CRÓNICA DE ECUADOR, Y VII. HUAORANIS, MUERTE EN LA SELVA

La palabra «Auca» es el nombre que los kichwas han dado a los huaoranis. Ese término, auca, significa salvaje, guerrero, bárbaro, rebelde, maleducado, infiel…y otros sentidos similares.

            Al territorio comprendido entre la orilla dcha del río Napo, el río Coca al norte, el Curaray al sur y las estibaciones de los Andes en el oeste, se le ha llamado «territorio auca», territorio salvaje, territorio bárbaro, pues. Y toda esta extensión geográfica corresponde muy aproximadamente al Parque Nacional de Yasuní. En este gran territorio ocupado por selva y ríos es donde han vivido los huaoranis, los aucas.

            Así mismos se denominan huao que significa persona; huaoranis, personas.

            Han vivido en y de la selva; recolectores, agricultores de temporada, cazadores y pescadores, se han distribuido en  asentamientos temporales que van mudando en relación al movimiento de la caza y evolución de vegetales y frutos.

            Construyen casas con madera, troncos, ramas y hojas de palma, instalaciones colectivas donde viven grupos familiares. Cazan con lanzas hechas con madera de palma, «chonta», y cerbatanas, empleando flechas impregnadas de curare que ellos elaboran con plantas de la selva.

            La primera tragedia que sufrieron fue la invasión de la selva, de sus territorios, por los caucheros entre 1880 y 1920. En la necesidad de defender su hábitat, perdieron en los enfrentamientos violentos entre lanzas y armas de fuego; víctimas de violencias y enfermedades fueron diezmados, vendidos como esclavos en Iquitos o Manaos, asesinados. Estas primeras experiencias, la necesidad de defender sus territorios les hicieron adentrarse en lo más profundo de la selva y desarrollar un comportamiento agresivo y feroz contra cualquiera que se adentrase en su territorio.

MUJER Y NIÑOS TAGAERIS

            Después de los caucheros llegaron los madereros, los colonos y las industrias petroleras. Talaban sus bosques, espantaban la caza, invadían sus tierras. Aparecían con vehículos, armados con rifles y dinamita, volaban sobre sus casas con aviones y helicópteros. También entraban grupos de sicarios contratados por empresas petroleras, cuando no por el propio gobierno, a sangre y fuego con el doble objetivo tanto de expulsarlos como de exterminarlos.

            Ya hace muchos años se cifraban en mil los últimos huaoranis. En la actualidad no se sabe bien cuántos quedan en el interior de la selva como Pueblo en Aislamiento Voluntario.

            Fueron muchos los sucesos descritos contra colonos y nativos kichwas asentados generalmente en fincas aisladas o cazando en la selva los que sufrían los ataques con lanzas, muchas veces mortales, de los huaoranis. La presencia de fuerzas militares o policía en la zona era muy escasa. Por otra parte las llamadas de auxilio de la población civil al Ministerio de Defensa no tuvieron ningún eco; para eliminar a cuatro salvajes desnudos y armados simplemente con lanzas no se necesitaban más soldados o policías.

            Los conflictos se multiplicaron con la llegada de las compañías petroleras. Hubo ataques a las zonas de sondeo, a veces simplemente robos de material, ropa, comida; en otras, asaltos violentos con muertes.  Los trabajadores tenían miedo, hubo personal que dejó las empresas por temor a los huaoranis. Las compañías pidieron auxilio a la misión capuchina.

HUAORANIS CORTANDO LEÑA

            Alejandro Labaka fue un sacerdote capuchino español, nacido en Beizama (Guipuzkoa) en 1920. Después de permanecer como misionero en China desde 1947 a 1953, llegó a Ecuador en noviembre de ese mismo año. Se nacionalizó ecuatoriano en 1967 y trabajó como misionero en la zona huaorani. Ocupó diversos cargos eclesiásticos hasta llegar a ser Obispo Vicario Apostólico en 1984. 

