Hace muchos años yo estaba en la orilla del Ganges, en el ghat de Manikarnika de Benarés, dejando en las aguas sagradas una pequeña lamparilla flotante, pidiendo a los dioses felicidad y protección para todas las personas a las que había hecho daño. Era una noche extremadamente húmeda y calurosa. A mi lado dos mendigos se despiojaban, una vaca soltaba un estrepitoso y prolongado chorro de orina y varios sacerdotes con la frente marcada con el tilak de Shiva celebraban una ceremonia con fuego en la orilla del río sagrado. No era el único, mi lámpara navegaba río adentro junto con otras muchas más formando un grupo de diminutos puntos luminosos en la oscuridad de la noche y yo sumergía mi espíritu en las aguas de mi arrepentimiento en aquella sincera petición de perdón.
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