VIAJE A LA HABANA (VI)

Después de pasar un día recorriendo el campo, lagunas , monte, cafetales, manglares… tras mitigar el calor en un delicioso baño en el San Juan, revivo las imágenes acumuladas y ordeno las notas revueltas en mi cuaderno de viaje.

Escenas en las que todos los matices del verde se adueñan de palmas, de extensas praderas empachadas de hierba, centenares de especies vegetales en un crecimiento lujurioso abrazándose unas a otras, en una borrachera de clorofila, tierra fértil y humedad.

Trópico en estado puro.

Intento redactar mis sensaciones pero estos días estoy leyendo un libro de Guillermo Cabrera Infante, “Vista del amanecer en el trópico” (Narrativa Mondadori), y tras  alcanzar la página 82 necesariamente debo de dejar mi torpe escritura para transcribir, íntegro, un capítulo en el que el autor describe nos sólo el campo sino a Cuba entera.

Impresionante texto. Disfrútenlo.

GUILLERMO CABRERA INFANTE (FOTO WWW.AVIZOR.COM)

GUILLERMO CABRERA INFANTE (FOTO WWW.AVIZOR.COM)

La sierra no es un paisaje, es un escenario. Antes de llegar a ella está la sabana, de tierra amarilla y colorada, con ríos torrenciales o arroyos secos o pasto inagotable o paja amarilla y quemada o grandes polvaredas, según la estación y el tiempo. Y están los centrales, las fincas, los potreros: caña y árboles frutales y reses por millares. Del otro lado (a doscientos kilómetros) está el mar, en olas que esculpen las piedras en guijarros o en abstractas estatuas de coral o en playas estrechas, y (a veces con una simple marea) las montañas que bajan a pico a hundirse en el océano. O están los mangles, el pantano: el estero de fango y de mosquitos. En las estribaciones hay la vegetación tropical y quizá cocoteros y palmas. Está también la manigua que crece por la noche sobre el sendero abierto en la mañana. A veces hay árboles del pan y curujeyes entre las ramas de la ceiba y el dagame, para el viajero muerto de sed o hambriento, y de adorno bonito, las orquídeas salvajes. Quizá halle caimitos o un mango extraviado o papayas silvestres y de seguro anones y guayabas y árboles de maderas preciosas, si no pasó por allí antes el carbonero  nómada. Más arriba ya no hay matas con frutas y comienza a encontrar los helechos gigantes y la palma de corcho y otras plantas que estaban allí antes del diluvio. Pero la manigua lo acompaña todavía: es un mundo vegetal, aunque es posible que vea majás y jubos, que son serpientes y culebras inofensivas al hombre. Verá también la jutía, esa enorme rata comestible, y muchas, muchas aves. Es probable que encuentre el extraño espectáculo de un árbol seco florecido de auras, los buitres cubanos. O tal vez otro árbol con nido de carairas a punto de caerse por el peso. Verá aves (zunzunes) que parecen insectos y
                                                                     mariposas del tamaño de pájaros. La marcha se la impide ahora el tibisí, que sustituye al marabú y al aroma en la tarea de hacer diques vegetales, macizos con púas que el machete apenas araña. Aquí y allá verá troncos de un metro o dos de diámetro y forma tubular: es el árbol barril, que arriba crece del arbusto sabanero que es abajo en un perfecto tonel viviente.

El aire se hace tenue y a veces el viajero está rodeado de nubes y cuando sirven de alfombra es que hay delante un precipicio. Se camina entre abismos por pasos de medio metro de ancho y mil quinientos, mil ochocientos, dos mil metros de altura. Las bajadas son verticales y el único punto de apoyo para el pie o la mano en precario equilibrio son raíces y arbustos y alguna piedra dura. Cuando se encuentra una meseta, todo es verde: hasta la luz solar es verde. El suelo está cubierto de un verde tapiz  vegetal, los árboles, los arbustos y la manigua muestran la gama íntegra del verde. Los troncos de los árboles están  cubiertos de un liquen que es como orín verde, pero mojado al tacto: esa verde realidad es húmeda. De las hojas gotean miles de perlas de lluvia y, al pisar, la hierba se hunde con un chasquido acuoso. Sobre las rocas musgosas hay cristales líquidos y el camino está cruzado de arroyos  menudos, por venas de agua. La temperatura es de pocos grados sobre cero y la luz apenas atraviesa el follaje. En un claro aparece un trapo de nube y el sol lo ripia y por el rayo trepa una espiral de vaho. No hay aire, pero de cuando en cuando se siente una ráfaga fría. Lejos, abajo, está el mar gris a un lado y al otro lado y al otro se ve ahora gris la sabana”

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Poco más se puede decir. Mejor imposible.

 

 

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