Hoy es domingo, un día de adaptación al paisaje y al calor. Salimos de España con frío y aquí hay sol ardiente y mucha humedad; en conclusión, un horno de vapor. Vivimos en la Misión Capuchina, de la que hablaremos más adelante porque la vida allí y sus historias tienen mucho interés, a cinco minutos del centro geográfico de Nuevo Rocafuerte. Después de tan largo viaje me pregunto quién decidió, por qué situaron un pueblo aquí, en un lugar tan agreste, tan alejado. Es una duda similar a la que tuve cuando visitamos Ushuaia: quién tuvo el empeño de construir viviendas en lugares tan extremos, tan remotos, en cierto modo poco habitables. En este caso y en el de la ciudad argentina las causas son bastante similares. La Historia lo cuenta.
El origen de Nuevo Rocafuerte estuvo en la necesidad de establecer una población que asegurase la soberanía ecuatoriana en esta zona amazónica fronteriza con Perú.
En 1941 Ecuador y Perú se enredaron en un conflicto armado por disputas respecto a los límites geográficos de ambos territorios amazónicos. La guerra fue breve, escasamente un mes, y cesó el 31 de julio de 1941. El 29 de enero de 1942 firmaron la paz en el llamado Protocolo de Río de Janeiro en el que se acordaron soberanías y límites fronterizos. Hubo más enfrentamientos entre ambos países por las mismas cuestiones y no fue hasta 1998 cuando con la firma del Acuerdo de Paz de Brasilia se resolvió de forma definitiva el reparto de territorios, el diseño de fronteras y se logró una buena relación de vecindad y cooperación.
Tras la firma del Protocolo de Río, el 10 de agosto de 1942 se fundó Nuevo Rocafuerte. Los conflictos que se habían vivido, el difícil acceso a la zona y la necesidad de consolidar la soberanía ecuatoriana, fueron los determinantes que hicieron instaurar aquí un centro militar y administrativo.
El caso de la ciudad austral es anterior, se fundó el 12 de octubre de 1884. También se hizo para afirmar la soberanía argentina, fundar un asentamiento estable de personas y una base marítima. El interés político se unió al comercial.

Aunque este pequeño pueblo está muy alejado, en el mapa de Ecuador se sitúa el en límite nororiental, y el acceso es complicado, personalmente no tengo la sensación de un excesivo aislamiento. Lo comparo con mis vivencias africanas en Chad y allí sí que llegué a sentirme aislado en un mundo paralelo, muy remoto del que era difícil escapar. Sobre todo aquél año (2008) en que una guerra nos pilló de lleno y tuvimos que salir por la puerta de atrás, por Camerún, sin ningún apoyo oficial. Hubo numerosas anécdotas de poca gracia que cada vez nos aislaban más. Allí sólo había pistas de tierra en las que campaban a su aire grupos de militares desertores y bandidos dedicados al pillaje. Creo que lo conté en este blog (https://desdelagavia.blog/2020/12/19/la-memoria-del-nomada-tren-con-destino-yaounde/) A pesar de que aquí no hay carreteras todos los días, a las 6 de la mañana, parten lanchas hacia El Coca, puede uno marcharse cuando quiera, el paisaje es bellísimo, el entorno es seguro y las personas muy amables.

Paseamos ahora por el malecón, junto a la orilla del Napo, el gran río por el que llegamos navegando desde El Coca. Esto es un apacible lugar donde viven unos 400 habitantes. Administrativamente pertenece al Cantón de Aguarico de la Provincia ecuatoriana de Orellana. En la terminología ecuatoriana esto es una «parroquia» que engloba también los pueblos cercanos: Alta Florencia, Santa Rosa, Santa Teresita y Bello Horizonte. Entre todos, 1.700 habitantes.
El núcleo urbano es sencillo, se compone de dos calles longitudinales paralelas al río, atravesadas por pequeños viales. En esas cuadrículas se alinean casas de escasa altura, generalmente de madera, algunas pintadas con colores vivos, todo muy latino. En varias hay corrales con gallinas; no hace falta despertador, antes del amanecer, hacia las 4 de la mañana, el diálogo de los gallos es insuperable.



Destaca un edificio con ciertas ínfulas que contrasta con la sencillez generalizada de las construcciones, son las oficinas administrativas municipales. También hay una cancha deportiva cubierta, aquí llueve mucho, y un colegio grande al que acuden por medio de lanchas, todo por el río, los alumnos de las comunidades cercanas.
No falta una iglesia, fea y muy grande en proporción a los habitantes, fue la donación de un potentado que quiso dejar su huella bien impresa y, nuestro destino, un centro sanitario importante, tanto para el pueblo como para la zona, el Hospital Franklin Tello.
Los servicios se completan con dos pequeños hoteles, unas tiendas de comestibles y productos esenciales, un bar que abre en la tarde con música estentórea y tres sencillos restaurantes en donde por 3-4 $, la moneda ecuatoriana es el dólar americano, se puede comer el menú del día básico (pollo-pescado de río-arroz-plátano-yuca-ensalada ) pero suficiente.






