CRONICA DE ECUADOR I: NAVEGANDO POR EL NAPO

La lancha va por el centro del cauce y allá, al fondo, entre la oscuridad creciente se ven alineadas las luces del malecón de Nuevo Rocafuerte. El ayudante del piloto las señala y volviéndose a nosotros con rostro alegre dice algo así como «¡Llegamos!». Miro asombrado una especie de masa grisácea, sin límites, opaca, que avanza por el fondo del paisaje y engulle la visión de todo lo que tenemos por delante. En cuestión de segundos nos envuelve una lluvia inmensa, con un ruido ensordecedor y una violencia extrema. Son auténticos disparos de millones de proyectiles de agua, gotas de grueso calibre impactando sobre el río, sobre el bosque, sobre el casco de la lancha. El ayudante corre a bajar las lonas enrolladas sobre la parte superior de los ventanales. Aún así el agua entra por todos los rincones.

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