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EL DIARIO DE MAQROLL: POR LOS CAMINOS DEL NORTE (IV)

En la sidrería Urbitarte compruebo, una vez más, que sólo los vascos son capaces de estar una hora, o más, discutiendo afablemente si la sidra de la kupela 5 es mejor que la de la 7. Y entre vaso y vaso engullir sin trabajo

alguno chuletones inmensos (denominados con un término, txuleta, que parece empequeñecerlos) y salir pitando al escuchar el grito, “txoooortx”, para seguir discutiendo que si la kupela tal o la otra. La cuadrilla, los amigos, la conversación tranquila compartiendo el cesto con nueces, el queso, el dulce de membrillo. Sin prisas.

Paseo bajo los árboles, sobre un camino tapizado de hierba, junto a un bosquecillo del que emergen fragancias húmedas de vegetales hinchados de primavera. Un aprisco cercano aporta ese sano olor a estiércol sin aditivos. Naturaleza pura, bellos fragmentos de aquel paraíso que cuando estalló en mil pedazos muchos fueron a caer por esta tierra.

Deshaciendo el sopor que la sidra ha ido provocando me siento en el suelo, apoyado en el tronco acogedor un árbol frondoso. Hay unos preciosos caballos al lado que pastan tranquilos y de vez en cuando algún caminante pasa por el sendero; los vascos y su tenaz obsesión por el monte o por la bicicleta en las carreteras.

Los vascos…pienso en la novela, la extraordinaria novela de Fernando Aramburu, “Patria”. El impacto que me produjo leerla se amplifica aquí, en el escenario donde ocurrió todo aquello, por estos montes, entre estos bosques, en las casas cercanas, en el valle de al lado, en el de más allá. Esto es el núcleo del potente reactor que cambió tantas cosas en las vidas de tantas personas, en el colectivo, en la nación.9788490663196

FERNANDO ARAMBURU (FOTO EFE)

FERNANDO ARAMBURU (FOTO EFE)

Recuerdo pasajes, intento poner rostros a esos personajes tan logrados por el escritor. ¿Qué gérmen infecta el alma de los hombres? ¿Qué virus tan dañino llena de odio el corazón de las personas? ¿Qué es más importante, la tierra o el hombre? Las creencias, las religiones, las banderas; ¡cuántos muertos inútiles, cuánto dolor y desdicha han producido! Y qué pocas respuestas sensatas…toda esta historia es muy compleja, una realidad poliédrica con muchas caras y un denominador común: el dolor.

Llegué anoche  a Ormaiztegi, en el Goierri, para incrustarme en la cariñosa hospitalidad de Marian y Agustín envuelto en una lluvia excelsa unida a un cielo tan cerrado y oscuro que a los foráneos que vivimos en un lugar más bien seco nos hace temer la llegada del fin del mundo, mientras que a los de aquí les da vida. Hoy despierto al amanecer y veo frente a mí un soberbio paisaje de prados y bosques, brumas emergiendo desde el mar vegetal y arriba un cielo azul purísimo cruzado en oblicuo por los rastros vaporosos, blancos y lineales, de los reactores de un avión invisible. Comienza la mañana y sólo hay un rumor de viento ligero que hace temblar las hojas de los árboles. Ningún sonido más.

AGUSTIN

AGUSTIN

MARIAN

MARIAN

Saludo a Ignacio, allá en la puerta de su casa en el alto de Gabiria rodeada de bosques y de grandes espacios de hierba intensamente verde. Sus ovejas comen felices en el mar inclinado de la pradera que desde el caserío se vuelca hacia el valle y en la que, tiempos modernos, han plantado como árboles extraños unas grandes placas solares. IMG_20170506_201653.jpg

Hablamos brevemente en la entrada al caserío bajo el eguzkilore protector. Con su voz tranquila deliciosamente matizada por el acento vasco, con su sabiduría de hombre de campo “…aquí si no llueve un par de días cada semana, malo…”, me da noticia en cuatro pinceladas de qué ha sido este último año en su quesería artesanal en la que junto con su mujer Amelia y sus hijos siguen transformando la leche de sus ovejas en un famoso y premiado queso con denominación de origen Idiazábal. Allá, tras el umbral, en una acogedora sala en la que se explica de forma didáctica cómo hacen sus productos, hay una preciosa fotografía en blanco y negro del patriarca de la familia llenando una pared. Un hombre ya mayor sobre un pequeño caballo, en la ladera abrupta de un monte en la que pasta un rebaño de ovejas.

