GUERRILLEROS ARAGONESES EN COLOMBIA – TRAS LAS HUELLAS DE CAMILO TORRES (I)

 

 

Alfamén es un pueblo de la provincia de Zaragoza donde viven unas 1.600 personas dedicadas en su mayor parte a la agricultura.
En esa localidad nació en 1943 Manuel Pérez en el seno de un humilde hogar campesino. En aquellos años la manera de que estas familias con pocos recursos facilitaran

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DOMINGO, JOSE ANTONIO Y MANUEL (FUENTE: HERALDO DE ARAGON)

estudios a sus hijos era el ingreso en el Seminario, buena salida académica escasamente gravosa para la economía familiar y sin la obligatoriedad de acabar siendo eclesiástico. Manuel a los diez años ingresó en el Seminario Menor de Alcorisa (Teruel) donde estuvo hasta los tres últimos de su carrera sacerdotal que pasó en el Seminario Mayor de Zaragoza, siendo ordenado sacerdote en 1966 junto con José Antonio Jiménez, del pueblo turolense de Ariño, y Domingo Laín de Paniza, pueblo de la provincia de Zaragoza.
Los tres, años después, morirían en las montañas colombianas siendo guerrilleros integrantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), los “elenos”.

CANTERO

MONSEÑOR CANTERO CUADRADO

Para entender hoy toda esta historia es necesario situar el contexto en el que se movía el mundo en aquellos años. En España los coletazos de la guerra civil se notaban todavía con fuerza. Franco, bien instalado en el poder, gobernaba con mano férrea. Los ilegales partidos políticos y los sindicatos clandestinos, sobre todo el Partido Comunista y Comisiones Obreras, plantaban cara al dictador siendo contestados con una fuerte represión. El desarrollo económico iba paralelo a los fenómenos de agitación. En las fábricas y en la universidad se escuchaban voces disidentes y en los barrios de las grandes ciudades comenzaban a estructurarse organizaciones reclamando derechos y exigiendo cambios. Buena parte de la sociedad española se movilizaba contra la dictadura.
Los asesinatos de sacerdotes y religiosos, la quema de iglesias, el anticlericalismo republicano había hecho que en la guerra civil, la “cruzada”, la Iglesia oficial se alineara con los rebeldes y que luego permaneciese fiel al franquismo. A su vez Franco la instrumentalizó para conseguir sus fines. Iglesia y Estado se ayudaron mutuamente en una relación simbiótica, prueba de ello son los cargos políticos que el Arzobispo de Zaragoza, Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, ostentó hasta pocos años antes de su muerte en 1978: Procurador en Cortes, Miembro del Consejo de Reino y Miembro del Consejo de Regencia.
Cantero en 1964 había sucedido en Zaragoza a otro Arzobispo afín al régimen franquista, Casimiro Morcillo, y fue en esa época, entre los años 1960-1970, cuando los primeros vientos de renovación religiosa azotaron las vicarías y los palacios arzobispales. Se comenzó a hablar de la Teología de la Liberación importada de los convulsos pueblos latinoamericanos; los curas obreros fueron menudeando en las populosas barriadas de las ciudades, muchos de ellos guardando un equilibrio muy inestable en sus relaciones con las jerarquías religiosa y civil, renunciando a los tradicionales privilegios eclesiásticos y conviviendo – a veces siendo factores de agitación- con las comunidades de trabajadores, muchos de ellos emigrantes de pobres regiones campesinas andaluzas, extremeñas o aragonesas. En la sociedad civil, y como fenómenos de progresismo religioso, aparecieron las Comunidades de Base, la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) que entre otros grupos cristianos con visión social de su fe contribuyeron a difundir un aire fresco entre la modorra existente entre sacristía y la calle.
Esta nueva Iglesia recibió de inmediato la contestación por parte de la jerarquía eclesiástica y de los medios sociales más conservadores que percibían su aparición como una amenaza a lo establecido, muchas veces como “avanzadilla o infiltrados del comunismo”.
Un elocuente ejemplo sucedió en la provincia de Zaragoza en lo que se denominó “El caso Fabara”. En 1974 Cantero Cuadrado destituyó al cura de la población zaragozana de Fabara, Wirberto Delso.

WIRBERTO

WIRBERTO DELSO

alfonso carlos comín foto fundación alfonso comín

ALFONSO CARLOS COMIN (FOTO: FUNDACION A. COMIN)

