BANGKOK

Hace muchos años yo estaba en la orilla del Ganges, en el ghat de Manikarnika de Benarés, dejando en las aguas sagradas una pequeña lamparilla flotante, pidiendo a los dioses felicidad y protección para todas las personas a las que había hecho daño. Era una noche extremadamente húmeda y calurosa. A mi lado dos mendigos se despiojaban, una vaca soltaba un estrepitoso y prolongado chorro de orina y varios sacerdotes con la frente marcada con el tilak de Shiva celebraban una ceremonia con fuego en la orilla del río sagrado. No era el único, mi lámpara navegaba río adentro junto con otras muchas más formando un grupo de diminutos puntos luminosos en la oscuridad de la noche y yo sumergía mi espíritu en las aguas de mi arrepentimiento en aquella sincera petición de perdón.

            Había estado antes en el crematorio próximo atónito y sobrecogido en la oscuridad de la noche junto a los cadáveres que se consumían abrasados en las piras, iluminado por las llamas, en una posición discreta y respetuosa mezclado con los duelos de los familiares, en un ritual tan crudo como natural controlado por los intocables. Un cúmulo de extrañas sensaciones para un occidental, una profunda reflexión sobre el ser y la nada, sobre la existencia y las creencias. Aquello no era ninguna destrucción, solamente un cambio, una transformación, la demostración práctica del enunciado de Lavoisier.

            Luego amaneció un nuevo día de cielo rosado y los ghats se llenaron de monos y de miles de personas, bindis y tilaks en sus frentes, que comenzaban su jornada sumergiéndose en el cauce del gran río, llenando recipientes domésticos con las sagradas aguas verdosas, conversando con los sacerdotes, llenando el paisaje de saris coloridos. La vida y la muerte, el ciclo vital, tenían su principio y fin en aquellas orillas. Muchos hindúes viajan a Benarés con la esperanza de morir allí.

            No sé a dónde iría aquella diminuta vela incrustada en una cáscara de coco que navegó aquella noche por las aguas del Ganges. Seguí entonces mi deambular oriental. Luego volví a occidente con el alma ligera para recargar la capacidad del recuerdo y llegar al punto límite del hastío que hace necesario volver a ese placer que es, según Manuel Vicent, «…preparar la maleta para viajar que solo es comparable al hecho de regresar a casa para convertir en humo de la memoria la experiencia vivida »

            Y de nuevo a Oriente. Una y otra vez.

            Me ocurre como a Dos Passos (… viajar al este o al sur me provoca alegría, sin embargo si me muevo al oeste o al norte me embarga la tristeza…) y vuelvo una y otra vez y, como dice Osborne, «…vas y vienes entre Oriente y Occidente y de pronto ya no tienes ni puta idea quién eres»

            Le doy la vuelta a estos pensamientos, a veces estaría bien tener un interruptor que apagase la máquina de pensar, mientras comemos mangos amarillos como el sol, de piel blanda, dulces, jugosos. Se escurre el zumo por las comisuras de los labios y, como si fuéramos niños muy pequeños nos mojamos los dedos, nos manchamos la ropa, gozamos comiendo con las manos, esas maneras primitivas y placenteras de interaccionar con los alimentos. Nacho propone buscar «…huevos de hormigas agrias que son como paquetes de pus que estallan en la lengua…» (Osborne) pero a nadie le interesa. Con una cerveza Shinga en la mano, como mucho, probamos los gusanos del bambú y grillos fritos que son crujientes con un punto ácido y me recuerdan a las hormigas y saltamontes que comí por África.  Un poco más allá hay unas muchachas occidentales que comen escorpiones y arañas; muy exótico, pero yo prefiero el jugoso mango acompañado de arroz glutinoso, o calamar, gambas o langostas asadas en las pequeñas parrillas de carbón.

            Soy uno de los 10 millones de habitantes que acoge hoy Bangkok, una urbe inmensa, desordenada, caótica y llena de contrastes. Una  ciudad destinada al amor o al odio. Esas de las que te vas contento por abandonarla y al poco quieres volver para amarla sin medida hasta que se agote, pronto, ese amor y la aborrezcas. Conozco esa sensación repetida en muchas ciudades y territorios, la mayoría situados en el oriente. La disfruto al atardecer desde la azotea, a 314 metros de altura, el piso 75 del rascacielos Torre Mahanakhon, uno de los más altos de Tailandia. El edificio tiene una estética especialmente bella surgida del genio Ole Scheeren, su arquitecto; sugiere una pixelación de su volumen, como si parte de la fachada se hubiera fragmentado en grandes cubos que se han desprendidos o desplazado. Desde la poderosa atalaya se disfruta de una visión en 360º de esta ciudad que parece no terminar en el horizonte. Los edificios convencionales se alternan con grandes rascacielos de diseños asombrosos y grandes espacios verdes, como si la selva invadiese la ciudad o la ciudad se adentrase en el bosque.

