CRÓNICA DE ECUADOR VI. KICHWAS Y SECOYAS

En el porche, junto a la casa, han encendido una fogata y en una olla han preparado un té a base de las hojas de un árbol amazónico (Ilex guayusa). Nos hemos levantado a las 4 de la mañana, antes del amanecer para participar en la ceremonia de la «wayusa», el té con el que comienzan el día muchas comunidades indígenas kichwas.

            Sentados alrededor de la fogata, nosotros como invitados lo hacemos con respeto y curiosidad, saludamos con un «Alli Pucha»,  buenos días en kichwa. La persona que está junto a la olla nos da un jarro con té que vamos consumiendo a sorbos esperando la participación de alguien. En el cielo comienza una débil claridad y desde el silencio surge una voz va describiendo su sueño.

            El té está caliente, es oscuro y amargo, los botánicos dicen que tiene cafeína, antioxidantes y aminoácidos que favorecen la relajación y claridad mental. Hablan de su parecido a la hierba mate aunque, aclaran, es muy diferente.

            La ceremonia ancestral de la wuayusa se realiza en muchos pueblos indígenas amazónicos sobre todo entre los kichwas. Consiste en la reunión de la comunidad al iniciar el día, antes de la salida del sol. Alguno de sus miembros narra sus sueños y los más sabios, ancianos y chamanes,  los interpretan. También pueden contar historias o cuentos de tradición oral (se transcribe, al final del post, una breve narración en lengua kitchwa y su traducción en español). Es una manera de conectar con la naturaleza, con el espíritu de ese mundo mágico que aquí existe, que envuelve a la comunidad, fomenta la cohesión del grupo, contribuye a compartir la herencia cultural y la relación armónica con el entorno. 

            La claridad ya invade el cielo, antes de que el sol aparezca, los participantes van incorporándose a su jornada particular. Nosotros lo hacemos con la experiencia enriquecedora de haber rozado la energía que fluye en esta manera de percibir la existencia.

CEREMONIA DE LA WAYUSA

            Los kichwas son uno de los principales grupos indígenas de la amazonía ecuatoriana; parece ser que sus antecesores fueron influenciados por el imperio inca. Viven en dos zonas, en las provincias montañosas andinas, fundamentalmente en las regiones volcánicas del Cotopaxi, Chimborazo y Pichincha, y en la amazonía, Napo, Pastaza y Morona Santiago.

            Aquí, en el Napo, viven en comunidades en las orillas fluviales y se dedican a la agricultura, caza y pesca. Su espiritualidad se basa en el equilibrio entre la Pacha Mama, la Madre Tierra, y el Taita Inti, el Padre Sol.

            Hablan kichwa, un idioma derivado del quechua, con alguna modificación regional. Las personas mayores lo hablan con exclusividad, en los jóvenes el kichwa entra en competencia con el español que progresivamente va arrinconando al idioma indígena.   Ocurre lo mismo con las manifestaciones culturales ancestrales, como esta ceremonia de la wayusa, que van perdiendo protagonismo en virtud de la globalización. Es innegable que el mestizaje ha contribuido a la pérdida de valores culturales indígenas.

            Sin embargo todavía su organización social es típicamente indígena y se caracteriza por la existencia de una Junta dirigida por una especie de presidente o alcalde, tomando todas las decisiones, que son vinculantes, por medio de una asamblea de todos los miembros de la comunidad. Es típica también como señal de cohesión colectiva la participación en el trabajo comunitario en la denominada «minga».

TITO, LILIANA, MAMEN, JAVIER Y GUZMÁN

            Hoy hemos venido a la comunidad de San Vicente, a orillas del Napo, a unos 45 minutos de navegación. Acompañamos a Guzmán, a Liliana, una de las monjas que colabora en el Hospital Franklin Tello, al Dr Luis López y a Tito, que además de piloto de la lancha es Técnico de Salud.

            Hay una fuerte corriente en el río Napo, la existencia de un cauce irregular, los bancos de arena y los residuos de la selva, grandes árboles, ramas y troncos, sumergidos, provoca fuertes remolinos y corrientes bajo la superficie. Caer de la lancha en plena navegación es muy peligroso y todas las medidas de prudencia derivan como primera norma del incómodo uso de chaleco salvavidas. El fondo, cerca de la orilla, es de cieno pegajoso. Tito nos cuenta que por una serie de circunstancias quedó sumergido, con las botas de agua atrapadas en el el fondo, sin conseguir arrancarlas de la fuerte succión ni poder sacar las piernas de ellas. Alguien le ayudó y pudo salvar la vida. Desde entonces, nos dice «…llevo unas botas de mayor talla para poder sacar las piernas con facilidad…» Así es este río caudaloso, salvaje, con el cauce lleno de peligro.

