La lancha va por el centro del cauce y allá, al fondo, entre la oscuridad creciente se ven alineadas las luces del malecón de Nuevo Rocafuerte. El ayudante del piloto las señala y volviéndose a nosotros con rostro alegre dice algo así como «¡Llegamos!». Miro asombrado una especie de masa grisácea, sin límites, opaca, que avanza por el fondo del paisaje y engulle la visión de todo lo que tenemos por delante. En cuestión de segundos nos envuelve una lluvia inmensa, con un ruido ensordecedor y una violencia extrema. Son auténticos disparos de millones de proyectiles de agua, gotas de grueso calibre impactando sobre el río, sobre el bosque, sobre el casco de la lancha. El ayudante corre a bajar las lonas enrolladas sobre la parte superior de los ventanales. Aún así el agua entra por todos los rincones.
Ya amarrados en el pequeño muelle el piloto nos mira y expresa con un gesto algo así como «…a esperar, ya pasará…». Pasan los minutos y el ruido ensordecedor se mitiga, la lluvia extrema deriva en aguacero intenso y cansados de las horas de viaje y de la espera decidimos salir.
El desembarco es lindo. Una larga escalera de madera, peldaños mojados y resbaladizos, sin guardamanos al que agarrarse, tendida en una pendiente próxima a los 90º entre la oscuridad del ocaso súbito ecuatoriano. La dificultad no acaba allí: en la barandilla que bordea el malecón no hay portillo alguno, hay que pasar las piernas como en un salto de altura. Guzmán está allí esperándonos y nos ayuda; el muchacho ayudante del piloto nos asiste con el equipaje y se gana unos dólares. Apenas vencidas las dificultades cesa la lluvia. Bienvenidos al trópico.
Han pasado algo más de 6 horas desde que zarpamos del muelle fluvial de la ciudad de El Coca (Francisco de Orellana) a donde habíamos llegado a primeras horas de la mañana en un vuelo desde Quito. Agotamos las pocas horas localizando el punto de embarque, comiendo y paseando por los alrededores.



Junto al puerto, no más que unos sucesivos puntos de amarre con pantalanes metálicos sobre la orilla, recorrimos un mercado informal en el que nos llamó la atención varios cubos de plástico con decenas de larvas amarillentas de cabeza oscura, gruesas como mi dedo pulgar, moviéndose con rápidas ondas peristálticas en sus cuerpos. Unos puestos más allá, ensartadas en palillos de madera, se asaban sobre las brasas de un fogón. Fue nuestro primer contacto con este preciado alimento, los chontacuros, proteínas sin hueso ni espinas, sin grasa…auténtica delicia para los ecuatorianos que, por el momento, decidimos obviar.
Optamos por un pescado, tilapia, con arroz y yuca con la compañía de una cerveza local. No pudimos pagar con tarjeta, los apagones son muy frecuentes estos días en Ecuador, ni disfrutar de otra luz que la de nuestros teléfonos móviles en el estrecho baño del restaurante en el que cualquier movimiento en la semioscuridad era complicado.
El Coca es una pequeña ciudad, apelmazada, opaca, con dédalos de calles en las que se multiplican pequeños negocios con nombres curiosos como «Cosedora de Zapatos» o «Cevichería». Un pequeño paseo no más allá del centro para matar el tiempo antes de embarcar en la lancha. Teníamos la advertencia de evitar determinadas zonas en donde el extranjero, no hay confusión posible, es una buena tentación para el robo.
Aquí se acaban las carreteras. A partir de El Coca cualquier movimiento de avance hay que hacerlo por el río.