            En uno de sus lados hay una superficie con suelo de cristal, hay que pisarla sin zapatos, desde donde se disfruta, o se sufre, una gran sensación de vacío que algunos no soportan. Sentado en unos amplios escalones que superan el nivel de la azotea contemplo cómo el fin del día colorea de cobre brillante el río Chao Phraya que parte Bangkok oblicuamente en suaves curvas. Hay música, pequeñas mesas con lamparitas donde consumir los productos del bar mientras se contempla el paisaje. Algún potenciómetro sobrehumano va disminuyendo la luz del día y encendiendo, poco a poco, la iluminación de los edificios, los focos de los automóviles, las farolas de las calles. Al final las avenidas son hileras de coloridos puntos luminosos. Todo, desde aquí, parece una gran habitación llena de diminutos juguetes. Desde allí abajo también ascienden los contrastes ásperos y sinuosos que nacen en el fondo y alcanzan la irrealidad de esta gran atalaya en la que todo es falso, desde el vacío del que protege el suelo acristalado hasta la sensación de pertenencia a un mundo irreal al que se llega o del que se huye por un ascensor de velocidad inusitada, imperceptible, casi milagrosa.

            Un túk-túk nos lleva a Chinatown a toda velocidad y el conductor, muerto de risa, intenta derrapar en las curvas de las calles desoyendo las protestas de Dolores. Por el día, el barrio chino, tiene una febril actividad comercial que la noche no detiene, realmente la aumenta, pero cambia el escenario a calles profusamente iluminadas por gigantescos y coloridos neones repletos de grandes caracteres chinos. Decenas, centenares de puestos de comida al aire libre, mesas que invaden aceras y calzadas entre el gran atasco de tráfico, en una atmósfera donde se mezcla el olor a tubo de escape con el aroma de la leche de coco, de la lima, de las especias, de los chiles friéndose en las grandes sartenes, las parrillas donde se asan peces y mariscos pescados en la inmediata bahía de Tailandia, el de las pequeñas cocinas que ofrecen fideos con albóndigas de pescado, sopas tom yum, currys de cangrejos o el omnipresente, barato y delicioso pad tai. En Khao San Road, la antigua y nostálgica calle de los mochileros, encontramos el reclamo de un gran cocodrilo asado como si fuera el producto de un asador argentino en pleno oriente. Hay garitos con música en directo y antros coloridos donde tomar cerveza fría. Centenares, miles de personas, de aquí para allá, haciendo del paseo ocioso una actividad lúdica y vital.

            La noche de Bangkok es húmeda, cálida e inagotable. En los numerosos salones de masajes sus trabajadoras esperan sentadas en las aceras la llegada de clientes. Junto al repleto mercado nocturno de Pat  Pong hay bares con barras verticales en las que bailan sin entusiasmo alguno jovencitas con ropa minúscula mientras babean cerveza turistas de camisas coloridas. Su fama creció a expensas de la guerra de Vietnam cuando los soldados norteamericanos pasaban allí sus permisos y las películas de Hollywood, con temas de este sangriento conflicto, que hicieron famosas las habilidades genitales con pelotitas de ping-pong. Menudean los taxis a la caza de clientes, los túk-túk, las putas delgadas con cara de niñas y edad indeterminada y chulos con gafas de sol en plena noche oscura y pintas patibularias de asesinos de película.

            Antes de la salida del sol ya hay una frenética actividad alrededor del río Chao Phraya y los canales que se infiltran por la ciudad como vasos sanguíneos que le suministran vida. El río y sus canales son el sumidero donde se arrojan los residuos, las calles líquidas por donde se mueven miles de tailandeses, el lugar donde flotan las mercancías, el orto y el ocaso cotidiano. Por las orillas menudean los grandes varanos, esos lagartos gigantescos que nadan por las aguas verdosas, o sestean al sol en las orillas impasibles al paso constante de todo tipo de barcos. Tienen el hocico largo y fino, lo ojos pequeños, el cuerpo fusiforme y una larga cola de saurio mitológico. Aunque son inofensivos, dicen, prefiero retirar el brazo del costado de la barca por la que recorro canales llenos de basura, hierbajos, masas de jacintos de agua y barro. Cruzan a toda velocidad las lanchas de largos ejes coronados por hélices poderosas que mueven motores de camión. El mundo acuático es otra de las realidades de Bangkok, una Venecia oriental con olor a fango y gasolina, de canales repletos de barcas estrechas, extrañas góndolas sin gondoleros, que los recorren a toda la velocidad. Barcos, barcas, barcazas, barquitos y grandes naves, entran y salen, cruzan las orillas, pasan las exclusas ascendiendo o descendiendo las alturas. Como los vaporettos venecianos hay una extensa red barcas de línea que permiten de una manera muy rápida y barata de recorrer la ciudad y explorar las poblaciones ribereñas más allá de Bangkok sintiendo el viento en el rostro y observando a la risueña población local. Junto a uno de los canales nos sorprende un inmenso Buda que empequeñece con su magnitud a todo lo que lo rodea. Casas muy humildes, tablas y chapa, enmohecidas por la humedad bordean las orillas. Más allá se alzan los grandes rascacielos y los templos que coronan las colinas.