            La visita a esta comunidad obedece a una reunión convocada para divulgar las consecuencias negativas para la salud que tiene tomar alcohol. En el cantón 200 personas han muerto ahogadas en el Napo durante el año 2024 por accidentes en la navegación estando ebrias.

            Una de las herencias culturales en estas comunidades y en muchos países latinoamericanos es la toma de chicha. Esta bebida ya se tomaba en los tiempos precolombinos; tiene un carácter sagrado, se ofrece a la Pacha Mama, a la madre tierra, como ofrenda, y  social, se comparte en las mingas, en las fiestas o celebraciones de la comunidad y se ofrece también como símbolo de bienvenida a los visitantes.

            La chicha se obtiene por medio de la fermentación de yuca machacada, masticada por las mujeres que la fabrican y vertida después a un caldero en donde se añade agua y azúcar. También, hay muchos tipos, se pueden añadir frutas. Las enzimas de la saliva favorecen la fermentación y cuando acaba el proceso el líquido tiene un ligero grado alcohólico, entre 1 al 3%, que varía mucho en dependencia de los ingredientes utilizados y el tiempo de fermentación.

            Esta bebida ha sido durante siglos un alimento básico en la dieta. Su composición de hidratos de carbono, fibra, probióticos y antioxidantes, su  fácil digestión, bajo nivel de grasas y su capacidad hidratante en climas cálidos, hacen de ella un buen alimento de buenas propiedades nutricionales.

            A la toma tradicional de chicha se ha unido la cerveza, y a la de ambos productos un aguardiente muy popular, el llamado «Arturito» que llega a los 50º. También existe un tráfico de alcoholes de alto grado sin nombre ni control sanitario alguno. Grandes lanchas descargan en las comunidades  cervezas y aguardiente y el alcoholismo ha prendido la mecha de este gran problema en las orillas del Napo.

            Cuando llegamos a San Vicente gran parte de la comunidad está reunida en la pista de deportes. Sentados en el graderío, hombres a un lado y mujeres a otro, esperan las intervenciones de los visitantes. Creo adivinar unos cubos con un líquido blanco, chicha, junto a un grupo de mujeres, sin embargo nadie nos ofrece este detalle de bienvenida, quizás porque aquí vienen a hablar de lo nocivo que es el alcohol.

            En el graderío en el que se han sentado los hombres la atención es mala o, sencillamente, nula. Hay uno tumbado, durmiendo una buena siesta bajo un grafiti que enfatiza el deporte, otros charlando entre ellos, ajenos a las palabras de la monja Liliana que se esfuerza con un muñeco de papel en explicar los nefastos efectos del alcohol en el cuerpo. Las mujeres parecen atender mejor, quizás porque son las que más sufren el alcoholismo masculino, y los niños corretean ajenos a todo el montaje didáctico. Aparece un policía, alguien que parece pertenecer a la administración y algún perro que busca la sombra.

ASISTENTES A LA CHARLA. SAN VICENTE

            Salgo afuera a curiosear. El poblado es pequeño; se sitúa en un claro, entre la selva y el río, se compone de una serie de casas de madera elevadas sobre pequeños postes. Varias personas, hombres y mujeres con niños en los brazos, sentadas a la sombra permanecen ajenas a las charlas que se van sucediendo en la cancha inmediata.

            Aquí, me pregunto, ¿qué se puede hacer aparte de trabajar, comer, dormir y tener sexo? No hay ningún medio de entretenimiento; no hay biblioteca, ni cine, ni actividades deportivas. Es fácil matar el tedio a base de juergas con cerveza y Arturito, es atractivo visitar a los amigos de otra comunidad, río abajo o río arriba, siempre por el río, y de vuelta con el mundo girando y el equilibrio perdido caer en las aguas traicioneras del Napo. Esta generación, creo, es irrecuperable. La esperanza puede estar en los niños. Difícil tarea.

            La misma inactividad nos encontramos en el poblado secoya al que otro día nos acompaña Roni. También los encontramos reunidos en una especie de sala comunitaria, de suelo embaldosado, que hace, nos dicen, funciones de escuela y sala de reuniones. La comunidad es pequeña y joven. Hay unos cuantos niños y en el poblado vive el maestro. Abel, el que ejerce como «jefe» comunitario, nos hace sentar en pequeñas sillas frente a ellos y, con un parlamento adaptado a lo ritual, cada uno nos vamos presentando. Al final nos hablan de de su situación sanitaria, quejándose de tener  muy pocos medicamentos en su botiquín comunitario, que necesitan más. Ahí acaba la reunión, no sin antes vendernos unas artesanías, pequeñas pulseritas y collares de semillas.

            Para llegar hasta aquí hemos navegado río abajo, atravesado esa frontera invisible con Perú y nada más cruzarla hemos dejado la barca en la orilla para seguir caminando.

