MEMORIA DE ÁFRICA

A María «La Cubana»

A María Pilar «Pitita» Servera y a Tomás Fortuny, compañeros de viajes y fatigas africanas.

El atardecer era bellísimo. El sol se iba escondiendo al otro lado del Chari, el gran río africano que alimenta el lago Chad, y se reflejaba en sus aguas dándoles un tono dorado. El tiempo parecía detenido; a miles de kilómetros de nuestras casas, en una sociedad tan diferente, era estar viviendo en un bello e inmóvil mundo paralelo. Había piraguas que cruzaban lentas el cauce. Pitita y yo estábamos tomando una cerveza «Gala» en la terraza sobre el río del exclusivo hotel Le Meridien, en Yamena, la hostil capital de la República de Chad, disfrutando de la quietud y paz de aquel atardecer africano.

JOVEN CHADIANA

          A nuestro lado, muchas parejas formadas por militares franceses y bellas muchachas africanas con innegable aspecto de buscavidas. Las habíamos visto la noche anterior, cenando con María «La Cubana» en Le Carnivore, uno de los pocos restaurantes con cierta fama de la capital de Chad. Tras unos días acuartelados en sus bases, los rebeldes de vez en cuando salían de sus refugios en Sudán, les habían dado asueto. Ellos, muy jóvenes, con uniforme militar francés, caras de niños y bíceps  que amenazaban con romper las mangas de las camisas. Ellas guapísimas, vestidos ceñidos, faldas vertiginosamente cortas, piel negra, tersa y brillante, en alguna con el maltrato de las cremas de corticoides con las que intentaban aclarar su bello color étnico para europeizar su aspecto. Aquella noche cenaban, escuchaban la música en directo de un grupo local, tomaban copas y charlaban con sus galanes de fortuna en aquél restaurante de suelo de tierra cruda, arenosa, esperando la compensación, además de la cena y las bebidas, de unos cuantos miles de francos CFA y el milagro de un noviazgo fulminante con traslado definitivo a Francia.

MARIA «LA CUBANA»

          Nos había llevado allí María, la que llamábamos «La Cubana», no sabíamos sus apellidos. La habíamos conocido, ya no recuerdo por qué circunstancias, en un viaje anterior y se convirtió en nuestra referencia en los pocos días en los que alojados en Kabalaye, un humilde pero eficaz centro de acogida para trabajadores humanitarios y misioneros, gestionado por unas monjas católicas, esperábamos el vuelo de la avioneta de la MAF (Mission Aviation Fellowship)  que nos iba a llevar al sur, a nuestro lugar de trabajo.

          María era, pienso y deseo que siga siendo, cubana. Una mujer delgada, simpática, extrovertida, que llevaba varios años viviendo en Chad. Estaba casada con un chadiano, Abdul,  al que conoció cuando estudiaban en Moscú, en la universidad Patricio Lumumba. Él estudiaba derecho y ella una ingeniería.

          A pesar de la enorme diferencia cultural entre los usos y costumbres del país africano y el caribeño, María seguía ejerciendo su personalidad habanera con todos los requisitos exigibles. Ropa ceñida, cigarrillo entre los dedos, vivacidad, desenfado, desparpajo, alegría. Le encantaba hablar español, con nosotros era una de las pocas ocasiones que tenía, que adornaba con todos esos preciosos términos del lenguaje cubano de la calle.

          Nos invitó un día a comer en su casa. A pesar de que Abdul tenía un cargo en el gobierno de la nación vivían en un barrio de calles de tierra donde las gallinas picoteaban restos de basura y por los laterales corría un reguero de aguas negruzcas. Nos obsequió con una excelente comida y una buena conversación. Estábamos tomando café cuando llegó su marido, un hombre joven, muy cordial, vestido con un bubú blanco. Hablamos un buen rato, su francés era excelente, sobre la situación política del país; se interesó vivamente por nuestro trabajo allí.

          Por la noche, María, nos vino a buscar a Kabalaye. La acompañamos a hacer algunas compras a destartaladas tiendas en las que, se expresaba en francés y con frases en árabe, llevaba la voz cantante entre los comerciantes con aspecto de tahúres. Brillaba con luz propia en aquella sociedad de mujeres tan diferentes, tan tapadas, tan sumisas. Fuimos luego a Le Carnivore.

          Muchos de aquellos militares franceses con sus acompañantes, ya un poco más ajadas,  estaban en la terraza del Le Meridien, con cara de sueño o de fatiga, con indudable aspecto de haber pasado allí la noche y parte del día que ahora comenzaba a declinar.

          Al escuchar nuestra conversación en español se acercó un hombre joven. Era italiano y médico. Al contarle, lo preguntó, qué íbamos a hacer por allí, nos dijo que tenía una clínica en Yamena «pero no humanitaria» matizó « privada, para trabajadores del petróleo, diplomáticos y militares» añadió. Nos ofreció trabajo antes de marcharse.

          En el último viaje ya no vi a María. Me dijeron que Abdul, el político, había fallecido tras un fulminante tumor maligno. Posiblemente ella regresó a Cuba.

          Recuerdo esta historia hoy, leyendo las inquietantes noticias de Niger y la gravísima situación de los países del Sahel, esa desolada parte de Africa, uno de los infiernos implantados en la tierra. El poder de las armas, del juego de la geopolítica de intereses en manos ajenas y alejadas de esos territorios casi desérticos, en los que no crece nada, ni siquiera la esperanza, atestados de seres envueltos en pobreza extrema, inimaginable en nuestra sociedad, amenaza yihadista y desastres naturales condicionados por el cambio climático. Una vez más ven comprometido gravemente su estéril futuro. De nuevo las armas toman las calles siguiendo las decisiones que se dictan en despachos muy alejados del Sahel ante la indiferencia de las sociedades opulentas.       

ATARDECER. RIO CHARI DESDE LE MERIDIEN.

© (Texto y Fotografía) CHUAN ORÚS 2023

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