EL RIO QUE HOY NOS LLEVA

He aparcado mi vehículo a la sombra de unos árboles esperando mi turno para cruzar el Ebro en el Pas de la Barca, por un transbordador al que se accede desde la carretera C12, Rasquera-Ginestar (Tarragona) y que permite atravesar el río para llegar a Miravet.

          El paso es lento, dos-tres coches por trayecto, y la placidez del día invita a disfrutar del paisaje. Aquí el Ebro es un río tranquilo, con buen caudal de aguas razonablemente transparentes en las que veo algún pez nadando tranquilo. Hay una tupida vegetación en las dos orillas. Día de verano con sol y calor.

          El transbordador es una sólida plataforma montada sobre dos barcazas bautizadas como «Isaac Peral» y «Monturiol»; no hay ningún motor, se mueve por la propia corriente del agua, va dirigida por unas sirgas tendidas entre las orillas y la habilidad del barquero.  Un pequeño cartel informa del precio de paso: 3€ un coche, 1€ por peatón.

          Hace unos años, yo estaba también esperando que un transbordador me permitiera pasar a la otra orilla del  Chari en la República de Chad, en el Africa Subsahariana. Lo había hecho varias veces y siempre me hacía gracia, lo recuerdo ahora viendo las tarifas del Pas de la Barca, la lista de precios del transbordador africano; además de camiones, coches y motos, se especificaba el precio por paso de asnos, camellos, bueyes y otros animales domésticos.

          Aquél año los «rebeldes» acantonados en la frontera con Sudán fueron avanzando para tomar Yamena, la capital de Chad y sede del Gobierno. El río Chari era una frontera natural difícil de atravesar por la inexistencia de puentes y el ejército chadiano inmovilizaba los transbordadores para evitar que fueran utilizados por las fuerzas enemigas. Nuestro paso, aquél día, fue el último. Quedamos en zona rebelde y, cuando las cosas se pusieron feas, escapamos de la guerra abierta volviendo a cruzar el río en piragua.

          A pesar de la lentitud del paso el trayecto es breve; se echa de menos un mayor tiempo por la sensación de calma que da el flotar despacio y sin ruido por el cauce del río. Intento hablar con el barquero; lo único que me dice es que Pas de la Barca es el único transbordador sin motor que existe en el Ebro. No tiene demasiadas ganas de conversar. 

          Miravet es un pueblo colgado sobre la orilla del Ebro que allí hace una amplia curva y luego sigue su último camino, bordeando las sierras de Cavalls y Pandols, hacia el Delta.

          Las casas se desparraman desde la altura del castillo templario, una imponente atalaya desde la que se divisa un grandioso paisaje. Desde allí caminos y calles empinadas van descendiendo hasta la orilla del río. Una placa recuerda el paso del Ebro, en la madrugada del 25 de julio de 1938, del Ejército Republicano, comenzando así, tal y como dice el texto «la batalla más sangrienta y cruel» de toda la guerra civil.

         

En el pueblo, después de 85 años, todavía pueden comprobarse los estigmas de aquellos terribles días. En la puerta de la iglesia se ven numerosos impactos de proyectiles y metralla. Las fotografías actuales del conjunto urbano apenas difieren de aquellas tomadas en el cruce del río.

          Los ríos son fuente de vida, también fronteras que separan a los pueblos. Grandes corrientes de agua se han hecho memorables por los hechos dramáticos que sus orillas han protagonizado. Ebro, Danubio, Don, Dniéper, Volga, Mekong, Yang Tse, Kwai y tantos otros que han sido protagonistas inanimados del cruel enfrentamiento entre los seres humanos.

          El odio y el amor. La orilla blanca, la orilla negra.

RIO EBRO, MIRAVET

© CHUAN ORÚS 2023

         

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