            La relación de los huaoranis con los misioneros fue difícil.

            La Misión Capuchina se hizo cargo del territorio auca en 1954, ya entonces se conocían los ataques puntuales por la región del Napo. El 8 de enero de 1956 fueron asesinados 5 misioneros evangelistas estadounidenses del ILV (Instituto Lingüistico de Verano) y la organización cristiana Misión al Ecuador.

            Fue a partir de 1961, cuando los capuchinos realizaron varios intentos de contactar con los huaoranis sobrevolando la selva o ascendiendo por los ríos de la zona sin ningún éxito.

            No será hasta 1976 cuando Alejandro Labaka tiene el primer contacto directo con ellos.

            Paralelamente las concesiones estatales autorizan trabajos petroleros que se adentran cada vez más en el territorio huaorani. En 1977 un grupo indígena mata a tres trabajadores; se habla entonces ya de un grupo especialmente violento que repite su ataque en 1984. Este grupo se denomina tagaeri por ser liderado por un tal Taga y supone una escisión del resto de huaoranis.

ALEJANDRO LABAKA CON HUAORANIS. EN EL EXTREMO SU «PADRE» ADOPTIVO

            Alejandro Labaka cuenta fascinado sus contactos con los indígenas en su libro «Crónica Huaorani». Son, a modo de diario, sus experiencias personales conviviendo con ellos, sus esfuerzos por encontrarlos, las relaciones establecidas aún cuando no sabía hablar su idioma, los riesgos que asume en la convivencia con un grupo de personas de comportamientos y culturas extremadamente diferentes y en los que ve, como él escribe, «…por sus características de primera familia salida de los manos de Dios». Vive con ellos, como ellos desnudo, come con ellos, duerme con ellos, les acompaña. Ellos lo reciben, lo alimentan, le ofrecen una hamaca para dormir junto al fuego, incluso una familia lo adopta como hijo.

            Alejandro va y viene, vuelve a la Misión para retornar luego a la selva. En ocasiones le acompañan  otros misioneros capuchinos que son bien aceptados.

           

Para entonces, posiblemente influidos por estos contactos,  la mayor parte de los huaoranis tienen actitud pacífica, incluso se van acercando a las zonas habitadas; la fecha clave es el 6 de abril de 1981 cuando un grupo llega a la Misión Capuchina de Nuevo Rocafuerte expresando su deseo de vivir en territorio «civilizado». Sólo el grupo de los Tagaeri permanece aislado en el interior de la selva y protagoniza algún hecho violento impidiendo cualquier acceso a su territorio. Se consigue localizar desde el aire la posición de sus caseríos en el espesor de la selva, en las orillas del río Tigüino.

            Las concesiones que otorga el estado a las petroleras tienen caducidad. Cada día que pasa hay que rentabilizarlo. En diciembre de 1987 la petrolera brasileña Petrobas tiene en marcha la concesión de trabajos en el sector (Bloque 17) donde viven los Tagaeri.

           

José Miguel Goldázar es un sacerdote capuchino de origen navarro (Osinaga, 1937) que vive en las orillas del Napo desde 1972. Llamado por los kichwas «Achakaspi» ( significa mucha madera o mucha selva) tiene un aspecto vasconavarro inequívoco. Desgarbado, eterna txapela ladeada en su cabeza, camisa amplia, pantalones gastados sujetos con un viejo cinturón. Es un hombre mayor, alto,  de ojos pequeños e inquisitivos, mirada inteligente, rostro serio que de vez en cuando cambia en sonrisa pícara; conversa con voz calmada con ocasionales tintes irónicos o con divertida sorna. Podríamos encontrarlo en cualquier pueblo de Navarra o Euzkadi, paseando por el monte, de tertulia con alguien del mismo aspecto, sentado en la mesa de algún bar leyendo el periódico y siempre con su txapela.