            Al atardecer, por las calles, por el tren elevado, por el subterráneo, como un incesante desfile en un inmenso hormiguero, la vuelta a casa se acompaña de bolsitas de plástico en las que llevar la cena. La calle está plagada de numerosos puestos de comida. También en los canales, en los mercados flotantes, se puede comprar cualquier cosa, desde unos pinchos de pollo cocinados directamente en la barca hasta una boa albina que una muchacha ofrece sentada en uno de los muelles. Los mercados, son otro de los atractivos de Bangkok, realmente de toda Tailandia; diurnos, nocturnos, en tierra firme, sobre el agua. El mercado inmenso de Chatuchak, uno de los más grandes del mundo, es una ciudad dentro de otra. Decenas, centenares de callejones entre los que se distribuyen miles de puntos de venta, más o menos ordenados por los productos que ofrecen; es casi imposible no perderse. A primera hora de la mañana las bandas de turistas toman las vías del tren en el mercado de Mae Klong. El ferrocarril pasa muy lento a escasos centímetros de los puestos de venta, que retiran los toldos a su paso. El conductor, emperifollado para ofrecer buena imagen a las centenares de cámaras que lo fotografían, sonríe y saluda mientras coge los cafés que le ofrecen a su paso. Junto a los mercados callejeros se alzan numerosos centros comerciales con diseños vanguardistas donde las marcas más internacionales venden sus productos más lujosos y donde es posible morir congelado por la potencia de la refrigeración.

            Más allá del río, más allá de las moles de rascacielos, existe un entramado de avenidas, calles y callejas. La división periférica alienta el caos, similar en la distribución urbanística a los miles de cables de teléfono tendidos entre postes formando una red tan prolija y enrevesada como irregular; parece que las averías no se reparen, se tiende un nuevo cable y se soluciona sin quitar el anterior. Por las avenidas, grandes carteles con la fotografía del rey. La dinastía Rama directamente emparentada con los dioses, el rey es considerado una reencarnación de Vishnu, fundó Bangkok en el siglo XVIII. Siam, nombre de Tailandia hasta finales del siglo XX, derivó de la evolución de tres reinos  con capitales sucesivas en Sukhothai, Ayutthaya, Thonburi y Bangkok. En la II Guerra Mundial, Tailandia se alió con Japón. Posteriormente se convirtió en aliada de EEUU. Su historia está plagada de conflictos internos pero jamás ha sido colonizada por ningún país extranjero.

            En cualquiera de los escenarios de la ciudad aparecen las cabezas rapadas y las túnicas azafrán de los monjes. Armados con sus rosarios de 108 cuentas, las 108 pasiones del hombre, omnipresentes más allá de los templos, recorren las calles, conducen automóviles, toman barcos y autobuses. El budismo theravada, «el camino de los ancianos», impera en Tailandia a diferencia de la otra rama, el budismo mahayana, implantado en China, Tíbet o Japón. Menudean los pequeños templos en las puertas de grandes almacenes, en las esquinas de las calles, a la entrada de restaurantes, en las orillas del río; las oraciones se mezclan con las varillas de incienso, con las ofrendas de frutas y arroz que se lanzan a comer las palomas. En el núcleo de la oración se escucha a Krishna decir a Arjuna que «el placer y el dolor son transitorios, vienen y van». Imágenes de Buda por doquier; Buda gigante, Buda menos gigante, Buda grande, Buda pequeñito, en pie, sentado, acostado…el budismo imbricado en la realidad social, política y económica del país.

             Contemplo la noche desde la orilla del río. Se desliza fantasmal, silenciosa, una gran gabarra de transporte por en medio del cauce del Chao Praya. Con el fondo de la oscuridad destacan sus pequeñas luces de señales roja y verde y la tenue iluminación de la cabina del piloto. Tras él, bailando en la estela que deja a su paso, flota una pequeña luz. Oriente es un mágico mundo circular, conectado, y hoy llega hasta aquí, la reconozco,  la ofrenda que muchos años atrás deposité en el Ganges. La vida es una gran aventura cotidiana y Bangkok un buen lugar  para vivir, morir y reencarnarse, siempre que se recuerde que  el placer y el dolor son transitorios, vienen  y van. Todo aquí puede ser posible.

© CHUAN ORUS 2024

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