TIEMPO DE SUEÑOS

En medio de tanta muerte, escondido entre las estrechas paredes de mi casa, la vida me ha dado más de mes y medio para dedicarlo, entre otras cosas, a la reflexión. Confieso que soy más monje que soldado y dentro de esta desgracia que el azar nos ha regalado, he aplicado un sentido positivo

y lo he mirado desde el otro perfil, más oportunidad que fracaso.

Las miles de muertes, esas muertes crueles a las que a la soledad personal, nacemos y morimos solos, se ha añadido la ausencia de compañía. En el mejor de los casos sólo han existido unas manos ajenas, no exentas de amor, enfundadas en doble guante protector y la mirada tierna y emocionada de ojos apenas visibles tras gafas y pantallas protectoras de un ser angelical revestido en una funda plástica.

Me planteo en este confinamiento el eterno dilema: ¿a dónde vamos? He dejado ya por imposible aquello del ¿qué somos y de dónde venimos? Ahora ya tengo menos tiempo en mi expectativa y me urge más la respuesta, imposible, al destino final una vez que dejamos definitivamente la vida.

Nuestra inteligencia no puede responder a esta cuestión, tan vieja como el mundo, a la que filosofías, religiones y demás corrientes del pensamiento dan cada una su respuesta. Ninguna exacta, por otra parte; cuestión únicamente de fe.

Me suele provocar una sensación de paz y sosiego el pensar que mi destino es una especie de paraíso formado por escenarios de mi vida infantil, no juvenil, cuando mis responsabilidades se extendían escasamente un poco más allá que las vegetativas de comer, dormir y jugar.

La primera fase de mi crecimiento la viví en una barriada periférica de Zaragoza. Mi casa era un pequeño unifamiliar con un mínimo espacio interior que unos dedicaban a criar gallinas y conejos y otros, era el caso de mi familia, a sembrar geranios y rosales. Frente a mi casa había unos grandes campos de cultivo yermos en aquellos años a los que, más tarde, les salieron unos brotes de hormigón en forma de altos bloques de pisos altos y condensados como nutridas colmenas.

Pero eso fue después; mientras viví allí eran grandes superficies de tierra con partes herbosas heterogéneas y algún pequeño talud delimitante. Por uno de los lados cruzaba una acequia de riego escondida entre una densa vegetación de altas cañas. Al fondo de esos campos, salía un camino de tierra que hacía un recorrido entre huertas y torres de labranza, y que acababa en las orillas del río Gállego.

La barriada se dividía en dos espacios, el llamado “barrio viejo”, casas antiguas, muchas de ellas de adobes, entre las que había varias vaquerías, y el “barrio nuevo”, casas modernas, recién construidas con ladrillo y teja, cada una con su jardincito, configurando un conjunto agradable y cómodo, destacando entre las casas calles peatonales con pequeñas zonas verdes.

Un lugar bonito para vivir; todavía existe.

Curiosamente éramos muy pocos los españoles allí; más de la mitad estaban ocupadas por familias norteamericanas. La base aérea estaba en pleno apogeo y aquellos militares querían vivir en espacios libres, con jardín e independencia, aquello de la american way of life, pero en el recinto militar no había espacio para tantos, por eso se desplazaron a esta parte de la ciudad que más o menos les ofrecía algo parecido a su ideal de vida.

Los críos españoles éramos los dueños de aquél espacio, y consideramos a los yanquis como invasores; creció en nosotros una conciencia de invadidos y también una conciencia de clase. Los españoles pertenecíamos a familias más humildes que otra cosa, los norteamericanos, al menos en apariencia, eran ricos y poderosos: coches gigantescos, juguetes increíbles, formas de vida muy diferentes, casi de película, además no entendíamos su idioma. Acabamos, como el vietcong, dominando el tupido espacio de las cañas que bordeaban la acequia y que nos permitía construir arcos, flechas, lanzas, garrotes y cabañas, atrapando de vez en cuando algún rehén rubicundo o pelirrojo al que sometíamos a tortura china hasta que lloraba.

Eran blandos y olían diferente; un olor indescriptible que lo recuerdo como a plástico, igual que el aroma de sus casas. Nosotros, sin embargo, a sudor, lejía y cebolla.

