Soy el único hombre junto a seis mujeres. Larga sobremesa en la terraza de Marta, sobre el mar, con una conversación agradable y errática, posiblemente influida en lo placentero por el vino de la comida y alguna botella de cava, varias, que acompaña el postre y el café. Mediterráneo, tataranietos de Noé.
La compañía de mujeres, les cuento, es proverbial en mi vida. Mi lejano nacimiento, hijo de padres que emigraron del campo pobre a la lucha por la vida en la ciudad, fue acompañado de constantes presencias femeninas. Mi casa, ya desde antes de mi nacimiento, era una cabeza de puente al que acudían mis entonces jóvenes tías, luego mis primas hermanas, alguna familiar más remota, incluso alguien que no era estrictamente presente en el árbol genealógico pero como si lo fuera, que disfrutaron del concepto sagrado de la hospitalidad enraizado en la más profunda esencia, en los criterios inamovibles de mis padres. Éramos humildes, mucho, pero siempre hubo una cama y un plato con comida para ellas, hasta que encontraban su espacio en el mundo de la ciudad y volaban libres.
Desde entonces disfruté de la compañía y el amor de aquellas mujeres. Para mí las reglas, las compresas, las cremas depilatorias, los tintes de cabellos, las bragas, los sujetadores y el resto de objetos pertenecientes al mundo femenino crecieron conmigo y se hicieron habituales, normales, en mi visión cosmológica.
También los noviazgos, los desastres amorosos, las broncas de mi padre por llegar tarde (¡las diez de la noche era la norma!), las mañanas de domingo con manicura y canciones, los paquetes de la familia del pueblo, las despedidas llorosas cuando por fin encontraban un remoto trabajo, Barcelona era el paradigma, y marchaban con mucha dosis de miedo y un tanto de esperanza en la aventura.
Crecí entendiendo bien, como proceso natural, el alma femenina. Desgraciadamente en mi educación preuniversitaria sólo compartí aula con hombres como yo; nunca entendí esa absurda separación que hoy, en sectores más reaccionarios, conservadores y retrógrados, se mantiene. Por fortuna, el ambiente de mi casa suplía la educación que la sociedad entonces me negaba. He comprobado en el crecimiento de mi hija, de mis sobrinos, de los hijos e hijas de mis amigos y familiares, que la convivencia entre sexos desde la más tierna infancia hace comprender mejor las peculiaridades de los demás.
No sé si implica también, necesariamente, respeto y consideración, hay muchos comportamientos que se aprenden en el hogar donde se nace, no se enseñan en la escuela ni constan en ningún desarrollo curricular, y las escalas de valores contribuyen a que se fijen con solidez en los criterios que delimitan el crecimiento personal.
Hoy conversaba con mis amigas de múltiples historias, me sentía a gusto con ellas y recordaba a mi hija, mi nieta, mis tías, mis primas, mis vecinas, mis compañeras de trabajo, a todas las mujeres que he conocido, de las que me he enamorado, a las que he amado, a las que siempre recordaré por haber tenido la suerte de que formen parte de mi vida.
Una gran suerte de contar contigo en nuestras vidas.
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