CRÓNICA DE ECUADOR V. SELVA

La selva es una casa sin puertas ni ventanas, una casa destartalada bajo un techo construido con una red irregular, delicada y tosca, que a veces oprime y otras angustia. La selva es un lugar extraño  donde el camino recto es circular y caminar en círculo es seguir la línea recta. La selva es el terror y el paraíso, una bella pesadilla, un oscuro sueño, la herencia despiadada de una eternidad perdida, lo irreal, lo más extraño, el ser y la nada, un agujero negro, un laberinto complejo y sin salida.

            Me asaltan estos pensamientos  mientras intento seguir el camino que me indican el ruido del machete de Roni al cortar la maleza, las ráfagas de color de la ropa de mis compañeros que caminan por delante, casi ocultos por la densa masa vegetal que nos une y separa, las advertencias del guía « ¡Javier, no te separes, no te alejes!» preocupado porque me detengo a hacer fotografías. Es muy fácil perderse a pesar de los sonidos, no hay un camino indicado, no hay una senda trazada, y los sonidos llegan desde cualquier parte sin saber bien de dónde vienen. Lo ideal es caminar todos juntos, perderse en bloque,  como los españoles, nos cuenta, que se extraviaron, guía incluido, por querer ver unos monos aulladores a los que escuchaban pero no veían, ni llegaron a verlos. Y la noche los atrapó sin salir del laberinto.

            Sigo hacia delante, sigo a Rafa, a Mamen, a Martina, a Roni. O ellos me siguen a mí. Llegan a mi recuerdo esas historias de las novelas de aventuras, las películas argumentadas en la selva. Salvo nuestras voces o el ruido que hacemos al caminar, salvo el frecuente chasquido metálico del machete, el canto de algún pájaro esquivo o el zumbido tenue de algún insecto volador, no hay otros sonidos. La selva calla ahora. Pero en esta ausencia de otros seres permanece la sensación de decenas de ojos que nos miran desde sus escondites; están por ahí, muy cerca de nosotros, callados, inmóviles, ocultos en la sombras, dormitando con los ojos abiertos controlando nuestros pasos, un sueño que dejarán al atardecer cuando llegue la noche y esta casa inmensa despierte y se pueble de formas de vida y de diversas maneras de muerte. Todo se llenará de ruidos, de gritos, de siseos tenues, de alaridos. El milagro y el drama. La vida.

            Había un amanecer precioso  a las 5 de la mañana cuando Roni nos ha recogido con su lancha en el pantalán de la Misión. Roni Cox es un guía oficial del Parque Nacional de Yasuní; pequeño de estatura, fuerte, amable y simpático, nos va enseñar un brevísimo resumen de este espacio de mágica biodiversidad.

            La entrada por el río Yasuní es bellísima; aguas que reflejan con nitidez, como un espejo gigantesco, la vegetación exuberante de las orillas. La niebla puebla ahora las copas de los árboles creando un paisaje onírico. De vez en cuando se apaga el motor de la lancha y el silencio, apenas roto por algún canto de pájaro, es impactante.

ACCESO AL RIO YASUNÍ.
REFLEJOS EN EL AGUA. RIO YASUNÍ

            El Yasuní recorre la selva con un trayecto sinuoso, navegamos muy despacio por los meandros, por zonas de aguas aisladas; el guía nos enseña pájaros, explica, dice…con frecuencia calla y deja que la barca se deslice sin hacer ningún ruido impulsada por la inercia hasta que se detiene. Quedamos en silencio, sobrecogidos por la belleza del paisaje en este inicio de día en el que parece que toda la vida esté dormida, detenida.

            Una gran banda de loros, «loras» les dicen aquí, vuelan hasta un árbol próximo y alborotan el silencio; avanza el día y comienzan los pájaros a bullir, desde los pequeñitos de plumaje colorido hasta los más grandes, el hoatzin o las omnipresentes garzas.