BAZTARRIKA

FAMILIA BAZTARRIKA

En la txakolinería Gaíntza insisten en afinar nuestros sentidos torpes en un breve cursillo de cata sostenida por anchoas y bonito, conservas artesanales de Guetaria, que desaparecen rápidamente en una manera anárquica de catar el txakolí. La hoy famosa bodega surgió del trabajo de un visionario que tras fabricar artesanalmente un poco de vino con las uvas de su viñedo, se dedicó a venderlo por vasos en los pueblos cercanos y, como en el cuento de la lechera, fue transformando las pequeñas ganancias en financiar su sueño. Sólo que aquí el cántaro resistió sin romperse y es hoy su nieto, sommelier y enólogo de la bodega familiar, el que habla emocionado de su abuelo.

De aquí, de estos caseríos aislados en el monte, han salido historias comunes de hombres como Baztarrika y Gaíntza, estos individuos valientes, tenaces, unidos a una idea surgida de un sueño, el paradigma de la lucha por la vida en un mundo hostil que no da nada gratis e incluso a veces, con trabajo y sacrificio, tampoco.

Pero este mundo tan pegado a la tierra se acaba. Agustín cuenta que aquí al lado hay un caserío en venta: el dueño ya mayor, un hijo ingeniero, una hija profesora que viven de forma diferente y con otros intereses; nadie quiere ya este tipo de romántica existencia. Seguro que muchas de las casas desperdigadas por las montañas que nos rodean están vacías o en los últimos estertores de la agonía de un mundo en retroceso, empujado por otras maneras de vida que chocan frontalmente con esa supervivencia básica, natural, autosuficiente y sacrificada, como barcos a la deriva en busca del desguace en un océano aislado entre bosques y praderas.

TXORIA TXORI

Noche serena, fresca, con ese punto de humedad deliciosa. Estoy sentado en la oscuridad, veo las manchas blancas y difusas de los caseríos sobre el telón negruzco de los bosques frente a mí. Con esa manía personal de poner un fondo de música a todo lo que vivo aparece la voz inconfundible, la tierna voz de Mikel Laboa, cantando ese poema de Artze que siempre que lo escucho me emociona; esa canción que invariablemente va unida como un himno a esta portentosa tierra, la canción con la que Joxe Mari, uno de los protagonistas de “Patria”,  intenta liberar su espíritu en uno de sus peores momentos.

TXORIA TXORI                                                       EL PAJARO ES PAJARO

Hegoak ebaki banizkio                                         Si le hubiera cortado las alas

Nerea izango zen                                                  hubiera sido mío

Ez zuen aldegingo                                                no habría escapado

Bainan honela                                                       pero así

Ez zen gehiago txoria izango                              habría dejado de ser pájaro

Eta nik…                                                                  y yo…

Txoria nuen maite                                                lo que amaba era un pájaro.

Surge la música, la voz de Laboa, el poema de Artze, como una oración en la noche a los dioses de todos, rogando para que nadie anule la libertad de cualquier ser humano, para que las alas de cada uno sean cada día más grandes, más livianas, más poderosas, y poder alcanzar el destino que cada quien anhela.

Cuántas veces, me pregunto, he querido cortar las alas de los que quería para retenerlos? Qué poco he sabido entonces conjugar amor y libertad! Deseo que ahora, esta noche, cada uno de mis seres queridos abrace sus sueños y sea capaz con sus alas intactas volar a sus más amados paraísos “…eta nik…txoria nuen maite”.

IDIAZABAL

Otro día luminoso me saluda en Idiazábal que está de fiesta. El centro del pueblo está repleto de casetas en las que los productores exhiben los quesos que fabrican. Entre ellos los de Baztarrika, nuestro vecino del alto de Gabiria, hija y nietos, unos niños alegres con el pelo casi rapado, en el puesto atendiendo al gentío que se acumula. Desfilando intermitentemente una comparsa de Zanpantzarrak

sudando bajo el sol, enfundados en las pieles de oveja con grandes esquilos a la espalda llamando a todos los seres de la naturaleza que han dormido el invierno y que ya ahora deben despertar a una bella primavera. Grupos de niños, vestidos con ropas tradicionales, alegran la mañana con canciones, danzas, música de acordeón y panderetas. Idiazábal es hoy luz y tierra, huerto, caserío, realidad rural, esa vocación del vasco a hundir sus pies en la tierra para enraizarse y formar parte inseparable de ella.

Con un trozo de queso y un vaso de txakolí en las manos paseo entre conversaciones en euskera, ese idioma compacto y sonoro, para mí hermético. Vuelvo a recordar las escenas de la novela de Aramburu. Intento mirar los rostros de los que me rodean, ponerles emoción, creencias, posicionamientos. A muchos, como a los protagonistas de “Patria”, las circunstancias les habrá puesto contra las cuerdas.