            Lleva más de 50 años viviendo en Ecuador, en la zona del Napo. Es autor de libros de lengua kichwa, Diccionario Cultural del Napo y una Gramática Kichwa; la serie Kawsaykama, tres volúmenes sobre la cosmovisión de los habitantes kichwas del Napo,  y un libro «La Selva Rota», en donde recoge sus artículos publicados entre los años 2014 a 2017, una auténtica crónica de los cambios que se han dado en la Amazonía ecuatoriana.

            Lo conocemos casual, y afortunadamente, en el Vicariato de la ciudad de El Coca, junto a otros viejos misioneros que nos obsequiaron con su hospitalidad, cena y buena conversación. De nuevo nos vemos hoy, desayunando antes de tomar el avión a Quito,  en el pequeño comedor de la casa capuchina.

            Nos cuenta sus experiencias viviendo con los indígenas, (…compartía la choza  con una boa, yo no la molestaba y ella se comía las ratas…) o acompañando a Alejandro Labaka a visitar a los huaoranis (…nos tocaban el pelo de los brazos y nos decían «mono, mono»…íbamos desnudos, sólo con el cordel, el gumi,  anudado al prepucio…) historias que nos dejan con la boca abierta, estaríamos horas escuchando a este hombre que lleva más de media vida viviendo en el territorio del Napo, acompañando a los indígenas, luchando por sus derechos frente a las petroleras, en sus disputas por la tierra, en la organización de las comunas.

            Le preguntamos por Alejandro Labaka

            —Fue aquí —nos dice—, en esta habitación. Llegué de viaje por las comunidades kichwas y encontré una tensa discusión entre los petroleros y Alejandro. Estaban todos de pie y no había posibilidad de llegar a un acuerdo. La compañía estaba decidida a entrar, se acababa la fecha de la concesión, la empresa estaba perdiendo mucho dinero y el gobierno de Ecuador le urgía para que iniciase los trabajos. Alejandro pedía inútilmente una prórroga en un intento de proteger a los Tagaeri de lo que se les venía encima; allí estaba un antropólogo, Enrique Vela, quien lideraba un grupo armado de violentos exsoldados con los que iba a entrar al territorio tagaeri para cumplir el encargo de la petrolera: expulsar o masacrar a los indígenas.

            Sigue narrando Goldáraz con una seria emotividad que Alejandro Labaka tenía un billete de avión en su bolsillo para viajar a España y decidió quedarse en Ecuador y volar de inmediato al territorio Tagaeri para interponerse entre los petroleros, los sicarios y los indígenas e intentar con ellos un pacto que salvaguardara sus vidas. Los iban a aniquilar, para Labaka sólo quedaba ponerse en medio, protegerlos con su vida.

            Prosigue José Miguel: «Él dijo que iba a ir con los Tagaeri…y yo le dije, si vas te van a matar. Y me contestó sonriendo: si me matan ya tengo sustituto. Enfadado le contesté “iré a buscar tu cadáver” y me fui de la habitación. No lo volví a ver vivo. Había dejado escrito “Si no vamos nosotros los matarán”»

ULTIMA FOTOGRAFIA DE INES ARANGO Y ALEJANDRO LABAKA ANTES DE EMPRENDER EL VUELO HASTA LOS TAGAERIS

            Hay un video, recomiendo su visualización, en el que, entre otras personas,  José Miguel Goldáraz describe los acontecimientos que ocurrieron esos días.

             El 20 de julio de 1987 la inclemencia del tiempo impidió el vuelo del helicóptero que sí pudo hacerse al día siguiente, 21; Alejandro Labaka en compañía de Inés Arango, una monja colombiana capuchina, como él entregada a la protección de las comunidades indígenas, volaron hasta  localizar las casas de los Tagaeri. Los hombres al ver el aparato sobre el poblado se escondieron en el bosque.

            Alejandro e Inés, desnudos como los indígenas,  se descolgaron del helicóptero; las mujeres y los niños los acogieron bien pero los hombres armados con sus lanzas salieron del bosque y los mataron.