Paseamos sin preocupación por el tráfico, al no haber carreteras no existen otros vehículos que un pequeño camión para la recogida de basuras, bicicletas y ciclomotores. Las lanchas transportando mercancías o personas recorren constantemente el río. Existió, cerca del cementerio, una pista de aterrizaje para avionetas que apenas se utilizó y que ha ocupado la selva.
La población vive de la agricultura (yuca, maíz, alguna hortaliza, plátanos y otros frutales), caza y pesca, comercio y servicios, funcionariado, trabajadores en empresas petroleras, pilotos de lanchas, guías de turismo y militares. Hay también un pequeño servicio de Policía. En el paseo del malecón está el cuartel de la Marina Ecuatoriana que controla el abundante tránsito de embarcaciones por el río Napo.



Nos cruzamos con pocas personas, sólo a primera hora de la mañana o al caer la tarde, el malecón se puebla de niños con bicicletas, hombres y mujeres conversando y, sobre todo en las tardes de los viernes, los marinos que colocan frente al cuartel una caja con cervezas y un altavoz a todo volumen, y pasan así las horas bebiendo, escuchando música latina y celebrando el fin de la semana.
Por las tardes las nubes crecen y crecen, se convierten en masas inmensas sobre el techo vegetal de la selva, coloreadas por la luz amarillenta de un ocaso rápido y alguna lancha navega por el cauce del Napo. La selva, las nubes, el río, las lanchas…una hermosa pintura colorida, fugaz. Es difícil separarse entonces del malecón al contemplar tanta belleza.

En pocos días, el paseo diario sirve de presentación. El turismo apenas llega hasta aquí y los visitantes brillamos con luz propia. A las pocas horas se sabe que somos españoles, vivimos con los Capuchinos y trabajamos en el Hospital. Si llega algún turista es para visitar la selva del Parque Nacional de Yasuní porque esta es una de sus puertas de entrada. En Nuevo Rocafuerte viven guías autorizados que organizan excursiones al interior de la selva. Nuestra visita a la selva con el guía Roni Cox (Tel. +593 98 8833715) fue excelente.

A pocos metros del núcleo urbano se encuentra el último destacamento militar ecuatoriano controlando el límite fronterizo. Atravesando el río Yasuní, afluente del Napo muy próximo a Nuevo Rocafuerte, comienza Perú y en la orilla correspondiente hay una unidad militar peruana. Ambos destacamentos tienen pocos soldados, la frontera que tanto conflicto provocó es totalmente permeable, pasan lanchas en ambas direcciones sin que nadie las detenga.


Todo está rodeado de un denso bosque amazónico. La selva tiene su máxima expresión en el Parque Nacional de Yasuní, más de un millón de hectáreas de extensión con una biodiversidad única en el mundo. Fue declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera en 1989. Además de su importancia ecológica en el subsuelo hay importantes reservas de petróleo.
En las orillas de los ríos existen numerosas comunidades indígenas, muchas de ellas kichwas y waoranis, etnias poseedoras de culturas ancestrales, y dentro del Parque Nacional viven «pueblos en aislamiento voluntario» (PIAV), grupos «no contactados» protegidos por la legislación internacional, correspondientes a los Tagaeri – Tanomenane.
La existencia de yacimientos de petróleo ha provocado importantes debates, jamás resueltos, entre economía y protección humana y ambiental. Las perforaciones, por ley, están prohibidas en el Parque Nacional tanto por el daño a la biodiversidad como por el que provocan a los pueblos indígenas, sobre todo a los PIAV al ocupar sus territorios ancestrales, destruir la selva, perturbar y alejar a los animales salvajes que son su medio de sustento básico. Los acuíferos, el río Napo y sus afluentes, sufren una importante contaminación por los residuos de los trabajos petroleros.
En un futuro muy próximo el nuevo Gobierno de Ecuador debe dilucidar la continuidad o el fin definitivo de la presencia de estas empresas que, desde los inicios de los trabajos de sondeos muchos años atrás, tal y como indica la ley ecuatoriana, desarrollan actividades prohibidas. Los diversos gobiernos nunca han tenido intención alguna de aplicar la legislación, todo lo contrario, han impulsado estas actividades y han protegido los intereses empresariales.
La selva no es solamente un bello recurso natural, la selva es el mundo ancestral de unos, pocos ya, indígenas. Es su universo, forman parte de él, viven allí como lo hicieron sus antepasados. Algunos de ellos han decidido existir aislados, no querer contacto alguno con el resto de la humanidad. Viven desnudos, comen frutas y vegetales que recolectan, cazan y pescan; y en su decisión están protegidos por leyes internacionales que, aquí, se vulneran. Les llaman con desprecio los salvajes, los desnudos, a la vez que les temen porque ellos defienden ferozmente su territorio. Esta prolongada controversia, además del gran e irreversible daño medioambiental, ha producido situaciones de extrema violencia con resultado de muchas personas asesinadas. Los intereses económicos, por ahora, priman sobre los medioambientales y humanos.


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