LA CALMA DEL MUSEO

Comencé el día intentando vivir como pudiera las dificultades que ya el insomnio de la noche me había pronosticado. Los días llevan, a veces, esos aullidos interminables que empujan, que acorralan, que hacen sentirse perdido o solo, como le advirtieron a Julia.

            Pero todo pasa; los hombres somos, entre otras cosas, observadores fugaces, sujetos pacientes del vértigo del tiempo, y penas y alegrías se van disolviendo como el azúcar en el café con leche. Al final sólo queda un sabor, también fugaz, que alegra o entristece los siguientes minutos de cualquier tropiezo, de cualquier júbilo, de cualquier derrota.

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