Cuando viajé a Vietnam visité los túneles de Cu Chi y los canales del delta del Mekong, lugares desde donde las guerrillas atacaban a los norteamericanos y entonces el recuerdo fue de inmediato para mi particular selva de cañas en aquel conflicto infantil inocente y delicioso.

En los veranos de aquellos años remotos pasaba mucho tiempo en la aldea de mi padre en el Pirineo de Huesca. Había que subir hasta allí a lomos de caballería, salvo una estrecha senda que ascendía por la montaña no había otra manera de llegar. Vivía en casa de mis tíos; mis primos y otros niños del pueblo eran los compañeros de mis días de vacaciones; ellos se ocupaban de labores menores en el campo y la ganadería. Yo les acompañaba.

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BARBENUTA. HUESCA

Me impresionaba la montaña, los bosques, los animales, las fuentes, los pájaros, los torrentes, las tormentas; la vida de mis familiares me parecían una continua aventura. Allí no había tiendas y acceder al primer pueblo con servicios era trabajoso, sólo se hacía si era estrictamente necesario. Todo había que hacerlo allí: desde cortar el pelo o hacer el pan, hasta confeccionar cartuchos de caza. Mi tío, como el resto de los cabezas de familia de la aldea, permanecía varios días en lo alto de la montaña, cuidando el ganado del pueblo, libre por los pastos de altura durante el verano, durmiendo en una cabaña. Iba en su caballería, armado con su escopeta; además de una posible oportunidad de caza, se suponía que entonces podía haber algún lobo.

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BARBENUTA. HUESCA. BOSQUES Y NUBES

En casa había un corral con gallinas, conejos, cerdos y una cuadra con tres o cuatro grandes caballerías.

Todo el mundo me conocía, yo pertenecía a una “casa”, a un clan. Cualquiera me protegería, me auxiliaría. Me sentía tranquilo y a gusto.

Aquella vida de autosuficiencia me parecía emocionante, muy cercana a las épicas aventuras que leía en alguna de las novelas que me regalaban para mi cumpleaños. Muy parecida a la vida de los pioneros en el lejano oeste americano que narraban las películas de los domingos en el cine del colegio.

Y yo participaba entonces en ella.

Allí aprendí muchas cosas inútiles, esas que luego son imprescindibles en la vida de una persona.

Pasan por mi mente estas sensaciones, estos días en los que la muerte, la enfermedad, cruzan desbocadas el mundo de cabo a rabo, teniéndonos escondidos entre la inquietud, la incertidumbre y el miedo.

Las evoco porque en algún que otro momento he valorado la posibilidad de que ese virus me pudiera infectar, enfermar gravemente, ya no soy joven, y pudiera morir como le ha ocurrido a muchas personas, alguna conocida y de poco más o menos mi edad.

De entrada, y creo ser sincero, no tengo certeza de miedo a la muerte; sé que me va a tocar y lo asumo con deportividad. Pero no sé qué va a pasar luego, si es que pasa algo, y si me voy o no a enterar. Tampoco me preocupa demasiado, no puedo hacer nada, es más una especulación mental.

Pero juego estos días, y me gusta, pensar en que en ese salto al más allá me voy a encontrar con la aldea de mi padre, con todos aquellos que vivían entre montañas, bosques, caballos y vacas; capturando críos yanquis en el bosque de cañas de mi barrio, escapando un rato, sin que se enteren mis padres, a la orilla del río y todas esas cosas que me llenaban de placer, en esa fase de la vida en la que no existen apenas obligaciones, en las que te cuidan y no tienes que cuidar a nadie, en las que todo el mundo te muestra su cariño o su amor. Esa sería una de las formas de mi paraíso.

Hace unos años, antes de emprender un viaje a Grecia, leí el libro de Javier Reverte, “Corazón de Ulises”. En uno de sus capítulos ha llegado al pueblo de Valthy en la isla de Ítaca, describe una situación cuya imagen desde entonces me ha acompañado: el dueño de la pensión en la que se aloja, Dimitris, le lleva a navegar en una pequeña barca, pescan unos peces y se los comen en una pequeña cala. Acaban, en la paz más absoluta, recitando la Odisea y poemas de Cavafis, con un paquete de cigarrillos y una botella de whiky.

