Yo estaba allí en diciembre de 1989, era la primera vez que pisaba tierra americana. A través de la Agencia Española de Cooperación Internacional impartía, con otro compañero, un curso de formación médica.
Ciudad de Panamá hervía. De vez en cuando salían convoyes de tanquetas norteamericanas desde la base de Fort Clayton y lentamente recorrían las calles y avenidas sin otro objeto aparente que irritar a los que odiaban su presencia o llenar de esperanza al resto que deseaban su salida de las bases y la toma de la nación.

En el hospital donde trabajábamos había constantes mítines en los que se llamaba a la lucha contra los norteamericanos y a la necesidad de un nacionalismo extremo; el griterío era ensordecedor.
Había un barrio, realmente un suburbio, muy humilde y populoso, El Chorrillo, formado por coloridas casas de madera. Conducir un auto por allí era arriesgado, sobre todo por la noche: al amparo de la oscuridad casi total levantaban la tapa metálica de alguna cloaca, el automóvil caía en la trampa y en cuestión de segundos el atraco se consumaba. Paramos por allí a visitar una pequeña iglesia cuyo párroco era español. Un niño, no más de ocho o diez años, nos pidió «un níquel» (una moneda de escaso valor) para guardarnos el coche.

En el centro de este barrio estaba el cuartel en el que se atrincheraba Noriega, llamado «Cara de piña» por sus compatriotas, lanzando proclamas nacionalistas, consignas revolucionarias antiyanquis, llamando a la defensa de la patria porque ya la invasión norteamericana se anunciaba como un hecho cierto que estaba a punto de ocurrir.
Noriega tenía una guardia pretoriara, «Los Machos del Monte», que se hacían visibles en la puerta de aquél centro militar. Era la Séptima Compañía de Infantería, una unidad entrenada en la selva, especialistas en guerra de guerrillas. Impresionaba su aspecto: muy altos y fuertes, sombrero de paja, aspecto fiero, cananas llenas de balas de grueso calibre cruzando el pecho, gran cuchillo en la cintura y aparatosas ametralladoras en los brazos.
Mientras tanto, en los pueblos y aldeas panameñas se entrenaban los «Batallones de la Dignidad» que, cuando ocurriera la invasión, tenían que luchar para liberar la nación. Los vi en Natá de los Caballeros, un pequeño pueblo con una antigua iglesia de aspecto español, muy blanca, y casitas a la sombra de bosquecillos de palmeras. En la plaza, hombres y mujeres muy jóvenes, hacían instrucción militar con fusiles de madera, una especie de juguetes bélicos.
El Cerro Ancón, junto a la salida del Canal, contenía un centro importante de comunicaciones perteneciente al Comando Sur norteamericano en un bunker situado bajo tierra que conectaba la punta más distal de con la más septentrional de América. No se podía llegar allí, ya desde muy lejos el acceso estaba protegido por varios puntos de control, formados por soldados con uniformes de combate, sacos terreros y ametralladoras.
Las Bóvedas era un restaurante muy famoso, localizado en el casco antiguo, en la Plaza de Francia. Tenía un ambiente bohemio, cocina exquisita y música de jazz en directo los fines de semana. Una de mis últimas noches cené allí con varias personas de diversas embajadas y ONG’s. Todos tenían «información privilegiada» sobre la invasión, «será mañana» decían, para decir lo mismo la noche siguiente.



Al fin se cumplió el día 20. A las 23,30, en vuelo rasante una serie de helicópteros y aviones dispararon sus proyectiles. En El Chorrillo lanzaron cohetes hacia el cuartel de Noriega, a la vez provocaron un pavoroso incendio en las casas de madera, destruyeron todo el populoso barrio y mataron a cientos de personas. Por el resto de Panamá bombardearon, dispararon, hirieron y mataron. Hubo cientos de detenidos. El ejército y la policía panameña quedaron desactivados.

Tras el inicio de los bombardeos la infantería del ejército norteamericano tardó 72 horas en entrar en la ciudad. En ese lapso de tiempo, sin ejército ni policía, hubo multitud de saqueos en centros comerciales que persistieron hasta que los soldados invasores llegaron a las calles de Ciudad de Panamá. De esta manera fueron vistos por parte de la población como agentes salvadores.
Noriega había sido colaborador de la CIA pero se rebeló. Su posición nacionalista, su intención de expulsar a los norteamericanos de las bases (Fort Clayton, Albrook y Howard) y del Canal, además de la muerte de un soldado norteamericano por las fuerzas panameñas, colmaron la paciencia de G. Bush. Había sido derrotado en las elecciones de su país por Guillermo Endara al que no reconoció, siguiendo en el poder respaldado por su ejército. El objetivo de la «Operación Causa Justa», así la llamaron, fue capturar a Noriega bajo la acusación de narcotráfico y reponer a Endara, favorable a los intereses norteamericanos, como presidente de Panamá. Noriega, vencido, pudo refugiarse en la Nunciatura del Vaticano y tras prolongadas negociaciones se entregó a los invasores el 3 de enero de 1990. Recluido en Miami fue sentenciado a 40 años de cárcel; se le redujeron a 30 y después, por buena conducta, a 20. Tras ser liberado falleció en Ciudad de Panamá con 83 años en 2017

No hay una cifra oficial de muertos la menos probable es la de 300, la más fiable sugiere más de 3.000. Entre ellos el fotoperiodista español Juantxu Rodríguez que junto a Maruja Torres informaban de la invasión para el periódico El País. Fue asesinado por disparos de las tropas norteamericanas en la explanada del Hotel Marriot el día 21 de diciembre de 1989. No ha existido interés en una investigación rigurosa y la invasión norteamericana de 1989 está borrada de la memoria colectiva. Muchos estudiantes panameños desconocen estos hechos. Panamá ya no tuvo ejército.

© del texto Javier Pardo
Fotos Víctor Peretz y Getty Images
la historia se repite
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