Hacía mucho tiempo que no contemplaba un arco iris tan grande, tan hermoso; mañana de lluvia débil e irregular y un sol joven enviando su potente luz desde el horizonte, creando esta belleza semicircular, alta y extensa. Uno de los extremos se hunde en la tierra en un alarde cromático de transparencia fantasmal, está ahí pero no existe. Voy conduciendo por la autovía camino de Huesca, no puedo detenerme para contemplarlo como yo quisiera. Esa belleza, la belleza de lo intangible, me emociona. Su fuerza depende de esa realidad intocable, de la paleta colorida que constituye su existencia inmaterial, de la brevedad de su vida, de su naturaleza efímera: en unos minutos habrá desaparecido.
Llueve en Huesca, en esta antigua y pequeña ciudad en la que casi todos sus habitantes se conocen. Paseo bajo el paraguas por calles amables hechas para caminar despacio, para la contemplación y la tertulia, buscando un lugar en el que tomar un café y hojear el periódico. Ese momento mágico, café y prensa —años atrás hubiera añadido el cigarrillo, pero ya no…—, sin ocupaciones urgentes, me condiciona una felicidad que será, como el arco iris, efímera pero será felicidad al fin y al cabo. A mi lado otras personas ociosas conversan empapando su tranquila existencia en el café con leche.
Leo que ayer llegaron unos migrantes africanos trasladados, por sorpresa dice el gobierno aragonés, desde las Islas Canarias donde horas antes habían finalizado su travesía desde las costas africanas en esas naves coloridas, como arcos iris flotantes, tan extraordinariamente frágiles sobre las olas, como incalculable la miseria que les hace arriesgar sus vidas para escapar del azar de su nacimiento, del hambre, de la pobreza, de la guerra.
De Senegal, o alrededores, a Canarias y de allí a un hotel cercano a Huesca y a otro de Sabiñánigo, en las estibaciones del Pirineo; del desierto, de la selva tropical, al frío y la nieve de las montañas.
Mitigo un tanto la sensación de tristeza que me provocan las luctuosas noticias de Oriente Medio con el delicioso artículo, del magnífico escritor-panadero Julio José Ordovás, «Frutas de Aragón», en el que cuenta entre otras cosas que en un pueblo griego un rebaño de ovejas comieron 100 kilos de marihuana en la plantación de una empresa farmacéutica, lo que le da pie a divertidas reflexiones. Magnífico escritor polivalente este hombre con profundas raíces en la planicie de Belchite, posiblemente influido por el sol y el viento que agita por allí los secanos en su camino alocado hacia el Delta del Ebro. Leer su prosa en «El Peatón Sentimental» o «Castigado sin dibujos» es disfrutar de una escritura sumamente original, que trasmite belleza y emociones en cada línea.
En la calle ha salido el sol, otoñal y cálido, que convierte en una delicia el nomadeo tranquilo. Frente a mí se alzan, al fondo de la calle, los montes de Guara cercanos. Distingo el pico Gratal que me recuerda años juveniles por sus sendas y laderas, Bolea con sus cerezas, su colegiata, la belleza de sus calles y entorno, y mi querido amigo Paco al que estos días tengo muy presente porque atraviesa un difícil quebranto de salud. Lo superará, estoy seguro, con sus médicos, su fuerza, el amor con que lo arropa su familia y los deseos que los amigos le enviamos en todo momento. Porque, además, nosotros, los de esta tierra «somos, como esos viejos árboles» que cantó Labordeta.
Más allá, hacia el norte de Guara, está Sabiñánigo y sus nuevos vecinos africanos, los desheredados de la tierra, los exiliados del hambre y la desesperanza a los que imagino atónitos, llenos de asombro, sacudidos por los cambios súbitos de paisajes, de clima, de cultura, llenos de ansiedad y miedo, todavía no repuestos de la sorpresa de seguir vivos. Y un poco más allá, en pleno Sobrepuerto, los huesos de mi abuelo durmiendo su frío descanso en el silvestre cementerio de su aldea.
No conocí a mi abuelo Inocencio. Un buen día, acompañado de parte de su familia y de vecinos de la minúscula aldea pirenaica donde vivían, hartos todos de aquella maldita guerra, tomaron una senda que a través de las montañas les dejaría en Francia. Aldeanos ya entrados en años, los jóvenes se estaban matando unos a otros en los frentes de batalla, mujeres, niños y posiblemente alguna caballería cargada con lo que los pobres tienen de indispensable como pertenencia. Les espoleó el miedo y la amenaza; aquellas montañas en las que habían aguantado hasta entonces habían pasado alternativamente de unos a otros, al final les contagió ver que los últimos hombres armados, los perdedores, comenzaban a escapar y les decían que llegaban los otros subiendo las fatigosas cuestas a sangre y fuego.
Tuvieron suerte porque entonces la frontera estaba abierta, luego no fue así, y fueron protegidos por la generosa hermandad de los campesinos franceses. Aún así vivieron refugiados en cuadras, almacenes, pajares; tuvieron que trabajar mucho sólo para comer. Afortunadamente el oficio campesino era similar en todas las naciones.

