Fermín, el AVE y la Mikado 141 (Reflexiones de un nómada)

En la casa donde nací, en aquella que alguna que otra vez cuando el Ebro se rebelaba se tendía un colchón en el pasillo, vivía uno de los héroes de mi infancia. Era un navarro, se llamaba Fermín, grande, fuerte y alegre. Maquinista de ferrocarril llegaba a casa ennegrecido por el carbón que hacía funcionar las locomotoras de vapor de aquellos años. Pasaba algún que otro día fuera de casa y cuando volvía de su trabajo se enteraba todo el mundo porque entraba en el portal cantando a pleno pulmón una alegre jota navarra. Si yo estaba en casa salía a toda velocidad a verlo y él me cogía en brazos y me aplastaba dos besos llenándome la cara, y la ropa para disgusto de mi madre, de carbonilla. En aquél rostro ennegrecido sobresalían las brasas luminosas de sus ojos alegres, el cuerpo envuelto en el mono lleno de grasa y carbón, y una pequeña maletita de mimbre en la que llevaba algo de comida y una bota de vino.

ESTACION DEL ARRABAL

ESTACION DEL ARRABAL. ZARAGOZA (Foto en bastian.lasierra.blogspot.com)

 

 Por delante de mi casa pasaban los trenes que entraban y salían de la cercana y hoy desparecida Estación del Arrabal. En aquellos años las máquinas eran de vapor, grandes locomotoras negras, soltando por la chimenea nubes grises y suspiros vaporosos entre los mecanismos de sus ruedas. Muchas noches se detenían delante de mi casa esperando el permiso de entrada en la estación y si me despertaba corría a la ventana para ver con detalle la máquina y los vagones con las ventanillas iluminadas por luces amarillentas entre las que se distinguían las cabezas de los viajeros. Otras veces los veía marchar buscando el horizonte, escuchando como el sonido del rítmico tac-tac de las ruedas se iba apagando, viendo la luz roja del último vagón cada vez más pequeña, más alejada, perdiéndose en la oscuridad de la noche y no podía reprimir un sentimiento de nostalgia, un persistente deseo de partir sin saber a dónde, a buscar otros mundos entonces para mi desconocidos.

En mi último viaje tomé un avión en Barcelona a primera hora de la mañana, la noche me sorprendió volando sobre Singapur y aterricé en el amanecer de Yangún (Birmania). En menos de 24 horas pasé de la orilla española del Mediterráneo al recóndito Lejano Oriente. Un vértigo de miles de kilómetros recorridos a 10.000 m de altura en poco menos de un día. Lo habitual en este tipo de recorridos en los que la pretensión es conocer un país en no más de 15 días.

La inmediatez, el viaje en un soplo, parece constituir una ventaja en esta maldita vida que sufrimos en la que el tiempo que no sea para cumplir obligaciones es limitado. La forma de vivir de nuestra sociedad ha sacrificado muchos valores esenciales; los pequeños detalles ya no importan, hay que llegar al objetivo, da igual el cómo o el dónde, de una vez. Deprisa y corriendo. Falta la reflexión, la meditación, la mirada atenta y pausada, el contemplar y analizar las cosas mínimas, ver con los ojos del alma y escuchar con el corazón.

En muchos países, sobre todo esos que denominamos “no desarrollados o en vías de desarrollo” el tempo es diferente y para los que desgraciadamente tenemos la vida programada de manera estricta cualquier cosa, un horario, un trámite, la incógnita del cuándo y del cómo, exasperan al impaciente que no sabe que allí es donde discurre la vida con normalidad y no a la inversa. En Africa se ríen de esa tontería que decimos de “…trabajar como un negro…” y la invierten con la contundencia de “…trabajar como un blanco…” porque ese afán de ocupar todo deprisa y corriendo, o como dicen los modernos “antes que deprisa”, nos impide acariciar la vida, buscando espacios para no “hacer” nada, llenándola de tiempo para pensar, para descansar, para estar sentados en la puerta de la casa conversando con el vecino o con cualquiera que pasa, ver cómo las nubes van cambiando de forma, color y posición; cómo el río avanza lento entre la arboleda, cómo cambian los perfiles de las casas según el sol se va oblicuando o, como decía Juan Goytisolo, contemplar los atardeceres y aplaudir ante los más bellos.

El AVE es un buen medio de trasporte cuando se tiene prisa. Las decenas de veces que he viajado en este medio me he visto rodeado, en una gran mayoría, de ejecutivos que transitan en el eje Madrid-Barcelona, con la corbata estrangulando el cuello y las coronarias, hablando por sus teléfonos, concertado entrevistas, cerrando negocios, reservando restaurantes, ordenando, organizando y, sobre todo, molestando. Otros, más discretos, tecleando en sus ordenadores portátiles consultando informes, hojas de cálculo o escribiendo mensajes electrónicos. Es su modo y manera de trabajar en esos 600 km que recorren sin mirar el paisaje en muy pocas horas a velocidad endiablada.