            Remontamos un río lleno de historia por el que los primeros misioneros fueron en busca de los huaoranis. La selva invade las orillas y los reflejos en el agua forman imágenes espectaculares en las que a veces es difícil establecer cuál es la real y cuál la reflejada, una auténtica unión de mundos paralelos.

            Tras unas horas río arriba Roni detiene la lancha y la deja varada en el cieno que cubre la orilla y que atrapa nuestras botas cuando descendemos. Nos internamos en la espesura de esta casa destartalada de límites difusos.

            Dentro del bosque hace calor, un calor húmedo, pegajoso, que llega a resultar agobiante. Hay que mirar al frente y al suelo, evitar los troncos y ramas que tejen trampas en las que enredar los pies, evitar la red de arbustos y lianas, pasar por encima de troncos de árboles caídos. No hay referencias, no hay otra destreza que no perder de vista al que camina delante. Difícil comprender cómo los indígenas viven aquí descalzos y desnudos; ésta es su casa, su universo, del que nosotros no formamos parte.

            Conviven con los dioses; con la Pachamama, la protectora de la selva; con Boiúna, la gran serpiente que habita ríos y lagos y controla las aguas y el clima; con Mapinguari, que castiga a quien no respeta la naturaleza; con Sachamama, que establece una conexión entre los seres humanos y la selva a quien guarda y en la que ayuda a los que la cuidan y respetan.

            Venimos a conocer, a saber, a respetar. Los dioses de este lugar no pueden hacernos daño; nos dejan como regalo el asombro al ver y tocar un ceibo gigante, más de 60 metros, junto al que nos sentimos diminutos.

            Mucho más hacia el interior, junto a los dioses y los animales ocultos, viven aquí los indígenas, los huaoranis. Saben hacer fuego, construir cabañas, cazar animales, comer determinados frutos, encontrar recursos escondidos que nosotros ignoramos. Nuestro guía, hablando de estas cuestiones, abre con el machete una semilla grande como un huevo de gallina; del interior sale una larva blanca «que tiene sabor a almendras», añade.  Hay muchas maneras de sobrevivir entre este planeta hostil del que nada sabemos.

            A nuestra vulnerabilidad se une la torpeza en este mundo salvaje. Después de dos horas caminando, sin nadie que nos guiase, la vuelta a la orilla del río en donde hemos dejado amarrada la lancha sería muy difícil, seguramente imposible salvo que la Sachamama, la madre selva, se apiadase y nos protegiera. 

            La lancha sigue río arriba. Hay monos en los árboles, pájaros y más pájaros; en la orilla tortugas y nutrias de rostro simpático y colmillos feroces, pirañas que tragan el anzuelo como penitencia a su voracidad. Muy cerca de allí una anaconda gigantesca, 5-6 metros, duerme su digestión sobre la hierba de la orilla. La lancha está varada junto a ella: si extendemos el brazo la podríamos tocar.

ANACONDA. ORILLAS DEL RIO YASUNÍ

            Comenzará pronto el ocaso y la selva cobrará vida. Cerca de la desembocadura del Yasuní en el Napo, en la salida del Parque nos despiden las evoluciones juguetonas de unos delfines rosas, los bufeos, apareciendo y desapareciendo, súbitos, dejando el rosado de su color en nuestra memoria inmediata.

            Hoy hemos conocido una naturaleza exuberante y salvaje, un mundo extraordinariamente bello. Hemos caminado por el bosque, hemos navegado por el río…y todo lo hemos hecho sobre una inmensa bolsa de petróleo.

            En la década de los 40 en el siglo pasado comenzaron los sondeos para la búsqueda de petróleo en el Parque Nacional de Yasuní. Como consecuencia de estos trabajos prospectivos, en los años 60 y 70, se descubrieron grandes yacimientos bajo esta gran selva. Se inició un debate gigantesco entre los beneficios económicos de su explotación para una nación escasa de recursos y el daño medioambiental, en la biodiversidad, y la repercusión negativa sobre los pueblos indígenas que hoy todavía no ha cesado. Pero esa es otra historia que habrá que narrar más adelante.

© (Texto y fotografías ) CHUAN ORÚS 2025

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