Siguiendo el curso del río Napo, nuestro camino hacia Nuevo Rocafuerte, existe la posibilidad de viajar en lanchas de estructura robusta, con capacidad de unos 15 pasajeros y motor fuera borda muy potente. Hasta el destino final emplea unas 5-6 horas. O en la lancha convencional, más estilizada, de mayor longitud, con más paradas en el trayecto y menor velocidad: tarda en llegar al mismo destino unas 12 horas. Nuestra lancha sale puntual a las 13 horas. La navegación por el río sólo es diurna, está prohibida desde las 18 horas hasta las 6 del siguiente día, por la gran cantidad de bancos de arena, algunos móviles, que ocupan el cauce y la numerosa presencia de obstáculos, ramas y troncos de árboles, que arrastra la fuerte corriente.
Una vez en el cómodo asiento del bote la sensación es muy agradable a pesar de las molestias del chaleco salvavidas. En las orillas, separadas por algo más de 1-1.5 km en muchos lugares, se alza densa la selva. Espesos muros vegetales de árboles, matorrales, palmeras, entre los que, de vez en cuando, se divisan casas con techos de hoja de palma, aisladas o formando pequeñas comunidades, siempre elevadas sobre postes y barcas amarradas en la orilla.

La lancha va muy rápida, el motor ruge, y describe constantemente un trayecto sinuoso. Hay sequía y el irregular cauce del río, de este gran río amazónico, se abre en multitud de canales entre islotes y bancos de arena o discurre en un lecho único. El piloto lee la superficie del agua, interpreta los pequeños remolinos, las ondas, las superficies lisas, conoce perfectamente su geografía. Salvo en muy contadas ocasiones el curso de la lancha nunca es recto; describe curvas pronunciadas, se acerca al centro o busca aguas muy cercanas a las orillas, todo para navegar sobre el mayor calado sin perder la velocidad, lanzando por sus costados torbellinos de agua que se levantan en el aire y estropean decenas de mis fotografías. El paisaje es exuberante, bellísimo y, aunque no puede haber ninguna imagen que traduzca con fidelidad tanta hermosura, sigo disparando la cámara en el intento de reflejar y mantener luego la imagen colorida del recuerdo, en el mundo grisáceo de mi paisaje doméstico.

El río Napo tiene una longitud de unos 1130 km. Nace en el volcán Cotopaxi, en El Coca recibe al río del mismo nombre que la ciudad y en su camino hacia Perú su cauce va aumentando por numerosos afluentes tanto ecuatorianos como peruanos. Poco más allá de Iquitos finaliza en el Amazonas.

El ruido del motor adormece pero los continuos virajes impiden el sueño. En las orillas, sobre los bancos de arena, hay garzas blancas detenidas en sus apostaderos esperando la oportunidad de pesca. Vuelan altos los gallinazos, el buitre negro americano que en otros lugares llaman zopilotes, buscando su dosis de carroña. La tarde va avanzando y la belleza se traslada al cielo. Grandes nubes de evolución sobrepasan la altura del techo vegetal y se expanden en enormes conglomerados blanquísimos, con zonas azuladas, oscuras. Por el cauce navegan numerosas lanchas con mercancías y personas; nos cruzamos con grandes gabarras que transportan camiones cisterna, por las orillas menudean zonas de obras de empresas petroleras.

Cerca ya del final del viaje las nubes se tiñen de tonos amarillentos, rojizos, auténticos paradigmas de belleza. La luz se va escapando y, allá en la selva, comenzará el despliegue de la vida salvaje a la que no estamos invitados a participar.
Es entonces cuando el muchacho que ayuda al piloto nos señala cercanas las luces de Nuevo Rocafuerte.
Es entonces cuando la sombra opaca nos envuelve y la lluvia tropical nos alcanza y bendice.

© (TEXTO Y FOTOGRAFIA) CHUAN ORÚS 2025
Gracias Javier. Hoy lo leo
Enviado de Samsung Mobile
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Precioso. Las fotos como las de Amazonia, de Sebastiao Salgado
Tinto la segunda parte. Abrazos
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Se disfruta leyendo tu crónica, consigues que el lector se integre en vuestra aventura. Nos has hecho partícipes de vuestro maravilloso viaje. Es apasionante, me quedo con ganas de seguir descubriendo nuevos paisajes, vivencias. Espero y deseo que las crónicas continúen.
Enhorabuena Javier. Abrazos
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Javier gracias por hacernos vivir ese viaje a vuestro lado con este fantastico comienzo. Y maravillosas fotografías.
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