Para los que no somos ejecutivos, nuestra prisa no suele ser grande y si además amamos el viaje, la ausencia de alternativa para estos desplazamientos ultrarrápidos nos desagrada. Yo, que echo de menos aquellos trenes lentos, en los días que dedicaba a deambular por el Camino de Santiago atrapaba el comienzo de las etapas con un tren, Barcelona-Vigo, que pasando por Zaragoza me dejaba en lugares claves en los que seguir la caminata. Además de las maravillosas sensaciones de pasar unos días caminando en libertad, despreocupado y sin obligaciones, el placer añadido era ese tren humanizado en el que iba a pasar unas cuantas y deliciosas horas sentado junto a un amplio ventanal, viendo el paisaje, deteniéndome en muchas estaciones observando a los viajeros que subían y bajaban, jugar imaginando sus vidas, el motivo de su desplazamiento, sus propias historias, disfrutar del lento traqueteo y llegar tranquilo al destino en el que continuar hasta Santiago.

En Camerún pasé con dos amigos una tarde y una noche entera en un tren que nos llevó desde cerca de la frontera con Chad hasta la capital Yaundé. No recuerdo otra sensación tan agradable como la de dormir en una litera acunado por el movimiento del lentísimo tren, despertando frecuentemente, y a gusto, al llegar a las estaciones, viendo amanecer en la selva entre la que circulaba aquél largo y desvencijado tren. No tengo memoria de la sensación del movimiento de la cuna en la que de recién nacido me balanceaba mi madre pero si tuviera que describirla copiaría la que sentí en la litera de aquél tren africano.

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TREN EN CAMERUN ( Foto: Javier Pardo Berdún)

Cuando se intenta describir un viaje se obvia el traslado inicial, la aproximación, esa manera actual de poner los pies en el otro lado del mundo en pocas horas. Hemos perdido todo lo que hemos ganado. El monitor del avión va marcando el trayecto en el mapa: Cerdeña, Italia, Gracia, Egipto, Mar Rojo, Arabia Saudita, Qatar, Pakistán, India…y yo me remuevo en el asiento y giro el cuello hasta donde puedo para intentar ver desde la altura las arenas del desierto, las ciudades, los perfiles geográficos; intento imaginar qué hay abajo, cómo son, cómo viven las personas sobre las que paso de manera inadvertida; a qué huele ese campo, cómo suena su idioma, a qué sabe su comida…y pienso con pena que por llegar rápidamente al destino concreto he perdido una gran cantidad de experiencias. LIBRO VIAJES

Hace unos años compré en la Feria de Libro Antiguo tres tomos de publicaciones sobre viajes realizados en los años 20 en los que se narran expediciones por Africa, India y otros lugares poco conocidos entonces de la tierra. En aquellas aventuras, como hiciera Phileas Fogg, el viaje comenzaba en la misma ciudad de Europa y con los medios de locomoción de entonces ILUSTRACIONES LIBRO VIAJES2tardaban muchos días en alcanzar el destino, haciendo que su paso por otros países formara parte de la propia aventura. Aparte de que no había otra manera, esta forma de viajar constituía parte de la filosofía de los expedicionarios. Con el desarrollo tecnológico el avión ha acercado los países por muy alejados que estén entre sí pero ha hecho que gran parte de la magia del viajero nómada se haya perdido.

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DESIERTO. ARABIA SAUDITA (Foto en vuelo Barcelona-Singapur. Javier Pardo Berdún)

Cuando veo a los conductores de los modernos AVE me acuerdo de mi querido vecino ferroviario y no puedo dejar de comparar el aspecto de los actuales maquinistas, traje, corbata, camisa bien planchada, con aquella pátina de carbón que traía Fermín en su cuerpo y en su ropa.

Sólo lo vi una vez en su trabajo. Con mis padres acudí a la cercana estación a recoger a un familiar que venía en tren a Zaragoza. En el andén atestado de personas se desató una súbita inquietud al escucharse un prolongado silbido que dio paso al potente foco de la máquina entrando en la estación. Apareció la gran locomotora negra de corazón de fuego arrastrando los vagones de pasajeros, sudorosa, expulsando vapor como si respirase, crujiendo en los raíles y haciendo temblar el suelo. Lo ví allá en lo alto apoyado impasible en el balcón del puesto de mando. Era Fermín entrando lentamente al mando de la máquina como si fuera el capitán de un gran transatlántico. A mí me pareció lo más extraordinario que podía hacer un ser humano y decidí que cuando fuera mayor me dedicaría a conducir una gran máquina de vapor como aquella.

Luego, cuando crecí, las fabulosas locomotoras Mikado y todas sus hermanas fueron al desolladero o al museo, se acabó la magia del vapor y los viajes lentos, y yo quise hacer varias decenas de cosas en mi vida antes de acabar haciendo lo que ahora hago.

Sin embargo siempre sentí la necesidad de marcharme en aquel convoy de la luz roja que se perdía en el horizonte. Posiblemente a buscar a Marco Polo.

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LOCOMOTORA MIKADO 141

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