Miro los edificios que me rodean, las ventanas, los balcones de las casas en los que viven todas estas personas. Imagino sus vidas, el el aroma de sus casas, de sus habitaciones, las conversaciones intrascendentes en las cenas con la televisión conectada, los vasos con vino y gaseosa, la luz blanquecina del fluorescente. Todo común entre unos y otros. Y también común el recuerdo, o todavía la presencia, del dolor repartido por muchos de estos hogares, extendido como el olor de la pescadilla friéndose en la sartén de siempre.

Flotando en el ambiente junto a esos rituales tan comunes, las vidas de centenares, de miles de personas, destruidas, amputadas, rotas, directa o indirectamente. El impacto de la violencia extrema como solución argumental. El revolucionario, el artista de la brutalidad, el rebelde sin causa, el empachado de odio, el manipulado por todos aquellos ideólogos, los generales de un ejército de muerte, los que afectuosamente disculpaban las travesuras de los chicos de la gasolina que hoy permanecen escondidos en las sombras de su ocaso cobarde, agradecidos por no ser ya noticia, mientras sus soldados en la cárcel pierden la vida, la juventud y la esperanza.

La sordidez nauseabunda y temible de los sótanos oscuros en donde la tortura ignoraba cualquier tipo de dignidad y juramento; las soluciones secretas, las celdas ocultas, los nombres ilustres enfangados en la mentira y la brutalidad. El fin que justifica todos los medios rebozados en cal viva.

Porque al final todo ha sido un larguísimo ovillo de odio lleno de nudos imposibles de deshacer. La hipótesis de la gallina o el huevo inaugurando la saga del desastre. Los beneficios que muchos han sacado de todo este inmenso negocio del que durante años y años se han ido beneficiando a costa de la sangre y el dolor de los demás. Queda mucho, muchísimo, por contar. Es posible que “Patria” sea el comienzo de muchas historias, de muchos puntos de vista, que tardarán años y años en ir mostrando a la luz la verdad doméstica de cada uno.

Hace muy poco en una entrevista publicada en la prensa una víctima de la extorsión decía: “Al final el dolor de todos no ha servido para nada. Las víctimas no eligieron serlo. Pero muchos etarras se han comido 25 años de cárcel para regresar a un país que ya no es el mismo”.

Sea como sea el futuro, a pesar de muertos, mutilados, torturados, desquiciados, enloquecidos, arruinados, ahogados por el odio, al final será el olvido el que haga el gran pacto, la gran injusticia justa, que precederá a unos textos en libros de historia que hasta dentro de muchos años, o quizás para siempre, serán incorrectos y falsos, y a unas lápidas bajo las que se enterrará a los protagonistas del dolor, de una u otra manera, y a los que nada ni nadie hará objetivos de justicia personal.

Hoy, por fortuna, parece que el sol ha salido para todos y la alegría se une al cielo azul sobre nuestras cabezas.

Toda esta belleza, estos niños, esta novísima generación que constituye la esperanza de un país, que danzan alegres al ritmo de panderos y acordeón diatónica, todas estas gentes que disfrutan de la familia, del amigo, del queso, de la conversación, de la sidra, del txakolí, no se merecen tanta manipulación, tantos falsos historiadores, tantos taimados y estúpidos profetas. Se merecen crecer, vivir sanos y libres, amando su cultura, su lengua, sus tradiciones, su historia, su bellísima tierra, sabiendo que las fronteras separan a las personas y que la sangre, que es común a todo ser humano, debe de estar exenta de ese veneno del odio y sólo debe correr alegre por venas y arterias, nutrir adecuadamente el cuerpo y el alma y nunca, nunca, ser derramada en nombre de cualquier creencia.

Siguen los Zanpantzarrak desfilando sudorosos bajo sus pellejos de oveja expulsando a los espíritus malignos y despertando a todos los seres a una primavera alegre y llena de esperanza y yo me alejo de Euzkadi sabiendo que siempre volveré y sintiendo el calor en el pecho del abrazo de despedida de mis queridos Marian y Agustín.

En el paisaje van desapareciendo bosques y praderas y comienzan los llanos terrosos de Navarra y Aragón. Cambio el fondo sonoro de mi vivencia y ahora el Txoria Txori de Laboa se enlaza con aquella vieja canción de Raimon, Pais Basc:

Tots els colors del verd,

gora Euskadi, diuen fort

la gent, la terra i el mar

allà al País Basc.

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