LA CALMA DEL MUSEO

Comencé el día intentando vivir como pudiera las dificultades que ya el insomnio de la noche me había pronosticado. Los días llevan, a veces, esos aullidos interminables que empujan, que acorralan, que hacen sentirse perdido o solo, como le advirtieron a Julia.

            Pero todo pasa; los hombres somos, entre otras cosas, observadores fugaces, sujetos pacientes del vértigo del tiempo, y penas y alegrías se van disolviendo como el azúcar en el café con leche. Al final sólo queda un sabor, también fugaz, que alegra o entristece los siguientes minutos de cualquier tropiezo, de cualquier júbilo, de cualquier derrota.

            Con ese sabor entre los labios y el ánimo entristecido después de la batalla decidí buscar un espacio de calma, una atmósfera que diera algo de paz a mi espíritu, que callase el aullido, que orientase el camino, que me alimentase con una acompañante soledad.

            Estaba al lado de una iglesia, con alguna frecuencia intento encontrar la serenidad en los espacios sagrados y solitarios, y de un museo. Opté por el museo. El «Pablo Serrano» estaba ahí, llamándome.

            Es en sus plantas 3 y 4 donde se atesora «Aragón y Las Artes»; pintura, escultura, grabados, fotografía, artistas aragoneses desde 1940 hasta el final del pasado siglo. No tuve compañía, no había nadie, solo los vigilantes en sus lugares de tranquilo trabajo habitaban aquel espacio.

            Todas las obras estaban colocadas sólo y exclusivamente para mí.

            Santiago Lagunas, Fermín Aguayo, Salvador Victoria, Juana Francés, Manuel Viola, José Orús, Antonio Saura, José Manuel Broto, José Beulas, Juan José Vera, Daniel Sahún, Ricardo Santamaría, Julia Dorado, José Luis Lasala, Paco Simón…y muchos otros más; sumergí hasta ahogarlos mis conflictos en la belleza de los lienzos, en la voz de los artistas, en las luces y sombras, en las estructuras cromáticas, en la belleza de la abstracción.

            En una de las salas encontré a La Hermandad Pictórica mirándome desde lo alto, Angel y Vicente Pascual Rodrigo, muy jóvenes, desde esa fotografía de 1972 en blanco y negro, hecha en su estudio del Paseo Echegaray de Zaragoza, con una imagen del Che en un lado, barbas y cabellos largos, Vicente con botas de montaña…

            Hace muchos, muchos, años conocí a Ángel Pascual. Éramos ambos alumnos del Colegio de Maristas, vivíamos cerca. Dos años mayor que yo, compartimos alguna vivencia en nuestra incipiente juventud.

ANGEL Y VICENTE PASCUAL RODRIGO 1972
LA HERMANDAD PICTORICA 1972

            Visité alguna vez su estudio, que me parecía un espacio mágico, cuando todavía no era un artista conocido; desde mi mirada de aquellos años era, para mí, un auténtico ídolo.

            Comenzaba entonces a diseñar carteles, tocaba la guitarra, formaba parte de un grupo de canción que se llamaba «Árbol», era original hasta en su propia manera de firmar: «Laucsap»; desde sus maneras suaves y educadas se intuía su sensibilidad, su personalidad artística. Se enroló en los equipos cultos de Zaragoza, en los movimientos artísticos, en el extraordinario «Andalán», entre las gentes progresistas que luchaban por respirar en aquél ambiente opresivo y casposo de aquella Zaragoza, de Aragón, de aquella anquilosada España.

            Aunque dejé de verlo fui siguiendo su huella, su evolución artística, sus años en Montmesa, en Mallorca. Su éxito. Y un día, hace pocos años, coincidimos aquí, en Zaragoza. Me alegré mucho de encontrarlo, de charlar un poquito, de darle un abrazo.

            Desde esa fotografía en la pared del museo me llega su recuerdo. Su presencia, en medio de esta terapia de calma con la que hoy he tratado de mitigar este escollo vital, me ha hecho sumergirme en sus obras como manera de retomar mi ánimo.

COMO VIENTO QUE SOPLA Y PASA
COMO VIENTO QUE SOPLA Y PASA OBRA DE A. PASCUAL

            Hace muy poco tiempo la Institución Fernando El Católico de la Diputación de Zaragoza, editó «Como viento que sopla y pasa», una magna obra en la que Ángel condensa sus 50 años de oficio creador, su biografía, sus obras, su evolución. Y en mi estudio, en ese espacio abuhardillado donde me aíslo, pienso, escribo y leo bajo la claraboya que reparte una cenital, democrática y equilibrada luz, lo he abierto y he ido integrándome en las brumas orientales, en los torrentes verticales que desde lo alto caen hacia las nieblas, en los  árboles inauditos que crecen en los perfiles rocosos, en los paisajes cromáticos de aguas y horizontes paralelos, de montañas y nubes de esencias degradadas, de atmósferas oníricas con soles extraños y lunas muy blancas iluminando el esfuerzo del navegante solitario.

            Todo me ha llevado a recordar lo que un día viví, las brumas del río Li, los campos de te en el atardecer de Vietnam, de Tahilandia, los soles encendidos de rojo llenando el horizonte de Ha Long, las nieblas envolviendo el amanecer en los bosques amazónicos de Yasuní, la puesta de sol acariciando los templos en Bagan, las decenas de lugares alejados en los que mi sensibilidad se ha unido al paisaje, como una única estructura, como un único sentimiento.

            Y con las obras de Ángel y todos esos vaporosos recuerdos me he llenado de calma, de ese deseo de trascendencia que envuelve la materia y la ignora. La conciencia de ser algo más, mucho más, que un complejo entramado celular.

            La soledad del museo hoy me ha tendido un puente hacia el equilibrio. La presencia de Ángel Pascual, de La Hermandad Pictórica, a cultivar los recuerdos, a una nostalgia amable, a recobrar la calma.

            El indescriptible, potente y sanador  poder de la belleza.

© CHUAN ORUS 2025

Un pensamiento en “LA CALMA DEL MUSEO

  1. Que mejor despertar en el día de San Jorge que leyendo tu calma en el Museo. Un verdadero placer. Enhorabuena Javier.

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