EL CONVENTO DE SANTA CATALINA

Voy camino hacia el lago Titicaca y me detengo en Arequipa. Tengo curiosidad por conocer la ciudad en la que nació Vargas Llosa, Don Mario.

Las ciudades que construyeron los españoles me parecen muy similares: una plaza central, a la que habitualmente se llama “de armas”, con una catedral y luego calles rectilíneas que montan, al cruzarse con otras, cuadrículas un poco aburridas.

Arequipa se compone de casas de piedra blanca, algunas pintadas con colores vivos, azules, rojos, amarillos, ocres, que junto con el cielo limpio y muy azul por la altura dan un cromatismo precioso, eso sí.

En 1534 los españoles de Pizarro entraron en Cusco concluyendo la conquista militar. Comenzó el asentamiento en el imperio inca.

Por orden del entonces Marqués Francisco de Pizarro, Garcí Manuel de Carbajal, fundó en 1540 la ciudad de Arequipa a la que dio el nombre de “Villa Hermosa de Nuestra Señora de la Asunta” Carlos I en 1541, más práctico, ordenó cambiar ese nombre por el de “Ciudad de Arequipa”.

Situada a 2328 m de altura y rodeada por los volcanes Misti, Chachani y Pichu Pichu, ahora, la ciudad de Arequipa con un millón de habitantes es, tras Lima, la más poblada de Perú.

Su ubicación en el Cinturón de Fuego del Pacífico, le hace estar sometida a movimientos sísmicos constantes, algunos dramáticos.

Además de un gran protagonismo económico desde la época del Virreinato, ha sido también cuna de un espíritu rebelde, anticlerical en una sociedad profundamente católica, cuna de políticos y personajes importantes en la sociedad peruana y núcleo determinante de oposición al centralismo político del país.

Es hoy día de elecciones. El interés de comer en uno de los restaurantes de Gastón Acurio se queda empañado por la prohibición de tomar alcohol, ni una triste cerveza. Hay que acompañar la buena comida de la nueva cocina peruana con agua, y eso no está nada bien. Sobre todo cuando por la tarde comprendemos que todo es relativo  y que sabiendo buscar pueden encontrarse lugares en los que, a pesar de la prohibición, es posible tomar una Cusqueña muy fría.

Pero antes de la comida en el “Chicha” la mañana ha tenido su interés en la visita al Convento de Santa Catalina, el más importante monumento religioso colonial del Perú, muy cerca de la Plaza de Armas.

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CONVENTO DE SANTA CATALINA. CALLE INTERIOR

Doña María de Guzmán nació en Arequipa en 1543. Su padre, Álvaro de Carmona, cuando ella tenía 18 años, concertó su matrimonio con Diego Hernández de Mendoza.

Doña María quedó viuda a los 30 años, decidió tomar los hábitos y recluirse en un monasterio.

A instancias de los Dominicos que acompañaron a los españoles en la fundación de la ciudad, con dinero del Cabildo y la dote de la viuda, se construyó en Arequipa el “Monasterio de Monjas Privado de la Orden de Santa Catalina de Siena” Originalmente eran pequeñas casas distribuidas entre estrechas calles; unas servían de vivienda a las monjas y otras se alquilaron para múltiples propósitos como medio de obtener algún beneficio.

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CONVENTO DE SANTA CATALINA

Posteriormente se construyó un muro perimetral de 4 metros de altura que encerró todas las casas, calles, claustros y patios, dando cuerpo al Monasterio; una pequeña ciudad dentro de Arequipa.

En octubre de 1580, Doña María, reconocida como fundadora, tomó los hábitos. En principio fueron pocas pero apenas un siglo después lo habitaban 300 personas entre monjas y servicio.

Dª María fue la primera Priora, cargo que ejerció durante los 6 iniciales años de vida del Monasterio.

Las monjas que ingresaban pasaban por un periodo de formación, un año aproximadamente, en el que aprendían doctrina cristiana, las reglas de San Agustín y las Constituciones de Santo Domingo, entre otras cosas. La formación corría a cargo de la Madre Maestra de Novicias. Éstas, en su entrada al convento, aportaban los hábitos, un ajuar con 25 artículos determinados y 100 pesos de plata.

Generalmente eran mujeres criollas, pertenecientes a las más ilustres familias de Arequipa. También accedían en pequeña cantidad mestizas, mujeres pobres y damas de la ciudad que sin pretender ser monjas vivían en el Monasterio para perfeccionar sus virtudes.

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HABITACION DE UNA MONJA

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LAVADEROS

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FRESCOS EN EL CLAUSTRO DE LOS NARANJOS

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FRESCOS DEL CLAUSTRO DEL SILENCIO

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FRESCOS DEL CLAUSTRO DEL SILENCIO

Las novicias, cuando superaban el periodo de formación, realizaban la Profesión Solemne.

Diversos terremotos destruyeron parte de las instalaciones del Monasterio. Con la ayuda de las ricas familias de las monjas se construyeron habitáculos individuales que permitían una mayor seguridad ante los movimientos sísmicos.

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La comunidad vivió en absoluta clausura hasta 1970.

Atravesar la puerta de entrada es dejar el bullicio de las calles de Arequipa y penetrar en un mundo silencioso, lleno de paz, de colores y de espacios que, aunque mudos, hablan del paso de centenares de mujeres imbuídas por un, a veces supuesto, espíritu religioso.

Soledad, sacrificios, oración, deseos, negaciones, dudas, misticismo, locura.

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CLAUSTRO DEL PATIO DE LOS NARANJOS

Apartadas del mundo que vibraba fuera del muro aquellas mujeres, repartidas en estratos sociales en su microespacio, deambularon por los claustros, patios, callejones, por los que ahora paseo. ¡Cuántas historias personales! Estaría bien poder hablar con algunas de ellas, con aquellas criollas que dejaron la vida de sus ilustres familias, de sus casas cómodas, para encerrarse entre estos muros, en estas pequeñas habitaciones. ¿Qué había bajo aquellos hábitos, dentro de sus cabezas, de sus corazones, de sus historias personales? Daría para una infinita literatura describir la vida, la biografía de cada una de ellas, sus relaciones, sus noches de gloria y derrota, sus viajes al cielo y al infierno.

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Un mundo estrecho y difícil en aquellos tiempos de gloria del Virreinato, prolongado después en el ocaso español.

Algo difícil de imaginar entre las fachadas pintadas de colores enérgicos, brillantes bajo el sol.

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La historia de los pueblos y las naciones está formada por un infinito número de sucesos personales; cada uno aporta su minúscula porción y todos se relacionan.

Aquí, en la soledad de patios y claustros, siguen deambulando los fantasmas de aquellas mujeres que quisieron conquistar el cielo.

Afuera la vida cotidiana discurre entre el ruido de las ruedas de los coches sobre los adoquines de la calzada, los gritos de los vendedores, las risas de los niños, el paso rápido de los peatones, el rumor del agua en las fuentes y la somnolencia de los ancianos sentados al sol en los bancos de la plaza de las Armas.

Todos bajo la seria mirada del volcán Misti que se yergue tras las espaldas de la catedral.

 

© (texto y fotos) CHUAN ORUS 2020

 

 

 

 

 

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