Inocencio con su escasa familia volvió a cruzar los Pirineos cuando finalizada la guerra disminuyó el miedo y le permitió regresar. Llegó enfermo y poco después, ya en su casa, murió. Sus restos reposan en el cementerio agreste de su aldea, en una fosa, bajo una espesa hierba y coronada por una lasca de piedra que uno de sus hijos colocó años después de su muerte.
Lo recuerdo hoy pensando en los africanos recién llegados a nuestra tierra, exiliados para salvar la vida en busca de una ilusión que tiene la misma belleza de lo inmaterial que el arco iris, la esperanza intangible, la esperanza como deseo, el sueño de un destino que les permita vivir con algo de dignidad.
Lo recuerdo estos días al sentir el alma encogida por esa violencia desatada en Israel y Gaza. Hoy, cuando un infinito desastre se abate, una vez más, sobre los palestinos, emerge la memoria del exilio de miles de españoles empujados por la maquinaria de la guerra y el odio. Muchos no volvieron; otros lo hicieron y fueron directos a la cárcel, al paredón o a llevar una existencia miserable porque el nuevo estado les anuló sus propiedades, sus títulos, sus profesiones, la esencia de su humanidad.
Hacinados en el sur de Gaza, los palestinos esperan que alguien abra la puerta de escape hacia un futuro tan precario como indigno. Atrás quedan muertos y heridos, sanitarios que no abandonan a sus pacientes en hospitales en donde están dejando de funcionar los equipos por falta de energía, personas hastiadas que no han querido abandonar sus hogares, «prefiero morir de una vez» es un testimonio común; hombres, mujeres y niños que no tienen cómo escapar de la ratonera. Asedio medieval, sin agua, sin comida, sin energía eléctrica, con los milicianos de Hamás impidiéndoles la huída, bajo las bombas, con las amenazas constantes de Israel de ejercer su venganza sobre toda la población palestina sin discriminación alguna.
Los grupos violentos extremistas, los denominados «terroristas», no van a respetar, por definición, ningún tipo de norma. Lo suyo es la violencia con saña: torturar, herir, secuestrar, matar, destruir, en medio de soflamas incendiarias justificando sus incomprensibles objetivos. Son los estados democráticos, también por definición, los que deben acatar códigos morales y legislaciones internacionales. Cuando no es así, sus crímenes les sitúan al mismo nivel que el terrorismo que pretenden combatir. Israel ha sufrido estos días un terrible ataque pero esa violencia extrema, sus múltiples crímenes de guerra, no justifica la respuesta brutal y generalizada, la muerte indiscriminada de los palestinos de Gaza, el hermético cerco de una población recluida entre fronteras cerradas y protegidas por una potentísima maquinaria bélica.
Yasser Arafat, «…con el fusil de combate en una mano y en la otra una rama de olivo…», pidió que no dejasen caer su propuesta de paz. Con Isaac Rabin y Simón Peres llegaron a históricos acuerdos, un extraordinario punto de partida para una convivencia armónica que dejase atrás el pasado, que les hizo merecedores del Premio Nobel de la Paz en 1994. Todo fue efímero como el arco iris; los extremistas de ambos lados mataron a Rabin y a Arafat y reventaron la belleza de la paz desencadenando una endiablada sucesión de enfrentamientos violentos y muerte.
Apoyados por los gobiernos hegemónicos de EEUU, con numerosas naciones mirando hacia otro lado y otras azuzando el avispero, los israelitas se fueron expandiendo en el territorio haciendo caso omiso de las determinaciones de la ONU y avasallando al pueblo palestino que ha ido involucionando hacia la pobreza, el hambre, el paro, a la obediencia obligatoria a normas impuestas, a una vida indigna, encarcelados en su propio territorio. Un buen caldo de cultivo para el desarrollo de grupos extremistas de resistencia.
Un viernes de oración musulmana en la ciudad vieja de Jerusalén vi a los palestinos orar, inclinándose hasta casi tocar con sus cabezas las puntas de las botas de soldados israelíes colocados estratégicamente, repletos de armas, jactanciosamente erguidos frente a centenares de personas arrodilladas en el suelo milenario. Todo un símbolo.
Acabo mi paseo por las estrechas calles del centro histórico de Huesca ocupado en la búsqueda de un antiguo horno artesano [Panadería Hermanos Cuello, Sancho Abarca 31, 22002 Huesca] en el que convierten, como mágicos alquimistas, la masa de harina en maravillosas obras de arte. Al salir del pequeño establecimiento con mis dobladillos en la mano, vuelven mis ojos en su obstinada tendencia a mirar al norte. Siguen allí los montes de Guara; sobre sus cimas unas nubes blancas, grises y cárdenas acentúan la belleza del paisaje. En estas viejas calles casi solitarias hay sol y paz.
Es difícil creer que en este bello mundo exista tanta injusticia, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta muerte. Ojalá fueran tan efímeros como el arco iris.
© CHUAN ORUS 2023