THIRASSIA

THIRASSIA. GRECIA

“…Capturábamos pequeñas brecas, algún que otro jurel y un pez de mucha espina y vivos colores que en el levante de Almería llaman serrano. A las doce, el calor apretaba. Dimitris consideró que teníamos peces suficientes para preparar el caldero y me indicó que dirigiese el bote hacia una pequeña cala, de estrecha playa dorada, que sombreaban pinos olorosos. Se oía allí tan sólo el rumor del mar y el rasgueo guitarril de las cigarras. Dimitris limpió los pescados y yo pelé las patatas. Preparé luego una

corazon de ulises
ensalada y él puso a cocer el guiso en una hoguera que encendió con ramas de pino. La receta de su particular bullabesa consistía en agua de mar, pimienta negra, patatas, cebollas, el jugo de seis limones y, al final, los pescados. Estuvo lista en menos de una hora. Comimos bajo la placidez del día, ayudándonos de vino rosado. Era un sabroso guiso, Dimitris tenía buena mano. En cualquier caso, estos almuerzos a la orilla del mar y acariciados por la brisa, preparados a base de lo que tú mismo has pescado, siempre saben a gloria. De postre, Dimitris me ofreció higos muy dulces de las huertas de Ítaca. Y luego arremetimos a chupitos, en vasos como dedales, contra la botella de whisky escocés. Dimitris recitó para mí, una vez más, el comienzo de la Odisea. Escuché de nuevo el mineral sonido de polimorfos. También recordó algunos versos de Cavafis, su poeta favorito en lengua griega moderna. Nos callamos un buen rato escuchando el rumor del aire y del océano…”
“Corazón de Ulyses” (pag 147)
Javier Reverte

SANTORINI

SANTORINI. GRECIA

Lo recordaba muy bien en el ferry que me trasportaba de Santorini a Naxos. Miraba toda esa ingente cantidad de islas que pueblan el mar griego, imaginaba que en cualquier cala de ese bellísimo paisaje, habría dos individuos comiendo pescado, fumando y bebiendo whisky, gozando de la poesía, del silencio, absortos en la paz y el soberbio paisaje.

Buscaba también esa isla en la que apoyar mi otoño, en una casita pequeña de paredes encaladas, quizás con las ventanas y la puerta pintadas de un azul intenso; un emparrado en la entrada donde sentarse a la sombra en los días calurosos, una pequeña azotea, un diminuto huerto. Desde allí contemplar un paisaje de mar inmenso, junto a un plato de tomate con queso feta y orégano, aceitunas, aceite y una botella de vino negro y denso.

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MIKONOS. GRECIA

Y un libro de poesía, un cielo inmensamente estrellado de límites infinitos, en muchas noches tranquilas.

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PUESTA DE SOL. MIKONOS. GRECIA

Volví de Grecia sin encontrar esa isla que sólo existe en mi imaginación, la aventura en Hydra sólo fue, ya estaba reservada, para Leonard Cohen y hay cosas en la vida que no son posibles por mucho que Rilke diga lo contrario.

“…Esto es lo fundamental, el único valor que se nos exige: ser valientes ante lo más extraño, maravilloso e inexplicable que nos pueda acontecer. Que los seres humanos sean cobardes en este sentido, causa un daño infinito a la vida…”
Cartas a un joven poeta. (pag.67)
Rainer María Rilke

A estas alturas de mi vida, en estos años en los que hay que empezar a plegar las velas de este barco un poco envejecido, empiezo a sentir ese clamor de cansancio que no llega a la extenuación pero que surge de esa mezcla de victorias y derrotas, consecuencia de la pelea de vivir.

Es necesario encontrar la paz, la calma, el sosiego.

Por eso cuando busco espacios tranquilos en los que serenar mi alma, cuando pienso qué quiero soñar, qué hacer cuando cierre los ojos, me encuentro en la aldea de mi padre, entre las cañas de la acequia, en una cala solitaria comiendo con un desconocido en la orilla del mar, bajo la parra de una casita blanca y azul en una isla teniendo a todo el mar por vecino.

En la paz.

© (texto y fotos) CHUAN ORUS 2020

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