El sacerdote vivía de su salario cosiendo balones de fútbol y fue acusado por su peculiar actividad pastoral en la que establecía un discurso sobre la justicia social “de corte marxista”, aceptaba como moralmente lícitas las relaciones prematrimoniales, proporcionaba a los jóvenes educación sexual y, además de otras desviaciones dogmáticas, fomentaba la rebeldía de los jóvenes contra la estructura familiar y tenía una “visión equívoca del sentido de la libertad”. Fue amonestado y se le aconsejó reflexionar y modificar su metodología pastoral . Al no aceptar las opciones que el Arzobispo le proponía fue cesado como párroco de la localidad. Aquello encendió la mecha de la solidaridad en otros sacerdotes inmersos en aquella Iglesia renovada y 24 de ellos mostraron a Cantero su desacuerdo y le presentaron la dimisión de sus cargos pastorales, dimisiones que el Arzobispo aceptó. Este suceso, ya en el franquismo tardío muestra la crisis que vivió en aquel momento la Iglesia y los esfuerzos renovadores de muchos sacerdotes y religiosos jóvenes que percibían la fe y el ejercicio de su ministerio de manera muy diferente a la tradicionalmente establecida.
Pero no fue solo en el seno de la Iglesia en donde se agitaban las aguas. El debate se produjo también en la sociedad civil en la que surgieron personas y colectivos que desde su reconocida posición como católicos creyentes reclamaban cambios estructurales tanto materiales como ideológicos. Una figura española clave en este proceso fue Alfonso Carlos Comín que nació en Zaragoza en 1933 aunque su corta vida, murió a los 47 años, se desarrolló en Cataluña a donde a los 6 años se trasladó a residir su familia. Alfonso C. Comín fue un “cristiano de izquierdas” que denunció la manipulación de la fe cristiana por el nacional-catolicismo, trabajó incondicionalmente con los emigrantes andaluces en Cataluña, miembro del PSUC-PCE fue ejemplo vivo de la compatibilidad entre cristianismo y marxismo y su vida una entrega a la justicia, la libertad y la lucha por la igualdad. Murió en 1980.
Esta era la realidad social y religiosa de España entre los años 1960-1975, la España en la que vivían los tres seminaristas Manuel, José Antonio y Domingo.
Además de todo esto hacía muy poco que la Revolución Cubana había triunfado y sus protagonistas convertidos en mitos se imbrican en ese inconsciente colectivo que entendía la lucha social con el fusil en la mano, encendiendo la mecha de polvorines sociales latinoamericanos que veían en la lucha guerrillera la esperanza, a veces la única, de un mundo mejor.  La crisis de los misiles en Cuba llevó al mundo al borde del caos y tras su solución a última hora los estados se posicionaron más estrictamente en ese difícil equilibrio de la Guerra Fría. Y a la vez, en oriente, Mao, Vietnam, Camboya…todo el mundo parecía colocarse en extremos difícilmente compatibles. Mayo del 68 estaba al caer.
En esos años los tres seminaristas, ya estudiando en el Seminario Mayor de Zaragoza, pasaban sus veranos trabajando en Francia donde conocieron a fondo el difícil mundo de los emigrantes y de los exiliados españoles. En Francia el fenómeno de los curas obreros estaba más desarrollado que en otros países lo que hacía un efecto llamada sobre seminaristas españoles, italianos y alemanes.
Todo aquello tuvo un efecto directo sobre la educación tradicional que habían recibido en España. En palabras* de Manuel:
Yo no podía decir que las contradicciones que veía en el marxismo cuestionaran mi vocación sacerdotal. Yo no veía ningún impedimento para trabajar con los obreros y para trabajar como obrero siendo sacerdote. Lo que sí estaba cuestionando cada vez más eran muchos aspectos de la fe tradicional que yo había recibido. Pero eso más que por el marxismo, por la vida en el mundo del trabajo y por acercarme a los problemas de los obreros”.
De manera que esos veranos de trabajo en Francia hicieron ver a los tres futuros sacerdotes que el mundo real era diferente a lo que conocían. En su entrega a los demás a través de la religión planteaban para sus vidas la realidad evangélica y optaron porque su ministerio se dedicara al mundo de los pobres, de los desheredados de la tierra, a vivir, según sus palabras “…un compromiso de encarnación…pero qué significa encarnarse?, encarnarse quiere decir ser consecuente, meterse para no salirse, no tener esperanza de retroceso…”. Y ellos, según sus criterios, no se “encarnaban” en Francia, ya que pasaban allí una pequeña temporada y luego volvían a la comodidad de su Seminario.
Buscando ese lugar ideal para desarrollar su aspiración pensaron en Latinoamérica y fueron al Seminario Hispanoamericano de Madrid. De la relación con sus compañeros latinoamericanos intuyeron que “…allá había más pobreza que en Europa y era esa pobreza mayor nuestra motivación para ir…”. En ese seminario conocieron, además, la figura de Camilo Torres del que todos hablaban con entusiasmo y, paralelamente, de la situación política y social que entonces había en Colombia.
El año en el que fueron ordenados sacerdotes, 1966, llegó la noticia de la muerte, siendo integrante de un movimiento guerrillero, de Camilo Torres. La polémica, tremenda según ellos, en el Seminario se establecía entre comunismo o no comunismo, la licitud de la violencia, de la lucha armada, del papel del sacerdote en medio de estos conflictos. Y a pesar de que algún compañero colombiano, buen conocedor de la situación social de su país, afirmaba: “Un momentico! ¡La violencia no se puede condenar así sin más!”, ellos no tenían elementos para entenderlo porque “…me inclinaba por la no violencia, porque a uno le dolía que los conflictos se tuvieran que arreglar por esa vía, a uno se le hacía duro que la violencia fuera necesaria. Y no sólo por la educación cristiana, sino porque viviendo en Europa uno dice: violencia, ¿para qué?…”.
Por fin Manuel fue ordenado sacerdote y marchó a Getafe, entonces barrio obrero de Madrid, en donde con otro cura alquilaron un piso y comenzaron a trabajar en una fábrica. En 1967 partieron los tres a Latinoamérica, Manuel y José Antonio a la República Dominicana y Domingo a Colombia.
* Los párrafos entrecomillados son extractos de “Manuel, El Cura Pérez” de María López Vigil, Editorial Txalaparta, España 1990

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