CRÓNICA DE ECUADOR IV. MISIÓN CAPUCHINA

A Guzmán, a Teo, a Eugenio, a Manuel.

La Misión Capuchina es un pequeño grupo de casas de las que varias están destinadas a servicios y una de ellas a vivienda. Vivimos allí, nos acogen con calurosa hospitalidad y cariño los Sacerdotes  Capuchinos, Teo y Eugenio; el Hermano Capuchino Manuel, y nuestro viejo amigo el Hermano Franciscano Guzmán. La casa es amplia, humildemente acogedora, con una densa historia reciente, llena de recuerdos de las  personas  que aquí plantaron su fe, su espíritu y sus convicciones.

            Aquí, alguno, entregó su vida bruscamente, otros lo van haciendo poco a poco.

            Estos días de convivencia hablamos, coincidimos, discrepamos, reímos, disfrutamos de la compañía, de los puntos de vista, de las historias, algunas extrañas para nosotros, que van narrando de su vida y compromiso, de sus experiencias vitales. Este es un mundo aislado y especial. Aquí la realidad es elástica, etérea, parte de un universo mágico, sinuoso, desenfocado, con recovecos insólitos que a los extraños nos cuesta entender. Es así.

            La noche ha sido un continuo suceder de truenos gigantescos y cortinas de agua golpeando el techo de la habitación. Son ahora las 6,30 de la mañana y llueve con violencia. Estoy fuera de la casa, a cubierto del agua, protegido por el tejadillo que cubre todo el perímetro, con un tazón de café en la mano. Me envuelve una fresca humedad deliciosa.

            Escucho los rezos de mis compañeros religiosos y me uno a esas voces con mi propia oración en la que agradezco la lluvia, esta fabulosa cortina de agua que cae del cielo como una bendición; agradezco estar aquí en este rincón del mundo, aislado en la selva ecuatoriana, viviendo en primera persona del presente de indicativo el verbo vivir. Sí, vivo, y me siento parte de este universo, me integro en el resto de seres, me hermano con los árboles, con la lluvia, con relámpagos y truenos, con los perros mansos acostados a mi lado, con los animales  escondidos en el bosque, los peces del río y los pájaros, con los hombres y mujeres con los que comparto este momento supremo. Soy algo más, mucho más, que un ser individualizado; soy con todo, parte de un ser infinito y eterno, que se muestra en los miles de pensamientos, de facetas, de caras, de sentimientos. Forma, reflejo del Ser Supremo, rostro de Dios, cuerpo sagrado, trascendencia, principio y fin, imagen carnal de una evolución que no termina, que constantemente se transforma.

            Y justo en este momento escucho en las voces de mis compañeros «…y líbranos del mal…» y yo susurro uniéndome a ellos «amén».

            Las voces que desgranan el Padre Nuestro me transportan a mi niñez, a la inocencia de aquella fase de paz infinita, sin aristas, sin escamas en la piel ni espinas en el alma. De sueños blancos, de días luminosos sin pesares ni dudas. Me llevan al abrazo compasivo con mi pasado, con todos los seres que me amaron, con los que están y también con los que ya no se muestran tangibles, corpóreos, en este mundo. Me ofrece un asidero para reencontrar los caminos perdidos, para no hundirme en el sumidero de la batalla. Me lleva al abrazo, al perdón, al descanso y a la paz.

            Tras ese amén cesa la lluvia. Resbalan las gotas de agua por los tejados, por las ramas de los árboles, por hojas intensamente verdes y brillantes de los matorrales; crecen los cantos de los pájaros, se van las nubes y surge un cielo azul en el que arde un sol prodigioso que calienta el alma y el corazón.

            Brilla con intensidad  el verde de la selva, allí donde se oculta el misterio, donde viven los dioses, los animales que se ocultan hasta la noche, los indígenas escondidos del mundo viviendo en el suyo. Todo este cosmos flotando sobre la masa viscosa del petróleo oculto en el subsuelo, posiblemente ocupando la casa de algún dios.

            Comenzamos juntos el nuevo día mirándonos a los ojos; contemplando la sencillez del gesto, de la sonrisa suave, de la mirada encendida. Otra vez la nueva oportunidad de vivir para, de encontrar la manera de sentir al otro, de ejercer la sencilla forma de existir con. Sobran las palabras grandilocuentes y rotundas, las posesivas, las que imponen, las que separan, las que desprecian. Sólo dos o tres para unir, amar, comprender, compadecer.

            Y el día se extiende desde el café, el pan bendito y la fruta sagrada hasta la noche.

            El sol ya calienta y el cielo azul se extiende sobre las intrincadas masas vegetales de la selva. La aventura del día está sin escribir sobre la hoja blanca del cuaderno. Ojalá seamos capaces de verter un inmenso caudal de alegría en párrafos amorosos y alegres; ojalá la sonrisa del que lloraba nos inunde la mirada; ojalá seamos capaces de tomar muchas manos y extender la caricia compasiva, el descanso al cansado, la voz al  mudo, la respuesta al que duda.

        El Napo sigue fluyendo con energía y las lanchas suben, bajan, cruzan el cauce. Las garzas blancas se alinean como estatuas en los apostaderos. Los gallinazos abren las alas para secarlas al sol. Otro nuevo día que ha comenzado con el canto del gallo en el corazón ahogando el estruendo de los truenos.

          La vida fluye en este rincón en el que me encuentro a gusto acostado en la sencillez de vida simple; atrás, allá lejos, lejísimos, se queda todo. Una vez despojadas las vestiduras sólo existe la piel desnuda y el gozo de descubrir que no se necesita más para vivir, que todo lo que un día dejé es accesorio, no sirve, no produce nada más que insatisfacción, rabia y dolor. 

            Y veo a estos seres luminosos partir hacia el río, hacia las comunidades, hacia el hospital, hacia la selva, hacia el pueblo, llevando entre las manos, junto con sus miedos y contradicciones,  todo lo que sienten, todo lo que creen, toda la compasión y la empatía, toda la vida que van dejando, día a día, por algo tan intangible, por algo tan inmenso, como la certeza de una creencia tan arraigada y firme como las ceibas gigantes de la selva.  

© (Texto y fotografía) CHUAN ORUS 2025

ATARDECER EN EL NAPO
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