, todo todo, me siento muy pesimista eso que dices: “Lo trascendente esta en manos de los Estados. Estados que deberían de ser independientes, libres y coherentes, ausentes de posturas hipócritas, honestos, con amplia memoria histórica propia y ajena, humanos y humanistas”. No lo termino de ver, los estados son entes fríos, para nada buscan, ni saben, lo que es ser trascendentes, no van mas allá de sus propios intereses, del juego partidista y de intereses económicos. Tan solo la visión del hombre formando parte de ese estado, es capaz de transformar el juego, solo el hombre aunque manipulado como todos, tiene la fuerza de trascender, de alcanzar una solución, pero se ve todo tan lejano, tan controlado…mientras tanto, no sé que podemos hacer cada uno de nosotros de forma particular, como no sea lo que tu dices, poner un colchón en el pasillo de nuestra casa…!!podemos intentarlo¡¡…me ha encantado encontrarte por estos lares…

    Me gusta

  3. Pingback: Fermín, el AVE y la Mikado 141 (Reflexiones de un nómada) | DESDE LA GAVIA

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s