CAMINO DEL POBLADO SECOYA

            Como en San Vicente el poblado es un pequeño grupo de casas de madera colorida, éstas dispersas en una extensión plana, cubierta de hierba, y rodeados de selva. En el centro, una caseta elevada que muestra en su interior dos inodoros. Vemos postes con cables tendidos entre las casas, hay luz eléctrica.

            Los secoya son un pequeño grupo indígena que se asientan en la amazonía ecuatoriana y su adyacente peruana. Son pocos, en total unas 800 personas. Hablan español y un idioma propio, el paicoca, en regresión por la influencia externa. Como otros grupos indígenas se dedican a la agricultura de subsistencia, a la caza y a la pesca.

            Las fronteras nacionales no tuvieron en cuenta la realidad de los pueblos indígenas. Los límites fronterizos se trazaron entre las zonas de asentamiento de estas comunidades. En este caso parte se quedó en Perú y parte en Ecuador. La comunidad que visitamos pertenece al estado peruano; está muy próxima a Nuevo Rocafuerte, no más de 10-15 minutos de navegación y toda su actividad comercial y sanitaria se centra allí.

            En Ecuador hay muchos grupos indígenas; en la zona Amazónica predominan los Kichwas y los Huaoranis. Los Secoyas, Zápara, Shuar, Achuar y Siona son etnias minoritarias.

La historia de estos pueblos ofrece mucha similitud a la de los indígenas norteamericanos que tanto han narrado la literatura y el cine. La invasión de la cultura del este norteamericano, la presión de los colonos, la expansión militar, el ferrocarril y otras muchas circunstancias produjeron la ocupación de sus territorios. Los indígenas fueron eliminados o encerrados en reservas; constituyen minorías marginadas a extinguir, muchas veces ahogados por la pobreza, el alcohol y la depresión.

            NIÑAS SECOYAS

            En las selvas amazónicas la historia del far west se va repitiendo. Aquí han sido los madereros, los caucheros, los petroleros los que han ido empujando y ocupando el territorio tradicional de estos pueblos. La carretera Baños de Agua Santa a Puyo, de 81 km, se inauguró en 1947 y conectó la sierra andina con la región amazónica de Pastaza, uniendo  las zonas aisladas con el resto del país. A través de esta vía llegaron los colonos, también el comercio, los dispositivos sanitarios y de educación. Fue el recurso necesario, al no existir otras vías de comunicación con el resto del país, para transportar el petróleo y la madera. Las provincias antes aisladas se beneficiaron de la llegada de comercio, empresas, servicios gubernamentales y turismo. Pero el impacto fue negativo para las comunidades indígenas que vieron ocupados sus territorios y para el medio natural que sufrió una deforestación salvaje, una gran contaminación de los ríos y otros acuíferos y una acusada agresión a la biodiversidad.  Estos daños se multiplicaron por la construcción de carreteras que comunicaban las zonas de extracción petrolera.

                        Ecuador, mediante un decreto (ley de reforma agraria en 1964 y 1973) quiso fomentar el asentamiento de personas en zonas aisladas, muy poco habitadas; se dieron tierras gratuitamente o con muy bajo precio a todo el que las solicitó. En estas décadas  60 y 70 se implementaron políticas de colonización que incentivaron la migración de campesinos llegando de todos los rincones del país a la amazonía. No fue una situación ideal, los colonos tuvieron muchos problemas: la resistencia hostil de los indígenas que vieron ocupadas sus tierras, el aislamiento, las enfermedades tropicales, el clima y tierra muy poco productiva.    

LEYENDA DEL TERERE

            Antiguamente los brujos solían pelear entre sí para tener el dominio.Un brujo viejo y otro joven lucharon bravamente durante mucho rato; pero el viejo, con sus astucias, logró imponerse. El joven, derrotado, tomó gran cantidad de monos y huanganas (pecarí, cerdo salvaje), y arrancando un trozo del monte Sumaco, se marchó río abajo. En un lugar del río Napo colocó el trozo de monte y nació una isla. Esta isla se llama Tereré, que existe hoy en día.    Y en ese lugar, cercano a Pañacocha, abundan los monos y las huanganas.

TERERE  (KICHWA)

            Ñaupac sacracuna macariccuna carca, maicanshi amu tucunca, nishpa, ricuncapac. Shuc rucu sacra shue maltahuan unaita macarinacurca. Rucu unaita rurashcapi yallirca. Malta, achca huancana, cushillu japishpa, Sumaco urcumanta ansa allpa pitita japishpa, yacu uraita rirca. Napo uraiman shuc panpapi dchai Shumaco allpa pitita churarca, isla tucushca. Chai isla Tereremi can. Cunanpash chai isla tiyan. Chai achica cushillu, achica huancana tiyan.

NIÑOS KICHWAS, SAN VICENTE

            © (Texto y fotografía) CHUAN ORÚS 2025

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