            De nada sirvió la intercesión de las mujeres, Alejadro e Inés murieron violentamente asesinados por los que iban a proteger. Lo cuenta José Miguel que, como le había dicho, fue a recoger su cadáver.

CADAVER DE ALEJANDRO LABAKA
CADÁVER DE ALEJANDRO LABAKA DESDE EL HELICÓPTERO MILITAR QUE FUE A RESCATAR LOS CUERPOS

            — Me tocó bajar, descolgándome del helicóptero militar para recoger los cadáveres. Alejandro tenía clavadas 17 lanzas, Inés 4.

            Impresiona el relato que hace este hombre de aquellos sucesos. Tiene unas manos de dedos largos, su voz es pausada y su gesto serio. A pesar de la impenetrabilidad de su rostro, habrá narrado muchas veces esta historia, se percibe el dolor en el trasfondo de sus palabras. Pienso en las lanzas de los huaoranis, en la Misión de Nuevo Rocafuerte había varias colgadas en una pared. Son muy largas, unos 3 metros, y pesadas; en la punta están labradas con resaltes, como los anzuelos cuando se clavan, si se intentan extraer desgarran. Las heridas que provocan deben ser terribles. 

            La muerte, el sacrificio de estos dos religiosos, tuvo una importante repercusión internacional. Sirvió para que se detuviesen temporalmente las prospecciones en el sector de Yasuní. El estado ecuatoriano reconoció oficialmente la existencia de pueblos en aislamiento voluntario, se creó un área de protección, la Zona Intangible Tagaeri-Tanomenane (ZITT) en la que nadie puede penetrar y se diseñaron políticas para respetar la voluntad de estos pueblos.

            Cuando pasó el tiempo, tras el impacto inicial que provocaron estas muertes, se fueron reanudando poco a poco los trabajos petroleros, el asentamiento de colonos, las extracciones madereras, las obras para hacer carreteras en la selva. Y, se ha añadido, la minería de cobre y oro en la vertiente del río Curaray.

            Además de otros incidentes violentos menores, en el año 2005 hubo un asalto a los caseríos de los Tagaeris-Tanomenane, se calcula unos 20-30 indígenas asesinados y sus casas incendiadas. En otro ataque, en 2013, fueron al menos 20 los asesinados.

            En un referéndum en agosto de 2023, el pueblo ecuatoriano votó su deseo de prohibir los trabajos petroleros en el Bloque 43-ITT que corresponde a una de las zonas con mayor biodiversidad del mundo y el asentamiento de los pueblos Tagaeri-Tanomenane con un 59% de apoyo.  Ahora, el nuevo gobierno de Ecuador que saldrá de las urnas este mismo año debe hacer cumplir el mandato popular. Sigue el debate entre la conservación medioambiental, la protección de los pueblos indígenas y la obtención de importantes recursos económicos. La ley, los planes de protección, las buenas intenciones se quedarán, desgraciadamente y como en otros rincones de la tierra, en papel mojado.

            Le pido a José Miguel que pose conmigo para una fotografía, accede con reservas. «No me gustas las fotografías…», lo que no le gusta es el protagonismo a este enérgico y buen hombre que ha dedicado su vida a la lucha por sus creencias, a la solidaridad con los más desfavorecidos, a vivir con los perdedores. A pesar de que la realidad tozuda le muestre una y otra vez su cara más amarga.

          Me recuerda, están hechos de la misma pasta, al misionero Jesuita Manolo Fortuny cuando le comenté con desánimo, en uno de los viajes a Chad, «Manolo, esto no cambia» y después de mirarme muy serio me contestó, «¿Y por eso los vamos a abandonar?».

            Son parte de los imprescindibles.

GABARRA CON CAMIONES PETROLEROS SURCANDO EL NAPO

© (Fotografías, Fondo Capuchino y JPB), del texto Chuan Orús 2025

Un pensamiento en “CRÓNICA DE ECUADOR, Y VII. HUAORANIS, MUERTE EN LA SELVA

Deja un comentario